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Blade Runner: la fatalidad de la pregunta

Por Ewald Scharfenberg

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Texto leído el 27 de noviembre de 2007, en el cine-foro de Relectura:

25 años de Blade Runner




Voy a apelar a la memoria, ese dispositivo engañoso del que hasta los replicantes de distintos modelos sospechan pero, aun así, no dejan de añorar. Como si tenerla y poder validarla en los hechos del pasado real sirviera de autenticación de su condición humana. Aunque, si a ver vamos, ¿podría alguno de nosotros certificar con toda honestidad que los recuerdos que guardamos en nuestras memorias humanas no han sido seleccionados, remodelados o magnificados con el tiempo hasta, quizás, falsearlos? A la larga, todos tenemos memorias fabricadas, de implante.

Recuerdo que la primera vez que vi Blade Runner debió ser en el mismo año 1982, en la sala del Cine Humboldt de Prados del Este. Fui desprevenido a verla. No sabía nada o, si acaso, sabía muy poco, del director, y lo que prometía la imagen visual del cartel de la película junto a su título en castellano, algo así como Cazador implacable, adelantaba un cóctel de aventura con ciencia ficción que en verdad me decía muy poco. Fui a acompañar a una joven periodista, hoy veterana, que por entonces me traía de cabeza. Lo que yo no me atrevía a decirle trataba de convertirlo, mediante un esfuerzo inevitablemente vano, en custodia intelectual. Vale decir, me venía frustrando día a día con mi imposibilidad. Pero por suerte la película me sorprendió. A la primera panorámica de la probable ciudad de Los Ángeles en 2019 y la primera ráfaga electrónica de Vangelis, me di cuenta de que estaba frente a algo distinto. Cuando el replicante León se despachó al blade runner que lo interroga, ya me había olvidado de mi platónica manera de desperdiciar energía. Lo que, dicho sea de paso, fue una suerte tomando en cuenta las historias posteriores del objeto de mi deseo y mía.

Por supuesto, en lo inmediato se trataba del efecto siempre beneficioso de las bajas expectativas. Me esperaba una comida rápida hollywoodense y me encontré con una bandeja de exquisiteces. Pero también pude reconocer que parte del asombro que la película produjo en mí tuvo que ver con la certitud de haber visto la primera cinta de ciencia ficción en la que coincidían la puesta en escena de un futuro sombrío, de distopía, en la que el optimismo tecnocientífico deja su lugar a la propensión al desastre a la que tan dados somos los humanos; y junto a eso, una cinematografía que no se distraía en la reconstrucción del desempeño de las máquinas para maravillarnos, sino que echaba la mano a una cierta idea del futuro que, curiosamente, reforzaba la verosimilitud del relato.

Me convertí en un adorador de la película y de su director, Ridley Scott, que con tanta fortuna había sabido resistirse a los lugares comunes del género y, entre ellos, a las pueriles refriegas de rayos y centellas de Star Wars.

Sin embargo, pasó ese tiempo inexorable con que no cuentan los ejemplares de la serie Nexus 6. El devenir de la vida, ese por el cual el inhumano Roy es capaz de hacer un esfuerzo sobrehumano con tal de sentirse incorporado, hizo que en la deriva de un divorcio y una secuencia de mudanzas tan complicada que pareciera me trajo desde la mismísima Puerta de Tanhäuser hasta acá, se me extraviaran un póster de la película, un volumen de la editorial Tusquets consagrado a su análisis y hasta la propia versión inicial del filme, que por un tiempo atesoré en VHS. Había dejado de lado viejas aficiones como esa, como el grupo Yes o el caricaturista mexicano neocomunista Rius, entre otras que me recordaban mi insoportable adolescencia. Aunque la vida sea corta, ya se sabe que las personas tenemos tiempo suficiente para avergonzarnos y renegar de nuestro pasado.

El caso es que así, desde el olvido y desamor, este foro me llevó a revisitar la película.

Han pasado 25 años desde que se estrenó. Estamos más cerca del futuro que nos anunciaba para el año 2019, que de su momento de creación hace un cuarto de siglo. ¡Con decirles que debemos alcanzar ese horizonte temporal de 2019 antes de que expire el anunciado propósito de nuestro actual presidente, de conducirnos por alamedas cada vez más grandes hasta el año 2021!

