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En esta ciudad hay mil historias, te llevaremos a ser partícipe de varias de ellas... siempre.

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Roberto, el vulgar

Hace 8 años, en marzo de 2000, la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo publicó Vulgar, un excelente libro de cuentos de Roberto M. Bachrich. Por la carga y armonía inusual entre humor, sorpresa y fina escritura, el libro se convirtió en objeto de culto para los jóvenes estudiantes de la Escuela de Letras de la UCV de aquellos años.

Mordida de vampiro

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En Caracas la gente no sabe caminar. Yo pensé que ese ritmo desordenado de los pasos, ese absoluto desconocimiento del lugar del cuerpo propio en el espacio común, era síntoma de lugares calmos o poco habitados. La gran urbe debería entrenar a sus paseantes en la rapidez y el delirio que la caracteriza. Más aún Caracas, que no es ciudad hecha para caminar –salvo contadísimos espacios: dos o tres parques, unas pocas plazas, un boulevard–, pues al delirio y la rapidez se suman su indetenible horripilancia como espacio urbano, contraejemplo sintomático de todo lo que uno podría amar de una gran ciudad, y los peligros que la configuran en su esencia. Es una lástima que Salazar Bondy no haya nacido aquí. Hubiese escrito un libro supremo.

Hay lugares siempre salvables, claro está. Lugares por todos conocidos (UCV, Calvario, Pastora, Los Caobos) y otros sitios más escondidos que uno, por alguna razón, ha amado (pienso en el hermoso óvalo central, baranda o balcón, del edificio “Araure”, en Sabana Grande). Pero en general la urbe aplasta a sus paseantes y los impulsa al encierro o al abandono, bastante se ha dicho.

No es frecuente que Caracas obsequie a sus moradores con el encuentro de algún tesoro arquitectónico o natural integrado a la ciudad, que sea parte de ella, que la cruce, la divida, sea su arteria. No es frecuente, repito, porque esos tesoros existen y uno puede hacer rápidamente la lista, pero puede hacer también la lista de los antitesoros, larga como cola de dinosaurio. Quiero decir que no hay razón estética alguna para que los paseantes caraqueños de golpe se detengan. Y lo hacen, constantemente. Por eso digo que la gente no sabe caminar. No se entera, la gente, de que en esta ciudad no hay calidad de vida para ser paseante y que, en verdad, caminar en Caracas no es caminar, sino trasladarse violentamente de un sitio a otro. Con prisa y con miedo, pues los peligros están a la orden del día.

Una de las funciones de la crónica literaria, acaso, sea la de servir como confesión histórica o testimonio, en un momento dado, de lo que ha sido la vida de un país o una ciudad. Tal vez dentro de unos años pocos documentos sean tan valiosos para entender a Chile, durante e inmediatamente después de la dictadura de Pinochet, como las crónicas de Pedro Lemebel. Acaso pueda decirse lo mismo de la Venezuela postpérezjimenista en las crónicas de Elisa Lerner. Y la Caracas de hoy, la horrorosa trama de sangre y violencia que da el trazado cotidiano y la temperatura existencial a su geografía, tal vez esté representada con eficacia sin igual en las crónicas de José Roberto Duque. “Camina pa’lante no mires para el’lao”, aconsejaba desde su trinchera musical el sabio Lavoe. Y esa podría ser la consigna de quien se mueve, con la única fuerza de sus dos pies y sus ganas de seguir existiendo, en Caracas.

No hay, decíamos, razones estéticas para detenerse de pronto. Hay, por el contrario, imperiosas razones de seguridad para no hacerlo. Para que el flujo de los pasos no sea entorpecido por un atropello repentino, un rápido crimen, un fugaz brochazo de sangre sobre el pavimento. Para que el tránsito entre un encierro y otro transcurra con la mayor rapidez posible y para que el hombre que ejecuta ese tránsito llegue vivo y entero a su destino. Y, sin embargo, la gente que camina en Caracas, de repente, sin motivo alguno, como si fuese un oscuro designio de las esferas celestes, la gente, decía, se detiene. Sin anunciarlo, sin asomar mínimamente la intención de hacerlo. Caminan con la prisa que les impone la urbe, precedidos y seguidos por miles de autómatas apurados –y asustados– como ellos y, zas, algo pasa, una falla neuronal, un infarto en los pies, una centella interior los detiene. Esto puede ocurrir en una acera, atravesando la calle, en la entrada a las bocas del metro o incluso frente a los torniquetes. La gente se detiene. Y el que viene atrás choca, recibe un insulto por su atrevimiento, lo devuelve, se aparta y toma otra vía en la que poco después se repetirá la escena, como intentando dictar la pauta del caminar caraqueño.

