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Yo no soy neutral políticamente
Entrevista a Carlos Noguera (diciembre, 2007)

Por Rodrigo Blanco
¿Podrías hacer un balance de lo que fue la gestión de Monte Ávila durante el año pasado?
A ver. No me canso de insistir en la nueva estructura que rige para los entes adscritos al Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Es importante para entender la labor no sólo de Monte Ávila, sino de otras instituciones amigas o hermanas que hacen vida en la plataforma del Libro y la lectura, y también hay que entender algunas de las variaciones que ha experimentado Monte Ávila en su perfil. Y, por lo tanto, en la modificación de las funciones como editorial. Para hacerlo breve, permíteme recordarte que antes de la creación del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, lo que había antes era lo que se llamaba un ministerio sin cartera. Había ciertas figuras más o menos destacadas del medio cultural que desempeñaban una labor como de grandes promotores culturales. En el pasado fue así. Pero nunca se tuvo realmente un Ministerio de Cultura como el que hoy existe. De modo que eso ya es algo muy importante de señalar. Con la creación de este Ministerio, el año 2005, se inicia una especie de regularización que implicó, entre otras cosas, una revisión también de las funciones del Conac, que había hecho las veces de ministerito, y que ahora pasaba a ser otra cosa. Se establecieron entonces seis plataformas: Cine y medios audiovisuales, Patrimonio, Artes de la imagen y el espacio, Artes escénicas y musicales, Red cultural comunitaria y Libro y la lectura; a esta última pertenece ahora Monte Ávila Editores, así como otros entes como el Cenal, la editorial El perro y la rana, la Red de Librerías del sur, la Distribuidora venezolana del libro, etc. Y todas esas entidades, por supuesto, dependen del Ministerio de la Cultura actual.
En un principio, la plataforma del Libro y la lectura se llamó Plataforma de Política Editorial. Eso generó una confusión, y nosotros lo dijimos. Con ese nombre se daba la impresión de que generábamos políticas, y no es así, por lo que se le cambió el nombre, y pasó a llamarse Plataforma del Libro y la lectura, que es mucho más sensata, porque nosotros realmente no creamos políticas. Nosotros articulamos para una mejor ejecución en la práctica las políticas que emanan del alto gobierno; en este caso: del Ministerio y del Gabinete de Cultura. Simultáneamente a la creación de las plataformas, se empezó a puntualizar la función de cada uno de los entes existentes y se crearon nuevas instituciones. Por ejemplo, creció de 16 a casi 55 la Red de Librerías, se creó la Imprenta cultural nacional y la Distribuidora venezolana del libro. Con esas tres nuevas figuras, Monte Ávila, pero también otras editoriales como El perro y la rana y Biblioteca Ayacucho, modifica sus funciones. Por ejemplo, nos liberamos de la impresión y de todo el proceso de las licitaciones, que era un verdadero dolor de cabeza, y que ahora le corresponde a otros entes.
¿De manera que al aligerar a Monte Ávila de esas funciones que tenía antes, ahora dispone de más tiempo para sus propios proyectos editoriales?
Sí, se aligera y ahora puede concentrarse un poco más en la función clásica de lo que es una editorial. Por ejemplo, ya Monte Ávila no está encargada de las ferias del libro, aunque haya sido hace unos años uno de los entes en plantear las ferias como una posibilidad para llegar a la gente. Todo el auge de las ferias actuales es producto de una labor, entre otros agentes, de Monte Ávila. Eso se sigue manteniendo, pero ya no le corresponde a la editorial. ¿Quién lo hace? Bueno, si son ferias normales dentro del país, la Red de Librerías. Si son internacionales, le corresponde al Cenal y a las distribuidoras. Igual pasa con las distribuciones. Esa también es una función que ya no le corresponde a la editorial. Eso también quedó en el pasado.
¿La expansión de lo que ahora son las Librerías del Sur no implica que los libros publicados, por ejemplo, por El perro y la rana, Monte Ávila y Ayacucho, se consigan solamente allí? Es decir, ¿es posible que también puedan encontrarse estos libros en librerías privadas?
