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A J. C. Méndez Guédez

Libros de J. C. Méndez Guédez

    1. Historias del edificio (cuentos, 1994)
    2. Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (novela, 1997)
    3. El Libro de Esther (novela, 1999) 
    4. La ciudad de arena (cuentos, 1999) 
    5. Árbol de luna (novela, 2000)
    6. Tan nítido en el recuerdo (cuentos, 2001)
    7. Una tarde con campanas (novela, 2004)
    8. Hasta luego, Míster Salinger (cuentos, 2008)

Entrevista a Juan Carlos Méndez Guédez

Por Luis Yslas Prado

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Nacido en Barquisimeto en 1967, Juan Carlos Méndez Guédez vive en Madrid desde 1996. Novelista, cuentista, ensayista y profesor, ha publicado la mayoría de sus libros en España: El Libro de Esther (Novela, Madrid, 1999) con la que fue finalista del XII Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos; Árbol de Luna (Novela, Madrid, 2000); Una tarde con campanas (Novela, Madrid, 2004), finalista del V Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñónez; Tan nítido en el recuerdo (Cuentos, Madrid, 2001), VI premio de cuentos Ateneo de La Laguna, entre otros. Recientemente apareció su libro de relatos Hasta luego, Míster Salinger (Madrid, 2008). Algunos de sus textos pueden leerse en el blog colectivo de literatura en español: La Mancha

Voces como las de Salvador Garmendia, José Balza, Sergio Ramírez y Alfredo Bryce Echenique han señalado el valor de la escritura de este narrador barquisimetano, considerándola una de las prosas más sólidas de la literatura venezolana contemporánea. Consecuente lector de nuestra página web, Méndez Guédez respondió por correo electrónico esta entrevista en exclusiva para ReLectura.

 

¿Por qué te fuiste de Venezuela? ¿Por qué volverías?

Yo no me fui de Venezuela. Digamos que no he regresado y que sigo estando sin volver del todo. Sucedió que en 1996 me vine a España a estudiar un doctorado en la Universidad de Salamanca. En pocos meses terminé una primera novela que no había podido concluir en Caracas (Retrato de Abel con isla volcánica al fondo), luego escribí una novela juvenil (Nueve mil kilómetros y tu abrazo), y adelanté una segunda novela (El libro de Esther). Apenas había pasado un año cuando descubrí que en mi mesa tenía tres manuscritos. Quedé perplejo. Sabía que esa situación no volvería a ocurrirme, que se trataba de una energía que yo había acumulado durante mucho tiempo y que ahora se concretaba en cientos de páginas. Pero lo que sí comprendí es que en España podía centrarme en la escritura de una manera para mí desconocida. Aquí el tiempo transcurría con un sosiego, con una naturalidad, que mi vida anterior no permitía.

Luego la idea del regreso también se complicó con el proyecto militarista que envenenó al país. Para mí la cursilería, el odio, la necedad y el despotismo cuartelario son inaceptables.

Pero creo que, en general, la experiencia del exilio puede ser positiva para un escritor. Cuando eliges otra ciudad, otro país, te ves obligado a renacer, a vestirte con nuevas palabras, a crear otras señales de tu persona, a crecer sin el apoyo que te otorgaban tus referencias familiares o la consistencia de una infancia. En el fondo, se trata de reescribir una novela que eres tú mismo.

¿Por qué volvería? Buena pregunta. Las buenas preguntas se reconocen porque no hay una respuesta inmediata para ellas... Volvería para saber que el mar está al otro lado de la montaña, y que al otro lado del teléfono hay voces amigas esperando por compartir unas buenas cervezas y un juego de béisbol en la televisión.

Pero te insisto, no me he ido. Hace unos meses una amiga me dijo que me había visto en Plaza Venezuela a la medianoche; que tocó la corneta para saludarme y yo le respondí. No quise advertirle que hace años que no paso por Caracas. Está bien eso de tener una apariencia tan corriente; así la gente siempre piensa que estás cerca de ellos.

¿Qué es lo que más extrañas de Barquisimeto?

