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Aguafuertes porteñas

  1. Las Aguafuertes porteñas son parte central de la obra de Roberto Arlt. La Biblioteca ayacucho editó en un volumen conjunto Los siete locos y Los lanzallamas, las dos más importantes novelas de Arlt  

El dandismo proletario: las crónicas de Roberto Arlt

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“El triunfo periodístico de los Aguafuertes es fácil de explicar. El hombre común, el pequeño y pequeñísimo burgués de las calles de Buenos Aires, el oficinista, el dueño de un negocio raído, el enorme porcentaje de amargos y descreídos podían leer sus propios pensamientos, tristezas, sus ilusiones pálidas, adivinadas y dichas en su lenguaje de todos los días. Además, el cinismo que ellos sentían sin atreverse a confesión; y más allá intuían nebulosamente el talento de quien les estaba contando sus propias vidas, con una sonrisa burlona pero que podía creerse cómplice”. Esto lo dice Juan Carlos Onetti en el prólogo a una edición de El juguete rabioso (1927) de Roberto Arlt.

El triunfo de las Aguafuertes porteñas de Roberto Arlt, que Onetti menciona, no es un dato que necesite ser reconstruido históricamente, ni es una certeza privilegiada de quienes fueron contemporáneos a la publicación semanal de estas crónicas. La lectura fervorosa de las Aguafuertes, en fiel cumplimiento de esa dinámica urbana de la antropofagia y el reciclaje, se convirtió rápidamente en uno de sus elementos constitutivos. Arlt transformó en tema y en anécdota la experiencia de lectura de sus propias crónicas y logró captar de esta manera, como un punto de fuga que trascendía la miseria cotidiana, la subjetividad invisible, anónima, de diversos sectores populares de la ciudad de Buenos Aires. En la actualidad, este registro y el efecto de este registro que a su vez es registrado, sólo tiene paralelo en la obra del chileno Pedro Lemebel. En los textos de su cuarto y más reciente libro de crónicas, titulado Adiós, Mariquita linda, vemos a personas de aire grave y hambriento, casi siempre jóvenes, casi siempre homosexuales, que buscan, encuentran y reconocen al cronista en el deambular insomne de alguna calle de Santiago de Chile. Fantasmas urbanos, bocetos de personas apremiadas por la penuria, que desembocan por propia voluntad, atraídos por la esperanza de ser narrados, en ese rellano del tiempo y la ciudad que es la crónica.

Estos encuentros, sin embargo, son esporádicos. Más que ser la constante condición de posibilidad de estas crónicas, como si la realidad programara sus citas con la ficción, son intercambios azarosos que ponen de manifiesto la simultaneidad de experiencias y espacios que propicia la crónica periodística. Los tropiezos del cronista con sus eventuales personajes configuran, en las Aguarfuertes, un territorio suspendido donde la escritura y la lectura conversan, postergando así, en un diálogo que parece previo a la crónica, la crónica misma y, sin embargo, realizándola. En este sentido, el texto titulado “La señora del médico” resulta muy elocuente: “Señor Arlt, perdone que lo moleste. Entre romperle la cabeza de un palo a mi mujer o contarle lo que me pasa, he optado por esto último…Deseo que le haga una nota a mi mujer…” (38). Esas esporádicas situaciones convierten a Arlt en un retratista o un aguafuertista por encargo.

En otras situaciones la crónica es producto del ojo sensible del cronista, de la mirada que sabe elevar a la categoría de acontecimiento aquello que es, más bien, sucesivo, cotidiano y deleznable. En crónicas como “Ventanas iluminadas”, “Padres negreros” o “El tímido llamado”, es el punto de vista del cronista el que transforma un hecho aislado en el sitio donde converge toda la ciudad como misterio y revelación. Y decir ciudad, en el ámbito de la crónica, es como nombrar el universo. De manera que no sería descabellado afirmar que una característica definitoria de las crónicas periodísticas, al menos como las han escrito Artl y Lemebel, es la de amañar mediante la contemplación y el vagabundeo un panteísmo urbano, donde cada elemento de la ciudad, espacial, temporal y humano, contiene en potencia a todos los otros. Como si cada detalle minúsculo que observa el cronista contuviera un pliegue de lecturas posibles donde está cifrada y escondida la comprensión total de la ciudad. Es esa “vida contemplativa” que señala Arlt en sus Aguafuertes, tan radical en su inercia, en su aburrimiento y en su mutismo que se vuelve filosófica. Y así lo dice, precisamente, en la crónica del mismo título, cuando intenta analizar la postura o postración ante la vida que asumen los “esgunfiados”. “En la India”, dice Arlt, “estos vagos, hubieran sido perfectos discípulos de Nuestro Señor, el Buda” (77).