En teoría, sí. El vendedor lleva esos libros y los ofrece. Pero, claro, los tiempos y los aires cambian. Toda empresa privada tiene la potestad del mundo para decirte que no. Y eso a pesar de que está la figura de la consignación, que permite dejar los libros para probar si se venden o no. Pero aun así, hay gente que te dice que no tiene espacio, que no tiene tiempo. O sencillamente, que no quiere los libros de Monte Ávila, ni los de El perro y la rana. Muchos inclusive no los reciben porque los precios de esos libros son muy baratos. Desafortunadamente, el abaratamiento de un libro acarrea esos problemas. Ahora, uno no puede sino aceptar el criterio de algunos libreros. Hay otros, claro está, que además de su función de librero normal, quieren realizar una función social. Algunos, por ejemplo, te dicen que pueden recibir libros de esas editoriales, pero no aquellos de temas políticos. Y uno tiene que respetar eso.
¿Entonces sí está planteada desde el principio la distribución a quien acepte recibir los libros de Monte Ávila?
Claro que sí. Con las limitaciones que te acabo de plantear. Todo esto tiene que ver con la reestructuración, con la redistribución de funciones de la plataforma. Por ejemplo, cuando Monte Ávila cedió la función de minorista, tampoco le correspondía, dentro de esta visión, tener una librería. La librería Monte Ávila.
¿De modo que el hecho de que la librería Monte Ávila se haya transformado en uno de los espacios de la Red de Librerías del Sur responde a esa redistribución de funciones de las nuevas plataformas?
Exactamente. Porque ya no somos minoristas, es decir, no tenemos un trato directo con el público a quien se le vende los libros. Tampoco tenemos la distribución. Esas ya no son nuestras funciones.
¿Pero la casa Monte Ávila no se planteó en algún momento mantener la librería del Teresa Carreño, que era como un espacio importante, afectivo, para los lectores?
Durante un tiempo, el ministro, considerando esta razón que tú expones, no hizo particular insistencia en que la librería debía, dentro de la redistribución de funciones, pasar a formar parte de la Red de Librerías del Sur. Eso duró como un año. Luego de un hecho, del cual no puedo hablar, un hecho desafortunado, el ministro se vio obligado a tomar esa decisión. Hecho además en el cual yo no estoy involucrado. Pero entiendo que eso haya precipitado la decisión, que en todo caso, había sido postergada en su aplicación.
Déjame decirte además que yo he estado ligado a esta casa casi toda mi vida. Aquí se publicó mi primera novela hace años, Historias de la calle Lincoln, y gracias a un premio, se me abrieron las puertas en esta editorial hace casi tres décadas. Te digo que durante muchos años estuve ligado a esta casa y he sido autor de Monte Ávila toda la vida. Luego, cuando me jubilé, empecé a trabajar ya de modo un poco más directo con la editorial, y finalmente ahora soy el presidente de esta casa. De manera que no sólo conozco, sino que quiero a esta editorial. Y por supuesto, la defiendo y deseo que su perfil se mantenga, que sus colecciones se mantengan y crezcan. Ahora, el país vive un proceso de cambio. Hay unos que están de acuerdo, otros no, pero sin duda alguna, hay cambios. Eso no lo podemos negar. Y cambios importantes que permiten toda esta serie de transformaciones, la redefinición de ciertas áreas que antes operaban de manera bastante autónoma. El caso Monte Ávila era así, pues operaba con una autonomía muy grande. Eso hacía que algunos de los procesos fuesen sencillos, pues la mayoría de las decisiones competían al director de la editorial. Esa era una ventaja. La desventaja era que tú no articulabas con nadie prácticamente. Había que pensar en la buena voluntad de los demás para poder articular un plan común: la distribución, la venta, la impresión, etc. Ahora uno está más articulado, por lo que la ventaja de ceder cierta autonomía y ganar cierta integración, cierta interdependencia, es que ahora hay planes que pueden ser contemplados en otros niveles, antes impensables. El rol de Monte Ávila tiene que ser juzgado de dos maneras, pero juntas. Primero, como Monte Ávila; y segundo, como ente de una plataforma que la integra y le da un sentido distinto a su trabajo. No se pueden olvidar que ambos niveles están integrados. No se entiende uno sin el otro.
Lo que ha sido el catálogo de Monte Ávila desde que ha estado bajo tu presidencia refleja lo que mencionas. Ciertas líneas editoriales clásicas que le resultan familiares al lector, pero también integrando nuevos campos de interés, como por ejemplo el rescate de literaturas indígenas. Monte Ávila pareciera que ha sabido acoplarse a estas nuevas directrices pero manteniendo su propio perfil. Ahora, ¿ha sido difícil mantener ese equilibrio?
