La ciudad y los libros
Crónicas
Benjamin y la experiencia I Walter Benjamin Nació en Berlín el 15 de julio de 1892 y se suicidó el 27 de septiembre de 1940 en la población de Portbou, en la frontera hispanofrancesa, mientras intentaba escapar del acoso de las tropas nazis. Benjamin fue un intelectual de orientación marxista cuyo aporte para el estudio de la historia, la filosofía y las artes del siglo XX ha sido fundamental.
Benjamin y la experiencia I
La palabra experiencia es una de las más extrañas y complejas que he conocido. No sólo su significado es ambiguo, sino que sus dos grandes interpretaciones tienden a negarse con frecuencia. Cuando alguien habla de experiencia puede estarse refiriendo a un conocimiento sobre una materia específica o alguna vivencia particular que sea digna de memoria. Eso no sería ningún problema si no supiéramos de antemano la inclemente distancia que suele haber entre la teoría y la práctica, entre las palabras y las cosas.
La fuente más remota y confiable que conozco del término está en la Metafísica de Aristóteles, publicada por Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Allí Aristóteles afirma lo siguiente: el resto de los animales vive gracias a las imágenes y a los recuerdos sin participar apenas de la experiencia, mientras que el género humano vive, además, gracias al arte y a los razonamientos. Por su parte, la experiencia se genera en los hombres a partir de la memoria: en efecto, una multitud de recuerdos del mismo asunto acaban por constituir la fuerza de una única experiencia. De modo que para Aristóteles, la experiencia es la etapa del conocimiento que nos hace propiamente humanos. Dieciocho siglos más tarde, Inmanuel Kant confirmará en Crítica de la razón pura (1781) el rol definitivo que juega la experiencia en el surgimiento de eso que comúnmente se llama homo sapiens. Todo nuestro conocimiento, dice Kant, empieza con la experiencia, para luego afirmar que ella es el primer producto surgido de nuestro entendimiento.
Si la experiencia es el paso racional que nos diferencia del reino animal, si ella es nuestra primera y verdadera obra como seres humanos, hablar de la crisis de la experiencia supone algo parecido a estudiar en el cuerpo de la cultura un infarto o un ACV. Para Walter Benjamin fue, más bien, como recorrer con el dedo crispado de su inteligencia el camino sinuoso de una cicatriz. La boca fruncida de una función vital que ha sido amputada por el filo de la Historia. En varios de sus ensayos trató el tema de la crisis de la experiencia en el siglo XX, tanto sus precisas causas como sus apenas imaginadas, terribles, consecuencias. En diversos textos, correspondientes a distintas épocas, se puede observar además cómo Benjamin parte de una de las interpretaciones del término para luego orientarse, por la fuerza trágica de los acontecimientos, a la otra forma de comprensión de esa palabra.
En La metafísica de la juventud, libro que recoge diversos ensayos escritos por Walter Benjamin entre 1912 y 1916, aparece el ensayo Experiencia, donde su concepción del término como conocimiento adquiere connotaciones políticas y éticas. Su comprensión de la experiencia, en este sentido, es característica del momento vital en que se encuentra, la juventud, y se contrapone, como periodo, al de la adultez, donde predomina una concepción vivencial. Así lo deja ver cuando señala que como los adultos jamás elevan los ojos hacia la grandeza y la plenitud de sentido, su experiencia se convierte en el evangelio de los filisteos y les hace portavoces de la trivialidad de la vida. Los adultos no conciben que haya algo más allá de la experiencia; que existan valores inexperimentables- a los que nosotros nos entregamos.
Más adelante, profundiza la ruptura generacional cuando afirma: Pero nosotros conocemos algo distinto, que ninguna experiencia nos ofrece, a saber: que existe la verdad aunque todo lo pensado hasta ahora sea un error; que la honradez debe mantenerse por mucho que hasta el día de hoy nadie haya sido honrado. Esta voluntad no nos la puede arrebatar ninguna experiencia"
Es importante destacar que este ensayo es de 1913, un año antes de la eclosión de la Primera Guerra Mundial, cuando Benjamin contaba con apenas 21 años de edad. Así mismo, es interesante comparar este texto con el ensayo Experiencia y pobreza, de 1933, cuando Benjamin era ya un hombre de 41 años y la humanidad se encontraba, para ese entonces, con el ascenso de Hitler al poder en Alemania, en los preparativos de la Segunda Guerra Mundial. En este ensayo Benjamin señala que la cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal ( ) Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable.
Desde este punto de vista, la experiencia como problema ontológico, es decir, como fenómeno que pone en cuestión la unidad del ser (humano), adquiere una mayor complejidad. Si las verdaderas experiencias son siempre sociales y si sus formulaciones más drásticas son las de la guerra, quiere decir que su acontecimiento es necesariamente crítico y desgarrador. En otras palabras, que la experiencia es una noción inseparable de su crisis; o, mejor aún, que la experiencia es la propia crisis que ella genera. A esto se refiere Benjamin cuando señala, no sin cierta fascinación, que la cotización de la experiencia bajó en una generación que le tocó vivir lo que, para ese momento, fue la mayor de las experiencias. Como si, teniendo en cuenta a los sujetos que convoca, la experiencia no pudiera sobrevivirse a sí misma, o lo que es igual, en palabras de Benjamin, no pudiera comunicarse.
Si comparamos los dos ensayos de Benjamin que hemos citado (Experiencia y Experiencia y pobreza) y si además los ponemos en relación con sus respectivas fechas de publicación (1913 y 1933, respectivamente), vemos hasta qué punto la Primera Guerra Mundial, es decir, la mayor de las experiencias posibles en su momento histórico, modifica el propio concepto de experiencia. Una modificación que es una especie de movimiento pendular entre sus puntos límites de comprensión: el conocimiento y la vivencia.
El tono vindicativo e idealista que impregna el ensayo de 1913, para el año de 1933 ha desaparecido, siendo totalmente reemplazado por una lucidez apocalíptica. Nada queda de aquella voluntad que, al parecer, ninguna experiencia podía arrebatar. Queda, al contrario, el vacío dejado por los valores que fueron arrasados por la experiencia. Es entonces, al constatar el mecanismo inflexible de la vida, entendida como el paso desencantado y desgarrador, individual y colectivo, de la juventud a la adultez, cuando se produce en Benjamin la respectiva modificación del concepto de experiencia: jamás ha habido experiencias tan desmentidas como las estratégicas por la guerra de trincheras, las económicas por la inflación, las corporales por el hambre, las morales por el tirano. Momento trágico, del ser humano y de la sociedad, donde lo vivido desmiente la creencia y la práctica mata a la teoría.
Esta pobreza de la experiencia viene a ser un signo contradictorio que define nuestra época. Una pobreza del todo nueva, afirma, ha caído sobre el hombre al tiempo que ese desarrollo de la técnica. Digamos que Benjamin, al menos desde la perspectiva histórica[1], percibe algunos rasgos del proyecto modernizador como los signos paradójicos de una especie de nueva barbarie. No obstante, Benjamin logra entrever una salida al atolladero histórico que representa la crisis de la experiencia. Ante el vacío y el silencio que deja la negación mutua entre vivencia y conocimiento, surge, como fuerza imprevista, la alternativa del arte, el punto medio entre lo real y lo posible, el puente de la ficción: ¿Adónde le lleva al bárbaro la pobreza de experiencia? Le lleva a comenzar desde el principio; a empezar de nuevo; a pasárselas con poco; a construir desde poquísimo y sin mirar ni a diestra ni a siniestra. Entre los grandes creadores siempre ha habido implacables que lo primero que han hecho es tabula rasa.
A repasar los casos de algunos estos creadores que han hecho tabula rasa para reencontrarse a través de la escritura con el reino de la experiencia, nos dedicaremos en una próxima entrega.
Por Rodrigo Blanco Calderón
[1] Hacemos la acotación ya que, en el ámbito de las artes, Benjamin ha sido de los primeros pensadores contemporáneos en saber identificar en los avances tecnológicos aplicados a la creación artística los signos de una nueva riqueza. Ejemplo de ello son sus ensayos Pequeña historia de la fotografía y, sobre todo, su conocido texto sobre La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
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