Cercano a la experiencia religiosa y bordeando los abismos filosóficos, el ocio, tema principal en estas crónicas, se abre paso progresivamente como una hendidura anímica en la que el ritmo de la ciudad languidece. Es el punto de la posible disolución de la dinámica moderna del progreso y la productividad. Esta dinámica, como lo expresa José Luis Romero en Latinoamérica: las ciudades y las ideas, parece ser el verdadero espacio de verificación de la teoría darviniana de la evolución que postula la sobrevivencia del más fuerte (315). Como si a partir de 1880, época en que la mentalidad y la sociedad burguesa empiezan a configurarse en América Latina, la consigna sarmientina de civilización y barbarie encontrara su formulación individual y concreta en el campo de lo económico.

Esta disyuntiva, ya lo sabemos, funciona más como un esquema de comprensión de la realidad que como expresión de la realidad misma. Demarca los puntos límites de la experiencia moderna que tiene en la completa adaptación (riqueza) y en la muerte (miseria) el espacio de su oscilación. Sin embargo, como lo demuestran los vagos amargos y descreídos de las crónicas de Arlt, hay sujetos que no se adaptan ni desaparecen y que simplemente deciden esperar. Vagos, desempleados, “poltronas” que transforman sus cuerpos y sus vidas en una zona irreductible que no condesciende ni al trabajo ni a la muerte. Son sujetos que se asumen, mediante un paradójico y tenaz esfuerzo de no ejercer la voluntad, como un fin en sí mismos.

Estos sujetos, hasta cierto punto, pactan con el comportamiento característico del dandi. En ellos, para decirlo con palabras de Romero, el ocio cobra “la forma de una indolencia elegante y escéptica que se manifestaba en un franco desdén por el ejercicio viril de la voluntad en las luchas cotidianas de la sociedad” (262). Esta definición, pese a la pertinencia que tenga para caracterizar a ambos tipos de sujeto, cambia sensiblemente al tomar en cuenta sus respectivos contextos. Romero se refiere, en realidad, a las “nuevas burguesías” para las que el ocio y la bohemia de sus hijos representan avatares predecibles, e incluso deseables, de una vida verdaderamente moderna. El ocio, al menos para los vástagos de la nueva burguesía latinoamericana, no parece ser una condición irrenunciable del alma sino la estética de un comportamiento contemplado por el cuadro de valores de la cultura europeísta dominante. Para estos hijos de la riqueza, el ocio es un derroche estipulado; su fuerza de trabajo que no se emplea, su andar parasitario en los caminos de la ciudad productiva, está asegurado por la misma riqueza. El dandismo que podemos encontrar en las Aguafuertes porteñas, en cambio, es un dandismo proletario, que no tiene garantías de salvación reales ni estéticas. El ocio, para estos hombres difusos que transitan por las calles y los cafés de Buenos Aires, es el estancamiento en una lucidez instintiva que quiere permanecer siempre idéntica a sí misma. Quizás, y esto es una impresión que se correspondería con algunas temáticas recurrentes en las novelas de Arlt, estas encarnaciones del ocio y la vagancia sean producto de decisiones conscientes de habitar en la coyuntura y de transformar esa espera vacía, que es la del tiempo, en un destino. Un destino insignificante que quizás salva al “squenún”, ayudado por su pasividad característica, de las dos alternativas dramáticas a la miseria que personajes como Silvio Astier y Augusto Remo Erdosain conocen muy bien: la traición y el asesinato.

El “squenún” reproduce en una escala reducida y trivial el comportamiento del dandismo rastacuero de finales del siglo XIX. El “squenún” es un hijo de pequeños y pequeñísimos burgueses “que toda la vida trabajaron infatigablemente para amontonar los ladrillos de una casita, parece que [el squenún] trae en su constitución la ansiedad de descanso y de fiestas que jamás pudieron gozar los viejos” (16).

El dibujo de esta transformación genotípica de la voluntad en la sociedad moderna, le otorga a esos sujetos fantasmales retratados por Arlt una dimensión heroica y artística que sólo el lente ambiguo de la crónica pudo captar. Son personajes que, contraviniendo los desconsuelos modernos de Martí, no cambian el oro de afuera por el de adentro. Arlt, con su confesada obsesión temática y concreta por el dinero, no deja de observar con secreta admiración a estos artistas del hambre, que se aferran con una indiferencia calmosa a esa perla que surge milagrosamente de su infranqueable ostracismo.

Por Rodrigo Blanco Calderón

 

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