Como te dije, yo quiero a Monte Ávila. Y ese cariño viene del conocimiento que tengo de la historia de esta casa. Yo siempre defendí esta editorial. Y así se me dio si no hubiera sido así yo no hubiera podido aceptar esta responsabilidad un cierto voto de confianza en mis criterios. Es decir, que voy a tomar decisiones sensatas sobre lo que se publica y lo que no. Por ejemplo, la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, que se lanzó hace dos años. Una idea además que no es mía, y ni siquiera del ministro. Son ideas que han estado allí desde hace mucho tiempo, ideas que yo conversaba, por ejemplo, con el chino Valera Mora en los años 60. Incluso Mariano Picón Salas había hecho algo similar con la creación de su Biblioteca Popular Venezolana. Lo que hemos hecho es rescatar la idea de publicar libros a precios accesibles, que llegaran a muchos sitios del país. Y esta colección ha sido un éxito. Creo que es la única colección que no ha sido criticada políticamente por ningún bando. Y para serte totalmente sincero, y yo quiero que me creas: Yo nunca he recibido ni siquiera una advertencia de censura o un mensaje indirecto de parte de las autoridades de las que depende Monte Ávila. Jamás. Eso quisiera que quedara muy claro. Desde un primer momento se pensó siempre en la pluralidad, en la apertura. ¿Cuál es el límite de eso? Bueno, sin duda alguna, yo no puedo publicar en Monte Ávila un libro que aliente a la violencia entre los venezolanos, a que se maten entre sí o a que se destruya la institucionalidad. Yo, como Carlos Noguera, no lo haría. Soy pacifista, no creo en la violencia de ningún lado. Pero si, por alguna razón, lo publicase y me hicieran alguna advertencia desde el Ministerio, pues lo entendería. Pero te repito, eso no ha ocurrido en ningún caso. Por el contrario, siempre he recibido la reiteración del ministro Farruco Sesto, de que tengo la libertad de publicar en Monte Ávila, y que la única exigencia es la calidad. Calidad literaria, por supuesto, cuando se trata de narrativa, poesía, etc., pero también de una obra reflexiva o informativa, como un ensayo, un texto de historia, etc.
Dentro de esto, permíteme recordarte además que yo ingresé al movimiento de izquierda de este país en junio de 1961. Una época muy difícil. Yo era casi un niño, tenía 17 años. Por supuesto ingresé en las juventudes, no en los partidos. Y venía además de un colegio de curas. De modo que las lecturas que hice en ese momento en la universidad me llevaron a acercarme al mundo de lo social, a las concepciones de la solidaridad y la igualdad. Yo ya era un gran lector, pero allí empecé a leer bastante sobre estos temas sociales, a relacionarme y a actuar. ¿Por qué te digo esto? Mira, yo soy un tipo amplio, totalmente democrático. Yo creo, hacia el futuro, en una democracia socialista. El propio presidente lo ha dicho con estas mismas palabras. Una democracia plural, que haga las cosas más justas, más igualitarias, en la que haya más oportunidades, que tenga atenciones con los excluidos, ese tipo de cosas. Ahora, mucha gente confunde mi amplitud con una supuesta pertenencia política a un pensamiento que no es el mío. Pero yo no publico tal o cual libro porque sea neutral. No. Yo tengo una visión del mundo, y no es de ayer, sino desde aquella época en la que estuve en las juventudes de izquierda. Y nunca he renunciado a ella. Con matices, por supuesto. Con altibajos en mi vida, pero sin renunciar a ella. Ahora, yo soy amplio, soy demócrata, pero eso no significa que yo no tenga una posición ideológica. La tengo. Si se me plantea la oportunidad de crear la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, pues ahí está. Y lucho para que se haga, y se hizo. Pero, de un modo más radical, si se me presenta la oportunidad de hacer una colección como Mileniolibre, llena de libros sobre la transformación venezolana, latinoamericana, sobre la globalización, pues también, en colaboración con mi equipo de trabajo, la hago, la empujo. Entonces algunos pueden creer que yo estoy mimetizándome, o algo así. No, de ningún modo. Estoy respondiendo al mismo impulso que me llevó a crear la Biblioteca Básica del Pensamiento Venezolano y a los mismos criterios que he sostenido sobre las relaciones entre los seres humanos durante toda mi vida. Desde 1961. De manera que yo creo que más bien el mérito, si es que tengo alguno, es que aun teniendo una posición ideológica definida, soy amplio, soy tolerante, soy plural y soy demócrata. Pero hay personas que no entienden eso. Se ha confundido al Noguera amplio con el Noguera neutral. No, yo no soy neutral políticamente. Eso quiero aclararlo. No lo he sido.