Extraño el abrazo de personas que ya no están. Extraño no tener diez años y asistir por primera vez al estadio a ver un juego de Cardenales de Lara. También extraño alguna tarde de 1984 en la que dos amigos y yo vimos a una muchacha que salió descalza de su casa a comprar helados y se sonrió al vernos.

Pero ojo, Barquisimeto era mi ciudad familiar, mi ciudad de las vacaciones; yo vivía en Caracas casi todo el año. Así que mi afecto se reparte por igual entre esos dos lugares. La respuesta estaría incompleta si no te confesase que extraño los afectos que allí perviven; y el olor de Caracas en diciembre; la manera cómo caminan las mujeres; la calle Maury de Catia; la Cota Mil en las madrugadas; los cuadraditos de sol que pintaban el pasillo de mi apartamento en Los Jardines del Valle.

Esto para mí es muy importante, tanto en la vida como en la escritura: la tensión amorosa entre dos lugares. Dos puntos en los que oscilas, en los que flotas, como si cada uno de ellos te otorgase un cuerpo, una imaginación distinta.

¿No están destinados los escritores del exilio –obligado o voluntario– a una literatura de la nostalgia?

No lo creo. El exilio voluntario no posee un único rostro. Tiene una carga de dolor, de renuncia, de fragilidad; pero también de reinvención de la propia persona, de resurrección. 

Además te confieso que no me da miedo la nostalgia. De hecho, creo que la escritura es un aprovechamiento de esa energía. En el fondo todos somos expulsados de un lugar: de nuestra infancia, de nuestras certezas, de nuestra adolescencia, de nuestra invulnerabilidad. Eso puede ser más poderoso que el alejarte de un sitio concreto.

Una madrugada del año 94 se suicidó uno de mis mejores amigos, mi hermano de liceo. Ese día yo fui expulsado de la adolescencia. Y cuando ya vivía en España, una de mis primas más queridas murió de un derrame; ese día creo que se acabó en mí ese resplandor dorado que la infancia va dejando. Esos exilios son más reales, más definitivos; y allí es la escritura quien te rescata, quien te da aire, quien te recompone.

Pero retomando tu pregunta, creo que los escritores venezolanos de la diáspora no tenemos necesariamente un hilo narrativo común signado por la nostalgia. Pienso ahora mismo en dos ejemplos: Juan Carlos Chirinos escribió El niño malo cuenta hasta cien y se retira, una hermosa novela sobre un viaje a un pueblo nevado en el que la poesía de Montejo vertebra la ficción; Doménico Chiappe acaba de publicar aquí en España una novela corta: Entrevista a Mailer Daimon, una suerte de conspiración demoníaca, de contrautopía aterradora. Son dos narraciones muy lejanas a la nostalgia.

Es lamentable que los lectores no puedan conseguir tus libros en las librerías nacionales. ¿Qué razones editoriales existen para que tu obra no sea distribuida en Venezuela?

Me encantaría pensar que hay una secta que ha decidido secuestrar mis libros para limpiar el mundo de impurezas. O que es una conspiración de la CIA; o que los autores del Boom han exigido en sus contratos que mis títulos no se distribuyan.

Pero quizás nada de esto sea cierto.

Tal vez los distribuidores y los libreros tengan una respuesta.       

Image Eso sí, entiendo que mi nuevo volumen de cuentos: Hasta luego, Míster Salinger, será distribuido en Venezuela. Al menos esa es la intención de mi editor. Y mi agente me hablaba semanas atrás de una estrategia posible para intentar que en el futuro mis nuevos libros circulen de manera simultánea en ambos países. Yo estoy encantado y agradecido de tener lectores en mi país que cada tanto me dan noticias de la experiencia que han vivido al leer mis libros. Ojalá pronto la comunicación sea todavía más nítida y sencilla. Pero que no sólo puedan leer mis nuevos textos, sino que también tengan acceso a obras estupendas de narradores de lengua española como Nicolás Melini, Anelio Rodríguez Concepción, Alejandro Luque,  Ernesto Pérez Zúñiga, Javier Azpeitia, José María Pérez Zúñiga o Hipólito G. Navarro. 

Luego de haber publicado casi todos tus libros en España, ¿te consideras perteneciente a la tradición literaria española o venezolana?

