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En voz alta

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       A Paulimar Rodríguez

  

Me gusta leer en voz alta.

Matizo: leerle a alguien en voz alta, pues eso de leer en mi casa, a solas, a un volumen pausado o desesperado, me produce, las pocas veces que me he atrevido, una sensación de desamparo y extrañeza. Me disperso. Falta algo. O sobra. Cuando leo solo prefiero que las palabras vayan directo al cerebro, sin pasar por la boca, pues al hacerlas sonoras, se instala entre el libro y yo una disonancia, mi voz, que acentúa el vacío, la incomodidad. Leerle a otro no sólo es distinto: es lo contrario. El libro, las palabras, las personas, todo participa de cierto encantamiento, de una vivacidad compartida, como si la lectura se volviera música y rito: una eucaristía de espaldas al habitual silencio de Dios, en donde el libro es una divinidad más próxima y humana. Pronunciable. A veces hasta milagrosa. Algo así.

La primera vez fue accidental. Fue de nervios. Estaba enseñando literatura –ese atrevimiento–, a más de cuarenta púberes de Octavo Grado hacinados en un aula más parecida a un sanitario que a un salón de clases; pero evitemos la sociología. Era –aunque suene a doble efeméride– mi primer día de clases. El hecho es que toda la teoría literaria que me había caletreado días antes se me borró esa mañana al enfrentarme con los ojos expectantes, desafiantes, de los alumnos. Y encima, por la ventana se veía un patio sin árboles, sin grama... sólo piedras y una piscina vacía, rodeada de rejas negras. Y el calorón. Con eso había que arreglárselas para espantar la timidez que a esa hora era monstruo y taquicardia. Pasé la lista. Me senté. Me levanté. Escribí mi nombre en el pizarrón y cuando me disponía a disertar sobre el significado –perdón, era joven– de la literatura, empecé a temblar por dentro y me aplastó el olvido de todo lo estudiado. Pasó un minuto. Dos. Silencio. Alguien tosió o quebró un lápiz. Tal vez fui yo. Entonces recordé que en mi bolso llevaba Cien años de soledad, que en aquel momento estaba analizando en mis clases de Letras en la UCAB, pues, como muchos en este país, yo era un alumno que enseñaba a otros alumnos que en pocos años quizás enseñarían también... Otra vez la sociología, qué vaina.

Saqué el libro y les dije que escucharan, que quería leerles algo que les había traído. Mentiras de la improvisación que tarde o temprano se cobran. Algunos carraspearon pero ni me inmuté. Empecé a leer, con voz pausada y mucho Parkinson en el cuerpo, aquel célebre pasaje de la peste del insomnio que azota al pueblo de Macondo. Cuatro páginas, de corrido. Me encomendé al ritmo, a la guataca como dijera Fleján, de las palabras del Gabo, y surtió un efecto que jamás esperé ni olvidé. Nadie interrumpió, nadie se distrajo ni pidió permiso para ir al baño. Hasta la piscina horrenda pareció llenarse de pronto. Fueron veinte minutos de maravillosa peste que duró hasta que Melquíades le da de beber a José Arcadio Buendía el remedio para recuperar su memoria. Cualquier coincidencia es pura causalidad. Cerré el libro, paseé la mirada por sus miradas y supe que había ganado. Al menos tiempo y sosiego. “¿Alguien tiene preguntas?”, disparé sobrado y con cara de quien ya tiene veinte años, y no minutos, pateando las aulas y tragando tiza. Una niña levantó la mano y preguntó dónde quedaba Macondo... Lo demás fue conversación y de la sabrosa, hasta que sonó el timbre y me largué a celebrar a la cantina, íngrimo pero feliz, con un jugo de naranja y una empanada de queso. Desde esa mañana, y lo digo sin aspavientos, leer en voz alta a los demás ha sido para mí un placer impagable, un puente, un salvavidas y hasta una terapia, por la que a veces me pagan quince y último. No mucho, eso sí.  

Image Pero no todo se limita a las aulas, donde he leído cuentos, poemas y hasta novelas enteras como en un rapto del que he logrado salir a veces malogrado y casi siempre escuchado y complacido. No. También ha habido otros espacios, otras personas a las que he llevado las voces de otros en mi voz, y todo ha sido concordia, alegría, y hasta discusión y competencia, pues dar de leer enciende no sólo la curiosidad, sino las ganas de compartir el volumen de lo leído. Como cuando a dos voces, y como a 10 cervezas por hora, vociferé El día que me quieras con Carlos Alzuru en una tasca de La Candelaria. O todas aquellas tardes en que sus hijos me han acorralado para que les lea los poemas de Aquiles Nazoa, lo cual, quién sabe, a lo mejor sea un precalentamiento para esos días en que pueda leerle a mi propio hijo no sólo para hacerlo dormir, sino para despertarlo. También, con otros amigos, cuando la noche y el silencio azuzan la literatura, he gritado en tertulia, y polifónicamente –diría Bajtín–, versos de Montejo, cuentos de Cortázar, ensayos de Hanni, páginas de Durrel, frases de Camus, aforismos de Cioran, fragmentos tomados al azar de la charla y los estantes, como estos dados recientes y eternos de César Vallejo, que volvieron hace pocos días y en voz alta en una hacienda del Fundo Maturín, entre amigos mexicanos:   

Dios mío estoy llorando el ser que vivo; 

Me pesa haber tomádote tu pan; 
Pero este pobre barro pensativo 
 No es costra fermentada en tu costado: 
 ¡Tú no tienes Marías que se van!  
 