¿Y con el proceso que vive Venezuela?
Tampoco. No soy neutral. Yo tengo un partido tomado. Pero eso no quiere decir que yo no pueda ser amplio. Al contrario. Te repito, para mí el socialismo tiene que ser un proceso democrático y plural. Si no, no lo es. Si no, se pierde en sus principios. Pero hay gente a la que no le cabe en la cabeza que yo, teniendo una posición ideológica que me ha acompañado casi toda mi vida, sea amplio. Y entonces dicen que Noguera es neutral. Pero cuando doy mi opinión como hombre de izquierda de toda la vida, entonces dicen que Noguera se está vendiendo, que se volvió estalinista. Son cosas que no entiendo. Una y otra vez he tenido que repetir esto, para que se entienda cuál es mi posición. Una posición clara, políticamente clara, que es anterior al chavismo, además. ¿Qué edad tenía Chávez en el año 61? Se trata de una visión del mundo que es anterior a todo esto que está ocurriendo. Y yo al principio de este gobierno tuve muchas dudas, mis reservas con la figura del militar. En un inicio me acerqué con cautela, para ver qué es lo que realmente había allí de planteamientos socialistas, revolucionarios. Y eso no me ocurrió sólo a mí, sino a mucha gente. Pero no porque nuestra posición fuera de derecha. No. Sino porque pensamos que el movimiento inicial de Chávez quizás no fuera una posición verdaderamente de izquierda. Bueno, la historia ha revelado que sí, en efecto, que esa propuesta merecía el acercamiento de mucha gente que está en esta visión del mundo desde hace bastante tiempo, y entonces aparece Chávez y nos dice que hay un proyecto interesante
Me parece apropiado el giro hacia lo que ha sido tu formación política y como lector, pues me gustaría pasar ya al Carlos Noguera escritor. ¿Qué estás escribiendo en este momento?
Fíjate, estoy escribiendo algo que es como un reto, porque nunca lo había abordado de la manera en que lo estoy haciendo. Y por otra parte, responde a una vieja preocupación mía que es el modelo de Guerra y paz de Tolstoi. Esto es, que todas las historias individuales de una novela están relacionadas permanentemente con el gran acontecimiento, drama o escenario histórico en el que esas vidas particulares están insertadas. En ese sentido sigo siendo fiel a mí mismo. Pero en este caso estoy narrando algo que de pronto adquiere como la proximidad casi de un documental, de un testimonial, de algo muy cercano. Los acontecimientos que estoy escribiendo son muy recientes. Se trata de un grupo de gente joven, pero no muchachitos, que están en la idea de llevar una experiencia social a término. Mezcla en buena medida de cosas que están siendo sugeridas por el proceso de cambios actuales y, también, de los utopistas como Fourier, y todas esas cuestiones anteriores a Marx, a Engels y al llamado socialismo científico, y una mezcla además de utopías personales que tienen que ver con la relación de pareja, con el papel de la mujer, pero todo relacionado con las corrientes principales de cambio social. Este grupo, con sus diferencias y también con sus opiniones en común, intentan este ensayo en un sitio bastante campestre, cerca de Caracas. Esto permite que sea un ensayo doble. Por una parte, una pequeña empresa cooperativa (una especie de restaurancito), y por otra, esta gente produce alimentos. Hay personas del interior, de los laboratorios y universidades agrícolas, jubilados, etc. que hacen este tipo de experiencias con tomates, hortalizas, vacas, caballos. Una cosa como bastante extraña.
¿Y tienes ya un título ?
No, todavía no... Entonces, la tensión narrativa es que el sitio donde ellos ubican este ensayo es apetecido por gente que tiene propiedades cercanas, que ha llegado a ellos por ciertos préstamos y donaciones. Entonces ocurren ciertas marramucias legales para demostrar que ese terreno no les pertenece a los jóvenes. Pero además de eso, hay en las proximidades una especie de campo de entrenamiento paramilitar. Eso naturalmente crea una serie de tramas que involucran a unos personajes que están, por un lado, preparándose para una rebelión contra el status quo venezolano, y por otra, a este grupo de utopistas, esta especie de comuna comunista que está ensayando un experimento social.