Yo pertenezco y participo de la tradición literaria venezolana. Eso está fuera de toda duda. Allí me formé, allí decidí ser escritor, allí persisten 28 años de experiencias que siempre aparecen en la yema de mis dedos cuando me siento en la computadora. Cierto es que ya llevo unos cuantos años en España; también esta realidad literaria comienza a tener un peso sobre mí. Así que vivo con naturalidad el hecho de que cuando pienso en grandes historias se combinen con naturalidad las escritas por Francisco Massiani, Muñoz Molina, José Balza, Martín Garzo, Teresa de la Parra, Vila Matas. También es verdad que ahora mismo ya aparezco tanto en antologías de cuento hispanoamericano como de cuento español. Lo celebro. Creo que es hermoso ganar un nuevo espacio, ser también un poco del espacio de los hijos. Fernando Iwasaki dice que él no perdió un país sino que ganó otro. Me identifico con esa expresión.

Por otro lado, yo creo que pertenecemos a una idéntica tradición. La del Reino de Cervantes como dijo Uslar Pietri, o la del territorio de La Mancha, como afirmó Fuentes. En ese sentido, lo que he hecho es moverme un poco dentro del mismo ámbito. Con diversos matices la tradición española y la venezolana son la misma, porque en el principio fue el verbo y el verbo es Cervantes.

¿Cuál es el conocimiento que tiene la crítica y el lector común español de la literatura venezolana? ¿Qué libros o autores se conocen, se leen, se comentan?

El conocimiento cada vez es mayor. Cuando llegué a España era imposible acceder a libros de escritores venezolanos. Ahora mismo, en las buenas librerías, consigues o puedes encargar libros de Israel Centeno, José Balza, Uslar Pietri, Teresa de la Parra, Alberto Barrera Tyszka, Doménico Chiappe, Juan Carlos Chirinos, Adriano González León, Victoria De Stefano, Boris Izaguirre, o en poesía libros de Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, José Barroeta, Yolanda Pantin... Mira, sin ir más lejos, la contraportada de El País hace unos días fue una entrevista a Eugenio Montejo. Y el libro Iniciaciones de Israel Centeno ha cosechado unas críticas excelentes de los más prestigiosos suplementos culturales de este país. Toma en cuenta lo que eso significa en un lugar donde se publican miles y miles y miles de novelas cada año. 

¿Qué escritores han sido tus modelos literarios? ¿Qué te ha atrapado de su literatura?

La frescura y la intensidad de Francisco Massiani; la ternura y el estilo oral de Bryce Echenique; la inteligencia de Kureishi; la fluidez y la mirada sobre lo popular de Eduardo Liendo; el rigor compositivo de Vargas Llosa; la transformación de la voz de Cortázar; la irónica dulzura de Mark Twain; los climas poéticos de Rafael Arozarena; el trabajo sobre el tiempo y el espacio de José Balza; la construcción de los personajes y la genialidad estructural de Teresa de la Parra; la compasión y la tensión contenida de Tabucchi; la mirada sobre lo folletinesco de Manuel Puig; los climas enrarecidos de Kafka.

Y pienso que también existen otros modelos literarios que me han marcado: el cine popular mexicano de los años 40 y 50, y las canciones de Julio Jaramillo, Los Beatles, Yordano, Leonardo Favio, José Luis Perales, Queen, y los merengues de Rubby Pérez.

Pareciera que posees una sensibilidad especial para el diseño de personajes femeninos. Recuerdo especialmente a la divertida Estela de Árbol de luna; a la volátil Esther, de El Libro de Esther; a la sensual Valeria de uno de los cuentos de Historias del edificio. ¿Qué importancia, simbólica y real, tiene la mujer en tu narrativa?