El efecto de antelación creíble del que la película hizo gala en su momento ya no deslumbra tanto. Llega a dar risa el protagonismo que en el ambiente de avisos luminosos de neón consiguen marcas ya a estas alturas extinguidas, como Atari y TDK, entonces heraldos de la introducción de la electrónica en las vidas cotidianas de los consumidores, pero posteriormente reducidas a las cenizas. El gigantismo de la megalópolis postapocalíptica, con su mezcla de fragmentación y yuxtaposición que en la cinta se le vaticina a la ciudad de Los Ángeles, puede ser reproducida ahora mismo por cualquier ciudadano nuestro que, por ejemplo, habite en las entrañas de Parque Central y deba caminar hasta la avenida México sorteando un laberinto de vendedores ambulantes. La desolación del edificio Bradbury donde vive J. F. Sebastián, o del edificio donde el blade runner –¿o deberíamos decir el “detective”– Rick Deckard vive solo, parece un remedo de la vida de alguien que habita algún alvéolo perdido de las pirámides de Juan Pablo II en Montalbán, con tecnología bluetooth en los electrodomésticos de su apartamento, pero a merced de un ascensor casi siempre a punto de echarse a perder. Con el desarrollo de las telecomunicaciones portátiles personales, a veces sentimos que nuestro modo de vida ha cambiado en 15 años mucho más de lo que Blade Runner decía que nos depararían los próximos 37. De modo que a mucho del señuelo futurista de la película ya le cuesta algo sorprendernos.

Lo que es una fortuna, pues nos deja con la pregunta que nos debió inquietar desde el principio: ¿por qué esta película, para tantos efectista y hasta tramposa en su empeño de convertirse en obra de culto, nos sigue sin embargo conmoviendo 25 años después?

Como suele ocurrir con las películas de culto, Blade Runner se ha convertido en una suerte de Aleph donde en lugar del conocimiento se concentran todas las proyecciones y contenidos simbólicos que sus hinchas le quieran dar. Entre algunos de los más célebres, Fernando Savater escribió que Blade Runner estaba travesada por la idea del tiempo, no sólo en lo que es la principal motivación que moviliza a los protagonistas de su trama, sino en todas las alegorías de su andamiaje narrativo: la ciudad del futuro se muestra ya vieja, los ojos de los replicantes los fabrica un anciano casi milenario que subsiste en estado de hibernación, Sebastián padece de un síndrome de decrepitud prematura. Le seguía Guillermo Cabrera Infante, para quien “como en las ficciones de Ray Bradbury, la ciencia ficción es en este film una moraleja que rodea a una fábula, perla de cultivo monstruosa que es una excrecencia invertida”.

Las lecturas de Blade Runner, tan múltiples, dan para mucho. En tono de sorna, una de ellas posible nos animaría a alertar contra el peligro de que, en un mundo gobernado por los intangibles del conocimiento, nerds y otakus lleguen a dominarlo desde cimas tan impenetrables como la Corporación Tyrrell. El propio Tyrrell, como Sebastián y el oriental fabricante de ojos, son mezclas de Bill Gates con artesanos tan solitarios como radioaficionados, precisamente la raza de quienes alimentamos el club de fans de Blade Runner.

A mí me gusta pensar en todo caso que la película toda puede explicarse en términos narrativos como el progresivo embaulamiento de una historia que necesariamente debe desembocar en el duelo final entre Roy y Rick, y sobre todo en el parlamento del líder de los replicantes: “Momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Una frase que todos tememos servirá como epitafio para nuestras tumbas.

Si me compran estas ideas, entonces me atrevo a decir que prefiero entender a Blade Runner como una fábula sobre la fatalidad de la pregunta, o, mejor dicho, sobre la perplejidad a la que está condenado a vivir quien tenga vida y conciencia sobre ella.

Por un lado tenemos a los replicantes que han vuelto a la tierra a ganarse más tiempo. Y llegan a una ciudad que es más bien una pústula ambiental. A la naturaleza ya no se le dan mayores permisos allí para coexistir con lo fabricado. No quedan casi animales y los que se encuentran, paridos de macho y hembra, resultan lujos costosísimos; las mascotas suelen ser artificiales. La atmósfera resulta abigarrada, asfixiante. Es siempre de noche y en la penumbra provoca parafrasear al agente o coronel Kurtz diciendo: “¡Ah, la lluvia, la lluvia!” La precipitación puede ser líquida casi todo el tiempo o mutar a ratos a la nieve, pero ha de ser siempre ácida. Pero sobrepasando la debacle del reino animal, un rasgo distintivo de esta sociedad humana que ha terminado por tomar el planeta es el mestizaje. No sólo el racial; también el idioma es un pasticho, la arquitectura parece haber llegado al último de sus post, la moda que se ve en las calles puede ser lo medieval japonés o el punk, la comida migró del texmex al chinomex, e incluso la tecnología combina a los circuitos integrados con fuelles y fierros que parecen más del consultorio de un frenólogo del siglo XIX. Aquí el mestizaje se me antoja como una imagen de fin de la esperanza o de la historia, más que como el sitio donde las diferencias se pudren, descomponen y borran en una suerte de detritus amorfo. Ya no queda nada más ni qué descubrir ni con qué sorprenderse. Ya no queda más que seguir viviendo con lo que ya se sabe.