Como varios proyectos de país
Así es, exactamente. Es decir, en un sitio geográfico determinado hay dos enclaves con proyectos distintos de país. Eso produce el choque. De allí que ocurran momentos duros, violentos, aunque también está la descripción de la vida agrícola de este grupo. Toda esa vida pequeña, mediana y grande. Y claro, todo eso tiene que ver también con el imperio norteamericano.
Entonces, ¿cuando hablabas al principio del riesgo que implicaba para ti esta novela, es acaso por la posible lectura que pueda tener?
¿Te refieres a un riesgo físico?
No, no físico. Me refiero a que si no te preocupa que al tratar en este libro aspectos tan recientes, la novela pueda ser leída como una especie de tratado novelístico político para defender una posición ideológica.
No. Yo me refería a retos de carácter narrativo. A tramas y problemas novelísticos. En todo caso no estoy hablando del destino del país. Estoy hablando de una confrontación de dos grupos.
¿Pero no te ha pasado por la cabeza pensar que se pueda malinterpretar, así como se malinterpretó tu amplitud como presidente de Monte Ávila, la escritura de esta novela?
No, la verdad que no. Más bien, si tú lees, por ejemplo, mi novela Inventando los días, esa sí es una novela política. Y la publicó Monte Ávila. Porque aquí había gente que, independientemente de su posición política, pues tenía una amplitud de criterio también. Y entonces en ese libro hay una toma de partido, y una reivindicación de la solidaridad que alimentó el movimiento clandestino de los años 60. Y fue escrito en los años 70. Más allá de la visión crítica que yo tengo de lo que ocurrió con el movimiento clandestino de izquierda, el cual equivocó la estrategia, el rumbo, metodológicamente hablando. Más allá de eso hay un planteamiento en Inventando los días de solidaridad con todo aquello. Y en esta nueva novela también hay un rescate de eso. Pero no temo identificarme con lo que, te repito, estoy identificado desde el año 1961, y que ha producido buena parte de mi obra. Lo que pasa es que lo que estoy escribiendo es sobre algo muy reciente, pero en lo que se refiere a mi vida, tiene que ver absolutamente con lo que he escrito también en el pasado.
¿Y cómo ves hoy día la relación entre literatura y política?
Pienso que cada quien tiene el plan de vida, y de literatura y de técnica que decida libremente. En eso soy respetuoso. En lo que a mí respecta, como dije, mi modelo de novela es Guerra y paz: pequeñas historias en las que siempre gravita la Historia con mayúscula. Esa es mi elección. Lo que no significa que yo no pueda escribir una historia pequeña, digamos, familiar. Puede ocurrir. Pero los retos más importantes que yo siempre me he planteado tienen que ver con ese modelo que te señalé.
¿Para ti entonces no hay conflicto sino que es parte de una misma poética?
Claro, por eso yo veía con asombro la actitud de Gisela Kozak a quien yo quiero mucho y con quien comparto incluso algunos criterios literarios cuando leí un fragmento de esta novela que estoy escribiendo, en el que aparecen George Bush y Condoleezza Rice en la Casa Blanca. Gisela se alarmaba por lo que había leído. Y yo le decía que eso responde a cosas que he escrito toda mi vida. Porque si te detienes en las cosas que te he contado, es decir, en cómo creo que gravitan esos centros de poder en las vidas de la gente común y corriente, se entiende una escena como ésa en mi novela. Esa relación está ahí. La indefendible política de Estados Unidos tiene que ver con lo que ocurre en Venezuela también. Claro que ha habido riesgos, torpezas, errores en este proceso, todo lo que tú quieras. Pero los errores que nosotros cometimos en los años 60 ahora los comete mucha gente de la derecha, que está jugando a la violencia, yéndose por un camino rápido, haciendo atajos. Eso es lo que es delicado. ¿Y de dónde viene esa recomendación? De allá, de los Estados Unidos.

Pasemos ahora a tu historia como lector. ¿Con qué libros te iniciaste?
Escribir es leer y escribir. Así de simple. Para mí, como escritor, ambos actos están indisolublemente unidos. No tiene que ser así siempre. Hay gente que disfruta mucho la lectura pero nunca se da permiso para escribir algo o apenas una vez y luego lo abandona. