Autores
Lista de Autores
Noguera, Carlos Noguera, Carlos
Obra publicada
- Laberintos (poesía, Ediciones en HAA, 1965)
- Eros y Palas (poesía, Universidad del Zulia, 1967)
- Dos Libros (poesía, Ediciones del Círculo de Escritores, 1999)
- Historias de la Calle Lincoln (novela, Monte Ávila, 1971)
- Inventando los días (novela, Monte Ávila, 1979)
- Juegos bajo la luna (novela, Monte Ávila, 1994)
- La flor escrita (novela, Monte Ávila, 2003)
- Los cristales de la noche (novela, Alfaguara, 2005).
Nació en Tinaquillo (Cojedes) en 1943. Escritor y psicólogo. Ha sido profesor de Pregrado y Postgrado en la Universidad Central de Venezuela, en las Escuelas de Psicología, de Letras y de Artes. En viaje de estudios, residió en Londres en los años 1979-80. Como psicólogo ha publicado El adolescente caraqueño en coautoría con Esther Escalona Palacios. (Caracas, Fondo Editorial de la Facultad de Humanidades y Educación /UCV-MAVESA, 1989). Su obra ha merecido diversas distinciones, entre otras: Premio Internacional Monte Ávila de Novela (1971), Premio Municipal de novela del Cabildo de Caracas (1995), Premio Bienal de Narrativa Mariano Picón Salas (1993), Premio de Cuentos del Diario El Nacional (1969), Premio de Narrativa del Consejo Nacional de la Cultura, CONAC (1995), Mención de Honor en el Premio Pegasus (1998) a la mejor novela venezolana de la década, Finalista en el Premio Internacional Rómulo Gallegos (1995, 2007), Premio Nacional de Literatura (otorgado en 2004). Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al francés, y al serbiocroata.
En la actualidad se desempeña como presidente de Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A., dicta talleres de expresión literaria, asignaturas en la Universidad Central de Venezuela y colabora con diversas publicaciones periódicas. Asimismo, escribe su sexta novela, y organiza para su publicación un libro de ensayos: El tambor de pecho.
Reflexión sobre la escritura
¿Por qué escribo?
En una entrevista publicada en 1993, Enrique Molina, al responder a una pregunta sobre su relación con el trabajo poético, comentaba: nunca dudé de esa vocación que, como toda vocación, es un misterio. Y añadía la perplejidad que le suscitaba este empeño compulsivo e incompresible por parte del escritor de solicitarle a un tribunal tan frágil como la página borroneada, una respuesta sobre el sentido de la propia existencia.
No encuentro vocablos más apropiados para describir las intenciones de este oficio, en verdad el más antiguo del mundo el de nombrador, que esos sonidos de misterio y extrañeza que para este imposible propósito convocara el gran poeta argentino desde su lecho de enfermo.
Propósito imposible o tarea vana, las interrogaciones acerca del porqué y el cómo, el para qué y el hacia dónde se escribe, han frecuentado desde siempre, junto con las falibles respuestas que las acompañan, las vigilias, los sueños y las duermevelas de los artesanos del gremio.
¿Cuándo comienza, en cada historia particular, este sentimiento de extrañeza? Si resulta impensable una literatura sin metaliteratura, puesto que toda escritura es, en sí misma, una indagación (y hay que añadir, una indagación que involucra e instiga al indagador), entonces la pregunta inicial debería reducirse a otra que inquiriese sobre el cuándo y bajo qué circunstancias comienza el afán literario.
En lo que a mí respecta, en el origen estuvo la infancia, y, en particular, dos circunstancias coetáneas, diferentes y complementarias, que me gustaría referirles ahora. En la primera de ellas me reconstruyo, a los once años quizás, en la casona familiar del pueblo. Estoy en la habitación de mi tía. Frente a un espejo, oblongo y desconchado, que cubre por completo la puerta izquierda del escaparate, me contemplo en silencio por largo rato. El rostro, por momentos, parece alquimizarse en una neblina opaca de bordes iridiscentes, y, de pronto, recobrar por completo su nitidez. Me nombro una vez, en susurro, y al nombrarme algo desde mí me abandona para contemplarme desde afuera. Prodigio: soy, aunque me parezca imposible, a un tiempo quien contempla y quien es contemplado. Repito mi nombre una y otra vez, erizado, en la semipenumbra, y el milagro recomienza.
Tú eres tú, me decía. En verdad, salía de mí por primera vez para, por primera vez, descubrir desde afuera el yo que estaba llegando a ser.
En la segunda imagen me veo, en la misma casa de la infancia, una semana antes o después, un mes antes o después: al abrir, por azar, un viejo baúl con aroma a trapo enmohecido y a resma que reposa en la habitación del fondo, tropiezo con un fajo de papeles amarillentos. Desato el nudo: en tinta a medias borrada, pero aún legible, comienza a aparecer, hoja tras hoja, la más extensa y curiosa colección de estrofas con la que había podido tropezar hasta aquel momento. Para entonces yo no era ya un terreno baldío, había comenzado a leer, en desorden y por mera curiosidad, algunos ejemplares de la colección Thor, de Sopena, de Callejas, de El Tesoro de la Juventud, pero ninguno de ellos, a pesar del torrente imaginario al que me permitían acceder, atrapaban ese fenómeno nuevo y extraño al que aquellas desleídas estrofas me enfrentaban.