Image Me gusta esa lectura. Hace poco en un suplemento de Murcia titularon la reseña de mi libro de cuentos Hasta luego, Míster Salinger, con una frase que me encantó: “Relatos femeninos”. Crecí dentro de las contradicciones de una sociedad machista, pero rodeado y protegido por mujeres. El mundo de lo femenino se me hizo muy natural, muy apasionante. Una lectora comentó que cuando leyó Árbol de luna comprendió que yo conocía mucho el mundo de las mujeres, que conocía ese tipo de conversaciones que ellas sostienen cuando los hombres no estamos presentes. No es cierto lo que ella afirmaba pero me agrada mucho la idea de que mis libros creen esa impresión, que en ellos resulte verosímil esa proximidad. Hasta luego, Míster Salinger es, según algunas críticas o lecturas, un libro que puede mirarse como la visión perpleja, curiosa, afectiva, titubeante, que un hombre tiene sobre distintas formas de lo femenino: madres, amantes, hijas, amigas. Pero no como presencias etéreas, como musas, como encarnaciones frágiles, sino como personajes poderosos, fascinantes. La fragilidad en este libro de relatos, y en muchas de mis novelas, es la que caracteriza al hombre, un hombre que descree del heroísmo, de la fuerza, del poder.

Así que pienso que la mujer en mi narrativa tiene una importancia fundamental. No podría definirte exactamente cuál es esa importancia, porque creo que sí comprendiese plenamente lo que deseo expresar en mis historias no las escribiría. Pero me alegra vivir en un mundo donde, como dice Bryce Echenique, la relación hombre/mujer no se sostiene sobre el dominio de uno sobre otro, sino sobre la admiración mutua. Eso me interesa. Muchos de los personajes masculinos de mis libros admiran desmedidamente a ciertas mujeres; y quizás la tensión que genera el desarrollo de mis historias es que muchas de esas mujeres no pueden admirar a esos hombres torpes, apocados, fluctuantes.

Los temas de la amistad y el humor atraviesan también toda tu literatura. ¿Son acaso las virtudes que más peso tienen en tu imaginario personal?

El tema de la amistad me interesa particularmente. Creo que posee unas complejidades muy interesantes a la hora de ser narradas.

Pienso que sobre el discurso amoroso existe ya una especie de fascinante saturación; de complejidad reconocida. Pero me agrada la idea de que mis narraciones den vueltas, se aproximen, rodeen el tema de la amistad. Me gusta mucho ese término que inventó Isaac Chocrón: la familia escogida. Para mí eso es la amistad; alguien que la existencia te ofrece y que tú incorporas como parte de la belleza del vivir, alguien que es tu parte más honda, tu parte más luminosa.

Sí, creo que tienes razón, en mi imaginario personal la amistad es un eje central. Escribo sobre eso, porque los amigos son un territorio feliz, irrepetible. He tenido y tengo magníficas amistades; alguna vez escuché decir que dentro de mis múltiples defectos jamás nadie podría decir que fui mal amigo. Porque para mí la amistad es una fiesta, una infinita solidaridad, una inmensa ternura, y una gran alegría. A mis amigos los quiero y los defiendo con rabiosa insistencia. Porque ellos, los de verdad, me han defendido y cuidado siempre de esa manera.

Así que en el fondo escribo para celebrar el privilegio de la amistad que me han dado algunas personas…

Y en cuanto al humor, bueno, al escribir narrativa surgen de manera espontánea ciertos chispazos. Quizás como un modo de quitarle solemnidad a la vida, al dolor. Me gustan las risas y no puedo dejar de mirar siempre el lado cómico, ridículo y entrañable de la existencia. Pero claro, eso tiene sus riesgos. Una vez en una mesa redonda alguien que me había leído le advirtió a los estudiantes: prepárense para un momento de muchas risas, no olvidarán nunca este momento porque Méndez Guédez nos ofrecerá en su conferencia todo su humor caribeño. Quedé aterrado. Yo había preparado una conferencia muy seria, muy documentada, para que la gente viera que yo había leído a Kristeva, que aunque no entendía nada de lo que decía, la había leído mucho. Y no había un solo guiño de humor. La conferencia me temblaba en las manos; encendí un cigarrillo para aplacar los nervios y me dijeron que estaba prohibido fumar; se me cayó el cigarrillo y quemé la alfombra; cuando me agaché para evitar el estropicio, golpee la mesa con mi frente y el sonido del golpe retumbó en toda la sala. 