Una hipótesis razonable sería la del Ávila. Esa imagen hermosa e imponente que es telón de fondo de la horrible ciudad. Todo el que quiere defender a Caracas cuando ésta recibe una acusación de fealdad acude a la imagen del cerro. Una imagen tan definitiva, tan absolutamente potente que el acusador desprevenido debe cerrar la boca y largarse. El asunto es que el cerro no es la ciudad. El Ávila no es Caracas (tampoco Los Alpes son Turín o el Vesubio, Nápoles). El cerro es siempre el paisaje que allá al fondo nos ayuda a seguir, en el caso caraqueño, en la horripilancia de la ciudad. Es como una visión siempre posible, en momentos de crisis. Un paliativo seguro, una enorme gentileza natural, se diría. Un lugar, además, que está muy cerca de la ciudad y sus horrores. Un lugar al que acudimos, justamente, para escapar de Caracas y poder mirarla desde lejos, desde arriba, dominándola en un solo golpe de vista, tratando de hacerla menos horrorosa, desde este otro ángulo en las alturas.

La gente, entonces, se detiene en mitad de la calle, porque recuerda la existencia del Ávila y lo mira. Es una hipótesis perfecta, todo parece tener sentido y el mundo se ordena. El problema es que la gente se detiene, también, de espaldas al cerro. Y se detiene en muchos lugares en los que el cerro no se ve. Dentro de las estaciones del metro, por ejemplo. O en los pasillos y sótanos de Parque Central o las torres de El Silencio, donde se sospecha, por cierto, la existencia de licántropos y vampiros, elemento que habría que explotar para darle densidad y especificidad mítica al horror cotidiano que a la ciudad ya le sobra. Pero no sólo para eso. Si la ausencia de razones estéticas no basta y el miedo al malandraje y a la figuración estadística en las páginas rojas tampoco, tal vez valga la pena recordarle (o meterle en la cabeza) al paseante-no-paseante caraqueño que detener los tránsitos, así, sin previo aviso y sin razón, podría convertirlo en víctima de algún hombre lobo o vampiro urbano.

En un país donde la razón está tan maltrecha, el diálogo no existe, nadie es capaz de explicar con sensatez las cosas que ocurren y la libertad agoniza, la solución irracional sigue ocupando el puesto de honor. Es posible que a nadie le interese pensar la posición de los cuerpos en el espacio urbano o la necesidad de mejorar la fluidez del tráfico peatonal. Acaso debamos insistir, entonces, en no salir a la calle, bajo ningún concepto, las noches de luna llena; y más aún en tener siempre a mano, en el bolsillo del pantalón, ajos, cruces y balas de plata. Ya es suficientemente horrible vivir y morir en Caracas como para que esa muerte sea causada por ataque de lobo o mordida de vampiro.

 

Por Roberto Martínez Bachrich

 

comentarios (4) >> feed
Fascinante
escrito por Eleonora, marzo 10, 2008

Es cierto, a mi me pico un vampiro! Estupendo estudio sobre el caminar y pausar caraqueño.

No por los vampiros...
escrito por Lilia, marzo 10, 2008

Sino por la falta de sentido común, por andar embebidos en los propios pensamientos, por creerse dueños de del espacio, por no pensar nunca en los demás y por no ser previsivos. Por eso es que cualquiera se detiene y estorba el paso.
Hemos perdido mucho por no mirar hacia los lados, o hacia arriba o hacia abajo.. pero si lo hago seguro que ahí es cuando e muerden ls vampiros.
Excelente análisis de nuestros "andares" caraqueños

Cierto
escrito por Jairo, marzo 21, 2008

En la avenida Solano, frente al Hotel Savoy, me encontré varios vampiros y vampiras, que se tomaban la última cerveza de la noche, a las ocho de la mañana del día que ellos convertían en parte de su noche... Ah, y no solo el cerro Avila salva a los paseantes, si no sus tascas restaurantes, por lo menos las que siguen en Chacaíto y Chacao. Por lo menos el paseo del hotel (para quienes no vivimos allí) hasta la tasca, vale la pena... Salva a Caracas...

léanlo de abajo hacia arriba
escrito por alexis alvarado (bruno), marzo 28, 2008

Es interesante ver como Roberto, varía y experimenta en su forma de escritura. El cuento o crónica ficcional es bastante interesante. Yo experimenté otra manera de leerlo, lo hice de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Me pareció algo estrafalario, pero importante para mi.
Aunque en anonimato sigo tu narrativa Roberto smilies/cheesy.gif

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