¿En qué consistía aquel tesoro? Eran versos escritos 25 ó 30 años antes por la constelación ahora envejecida de los familiares que me rodeaban entonces: versos de amor, de amistad, de reproches; versos celebratorios, depresivos, exultantes; versos irónicos, y satíricos, escritos por manos múltiples, con nombres y referencias insertadas, en ocasión quizás de unos juegos florales, quizás de unas fiestas patronales del pueblo, en la era dorada de aquellos protagonistas. Era la recreación de un tiempo genésico para unos personajes que sin dejar de ser literarios ostentaban la escandalosa singularidad de hallarse vivos, al alcance de mi mano, y que a partir de entonces nunca más volverían a parecerme lo que habían sido.
Presenciaba la epifanía de la fabulación, descubría su poder. Gracias a la alquimia prodigiosa del acto de nombrar, aquellos seres cotidianos, y simples hay que decirlo a fuerza de ser vistos, cobraban una dimensión mítica y portentosa.
Antes me había desprendido de mí mismo para trazar los límites de mi piel y darles una identidad, ahora, desde allí, atisbaba hacia la intemperie para comenzar a develar la verdadera dimensión de la alteridad.
En este doble movimiento balbuceante, centrípeto y centrífugo a un tiempo, practicado por un impúber de 11 años, puedo ahora trasver los orígenes remotos de mi enfermedad y de mi absolución. Una semana después, apertrechado con las armas de ese narcisismo endemoniado que todos los del gremio padecemos, comenzaba a escribir. Cuartetos, por supuesto. Los escribía por docenas y a cualquier hora; y en la noche, cuando todavía sofocado por el estremecimiento los releía en la cama, me preguntaba asombrado cómo había podido vivir hasta entonces sin los saberes y sin los sabores de aquel virus prodigioso.
El daño estaba hecho. La enfermedad se hallaba allí y también el éxtasis: una maldición doble que, intuí, una vez que nos toma ya no requiere explicación. O quizás las acoge a todas. Se escribe para llegar a entender por qué se escribe, como creyó una vez Robbe-Grillet. Se escribe porque no se puede no escribir. Se escribe para rozar la frontera de la comprensión propia y del conocimiento ajeno. Se escribe para merecer la experiencia límite (ese relámpago sin rótulo que nos vincula con la eternidad: no un tiempo que dura infinitamente sino el espacio unánime sin tiempo). Se escribe para sustituir al mundo que nos ha tocado en suerte, y se escribe por juego y por goce. Se escribe por un acto de libertad que, por paradoja, al ser desplegado, nos ata de nuevo a su necesidad. Y se escribe, a la par, por una inmersión inevitable en la muerte y por un insaciado anhelo de totalidad: el asalto a un universo alternativo que al refundirse con el real, borre las fronteras que separan el deseo del éxtasis y nos sobreponga a la espesa limitación de la vida que nos ha sido dada. Espesa y limitada, se entiende, cuando se confronta con la opción onírica y con la existencia paralela que aún nos resistimos a aceptar como imposibles.
Obras recomendadas
Rayuela y Cuentos completos, de Julio Cortázar.
Madame Bovary, de Gustave Flaubert.
Cuentos completos, de Guy de Maupassant.
El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrel.
En el camino, de Jack Kerouac.
Memorias de una joven formal, y Final de cuentas, de Simone de Beauvoir.
Rajatabla, de Luis Britto García.
Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera y Cuentos completos, de Gabriel García Márquez.
Cuentos completos, de Jorge Luis Borges.
Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa.
Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar.
Cuentos completos, de Ernest Hemingway.
Guerra y Paz, y Ana Karenina, de León Tolstoi.
Cuentos completos, y El gran arte, de Rubem Fonseca.
Las olas y Al faro, de Virginia Woolf.
La saga de Sherlock Holmes, de Arthur Conan Doyle.
La saga del inspector Maigret, de George Simenon.
Un regalo para Julia y otros relatos, de Francisco Massiani.
El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses.
Cuentos completos, de Abelardo Castillo.
Pedro Páramo y El llano en llamas, de Juan Rulfo.
Cuentos completos, de Augusto Monterroso.
La balada del café triste, de Carson McCullers.
Trópico de Cáncer, de Henry Miller.
Tristram Shandy, de Lawrence Sterne.
El sonido y la furia, de William Faulkner.
El proceso, El castillo, Diario y Cuentos completos, de Franz Kafka.
Rashomon, de Ryunosuke Akutagawa.
Diarios, de Anaïs Nin.
Demian y El lobo estepario, de Hermann Hesse.
Diarios, de Cesare Pavese
Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.
Paradiso, de José Lezama Lima.
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Lolita de Vladimir Nabokov.
| comentarios (2) >> |
escrito por Pedro Asuru, agosto 30, 2008
La boina esconde la calva que por años ocultó la peluca. Por un escritor no acepata su calvicie? Siendo tan inteligente. Pero la inteligencia no supera el trauma.
escrito por Fabián, septiembre 05, 2008
¿Para qué pierdes el tiempo escribiendo tonterías? Deberían sacar ese comentario, por demás impropio.
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