En este terreno aparecen los replicantes, con Roy a la cabeza. Son una ¿especie? de adolescentes emocionales, tomados por la necesidad de la acción, de hacer algo. Matan con algo de la jubilosa crueldad que caracteriza a los niños. El tiempo se les está acabando, y acuden a la tierra con el virginal propósito de vencer al tiempo, que es la muerte. Desde su vertiginosa experiencia, esa que les ha permitido ver naves en llamas más allá de Orión y rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhäuser, un germen de desprecio por sus creadores humanos se les ha inoculado a estos androides. Y van dejando una estela de muerte en su campaña en la que llevan como banderas una serie de preguntas: “Longevidad… Morfología… Memoria”.

Del otro lado está Deckard, quien vuelve obligado del retiro para recorrer de nuevo ese angosto filo entre la moralidad y la simple maldad que pisa la gente de su oficio. Es en términos de hoy, un sicario, un ajusticiador, un verdugo. Un sicario del saber. Las invenciones que malfuncionan son su negocio. Y el peor de los malfuncionamientos es la rebeldía, tal vez la soberbia. Baja al inframundo donde se confunde lo decadentemente humano con lo maquinal cada vez más complejo, y baja como un ángel vengador. Así como Dios, nuestro creador, juzgó conveniente enviar la maldición de las lenguas cuando vio que los hombres desafiantes construían la Torre de Babel a una altura cada vez mayor y amenazaban con tutearlo, los humanos que patentaron al replicante urgen a “retirarlo”, como eufemísticamente dicen, cuando sus criaturas vienen a la tierra para interrogarles con preguntas para las que tampoco tienen respuesta porque forman parte de la angustia existencial del hombre.

Pero Deckard tiene corazonadas. Como cazador, ha aprendido a atender sus instintos, reductos de su persona que no se arreglan conforme a la lógica y, sin embargo, también tienen verdad, esa misteriosa verdad que nos habla a los humanos desde un sitio ubicado entre la intuición y el comienzo mismo de los tiempos. Allí reside algo inconfundiblemente humano. No exactamente en las emociones, sino en lo que no tiene sentido, en lo errabundo, en el rapto, en la experiencia estética.

Por eso me parece que el gran triunfo de Roy, lo que lo humaniza de manera casi inadvertible y hace de su vida también al final algo merecedor de llamarse vida, no es la conciencia de la muerte que ya ha adquirido y que comparte con los humanos, resignadamente por fin; ni el exponerse a sus emociones también desarrolladas en un par de años de correrías intergalácticas y unos pocos días de inmolaciones de sus compañeros más cercanos. No. Lo que le humaniza es el lujo definitivo que se permite de hacer algo que no sigue el sentido implacable de su búsqueda de respuestas y de justicia: ha debido dejar morir a Deckard, pero no lo hizo. Se burló del destino. Que Deckard no muriera con violencia sino, en la medida que pueda, que siga teniendo la vida que se le insufló por naturaleza o por divinidad. Así, su verdadero legado se concentra en una pregunta. Una pregunta con la que abandona a Deckard y a cada espectador de la sala de cine. ¿Por qué lo hizo? Las memorias se fueron con él pero no así la memoria de él, que perdura latente en esa pregunta. “¿Por qué lo hizo?” En la primera y más comercial versión de la película, Deckard ofrece en off una posible explicación: Roy había llegado a amar la vida. Pero no es algo que tengamos que compartir. De hecho, tendrá tantas respuestas como elucubraciones seamos capaces de hacer. Que es como decir que nunca tendrá respuesta en el interminable y por suerte diverso mar de preguntas con el que los seres humanos tenemos, a regañadientes o de manera consciente, que enfrentarnos todos los días de nuestra existencia. De todas ésas, una o dos perdurarán como la o las pregunta(s) de nuestra vida. Una o dos preguntas que condensará(n) el legado que dejamos como secuela de nuestro paso por la vida.

 
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