Dios mío, si tú hubieras sido hombre, 
 Hoy supieras ser Dios; 
 Pero tú, que estuviste siempre bien, 
 No sientes nada de tu creación. 
 ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

 

Tal vez todo lo anterior, y sobre todo Vallejo, es sólo un preámbulo, casi diría un pretexto, para llegar a estas líneas, que no sé cómo escribir. Porque se entiende que leerle en voz alta a un alumno o a un amigo, pese a las sintonías, es muy distinto a hacerlo delante de la persona que uno ama. Junto a ella. Allí todo se vuelve ternura y revelación. Entrega. El sentido es algo que se pronuncia, dice Daniel Pennac, y yo le creo, sobre todo cuando le leo a una mujer querida. El amor sin música pierde el paso, se dispersa. Porque el cuento, el poema o cualquier palabra que uno ofrece en estado de enamoramiento es una ofrenda y una confesión. Otra manera de acariciar y desnudarse. Uno habla a través de la escritura ajena de lo propio y lo oculto. Se expone. Y me atrevo a decir que ese temblor confidente con el que uno lee a quien ama es lo más cercano que todo lector ha estado de la felicidad literaria. Porque en ese íntimo triángulo entre la boca, el libro y el oído se establece un pacto misterioso convocado por las páginas que, a fuerza de pronunciarse, se nos vuelven cómplices y entrañables. Por eso después de semejante estado de levitación uno queda realmente mudo y encandilado. Algo así.

Podría hacer un inventario de esas sísmicas lecturas. Anécdotas sobran, y muchas de ellas aún frescas y punzantes. Pero, como escribe Méndez Guédez en El libro de Esther, que también saboreé en voz alta y acompañado, “para conservar aquello que nos hace felices apenas debemos nombrarlo”. Sólo quiero decir, antes de irme de aquí, que leerle a la persona que uno ama puede prolongar su cercanía, auscultar su alma, o al menos otorgarle resplandor a su recuerdo. Todo esto lo escribo porque una tarde, mientras a mi lado una mujer leía Crónicas marcianas, yo me hundía en las profundidades de una novela de Bolaño, y de pronto el silencio se instaló como algo premonitorio e irremediable. Cada cual, metido en su libro, callaba lo que pudo haber dicho, o leído, y que ya no pudo ser de todos modos. Leer puede doler. Pero arrepentirse de no haberle leído a esa persona que ahora es ausencia, produce un dolor sin fondo. Por eso siento que hay libros que no deben dejar de pronunciarse y compartirse –ese puente, ese abrazo– cuando aquello que se quiere está a punto de pasar la página, de dejar de oírnos para empezar a callarse.

 

         Luis Yslas

Julio, 2007 

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La clase del Lunes
escrito por VS, septiembre 30, 2008

Sonó el timbre del recreo, eso significaba volver a colocar en orden las mesas y sillas. Un bostezo en común y uno que otro atrevido estiramiento le daba la bienvenida a la materia de turno. Apareció la conocida silueta y cerró la puerta. Hoy no trajo consigo el grabador, no había ninguna bolsa abultada que denotara sorpresa, únicamente el maletín algo pesado. Sin mirarnos, coloco el maletín en su escritorio, hizo los usuales movimientos de los profesores mientras toman aire para comenzar con quien sabe que pregunta. Saco una carpeta, y de ella una hoja y se levanto hacia su derecha. Unas cruzaron los brazos, otras atentas con el bolígrafo esperando una sentencia cuando comenzó a leer en voz alta aquel texto:
“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.”

80 ojos seguían sus movimientos pero parecía no inmutarse, era como si hubiera entrado en su pequeño mundo, con su voz siempre apacible pero bien entonada y disfrutando ese silencio que invita a compartir. Los bostezos iniciales se transformaron en sonrisas tímidas.
“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.”

Como si hubiera coordinado cada uno de sus pasos con los versos pronunciados se posiciono frente al pizarrón. Agarro el libro con la mano contraria sin cerrarlo por completo y escribió con letras grandes y pulso fuerte:
RAYUELA
Se volvió a su público y nos correspondió la sonrisa. Lo había logrado de nuevo.


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