Di la charla mientras se me hinchaba la frente. Me costó leer lo que había escrito por el dolor de cabeza. Nadie se rió nunca. Luego le confesé al moderador de la mesa que los fragmentos de humor de mis libros me los escribe mi primo Ezequiel, que vive en El Tocuyo, y que me dice que nunca, bajo ningún concepto, me ayudará a escribir nada si sigo citando a Kristeva.

¿Con cuál de tus libros o de tus personajes te sientes más satisfecho? ¿Cuáles te han dado más felicidades literarias o personales?

El libro del que me siento más satisfecho es el que escribiré mañana; y mañana te diré que el que me hará sentir más satisfecho será el que escribiré al día siguiente. Los escritores no tenemos pasado, sólo futuro.

Los escritores suelen recibir reconocimientos que a veces no tienen que ver con los premios o celebraciones oficiales. Reconocimientos más espontáneos, sencillos, y quizás por eso, entrañables. ¿Recuerdas algunos?

En una película de Julio Medem un escritor sale a tomar café y en una mesa se encuentra a Paz Vega. Paz Vega le dice que lo ha leído, que lo ama por la historia que ha escrito, luego se marchan juntos y hacen el amor toda la noche. Yo en mis talleres de escritura les digo a los chicos que si alguno piensa que esas cosas en verdad ocurren se dedique a otra cosa.

Image Pero hablando de reconocimientos espontáneos… hay varios que recuerdo ahora mismo. Dos lectores me dijeron alguna vez que al leer mis novelas sentían que les estaba hablando un amigo. Me gustó esa complicidad. También una chica me contó en una ocasión que una vez se quedó sin dinero y cuando un hombre se le acercó y le preguntó su nombre, ella le dijo: Me llamo Estela, pero a veces me dicen Marycruz (como hace un personaje de Árbol de luna). Me encantó que por unos minutos mi historia hubiese saltado desde el papel y se hubiese encarnado en alguien. Luego recuerdo algo que yo quise entender como un guiño hermoso de la realidad. Yo estaba sin trabajo, sin dinero, sin perspectivas. Me puse a ver la televisión y estaban dando el que era en ese entonces el programa más popular en España: Aquí no hay quien viva. Una de las chicas de la serie estaba discutiendo con su novio mientras leía un libro. Me quedé intrigado; lo vi mejor… era mi libro, era Árbol de luna, y allí estaba en la tele en manos de una bellísima actriz. Claro, al día siguiente yo seguiría sin trabajo, sin dinero, sin perspectivas, pero durante esos dos o tres minutos yo me sentí patéticamente feliz.                

¿Qué te ha dado la literatura? ¿Qué te ha quitado?

¿Qué me ha quitado? Tal vez habilidades sociales. Me como las uñas, miro al suelo, me sonrojo cuando me hablan, me dan miedo los ascensores. Quiero pensar que nada de eso sucedería si no me hubiese dedicado tanto a los libros.

¿Qué me ha dado? Muchas existencias: me he perdido en una cueva con Becky Tatcher; bajo el nombre de Crusoe sobreviví en una isla; nací en el Tormes; he sido un fatalista llamado Jacques; también he vagado por una Lisboa veraniega a la espera del fantasma de Pessoa; me ha hecho recoger en la playa una piedra de mar; me ha permitido sobrevivir a los rigores de un liceo militar; me ha conseguido un cuaderno azul para sobrevivir al exagerado abandono de Inés. 

La literatura me ha dado una continua sensación de levedad, de euforia.

No importa que el mundo a veces sea horrible, en mi biblioteca siempre habrá una novela de David Lodge esperándome, para salvarme una vez más, siempre.

Febrero, 2008

 

comentarios (1) >> feed
Felicitaciones
escrito por sandra05, agosto 31, 2008

No habìa leìdo nunca esta web,y me alegra que sea para ver la entrevista de juan carlos mèndez.Soy venezolana y sus libros los he buscado por todas partes y nada.El ùnico que tengo ,Arbol de Luna, me lo trajeron de España.Tengo la esperanza de leerlos alguna vez...Felicitaciones a Juan Carlos Mèndez, escribes muy bien smilies/cheesy.gif

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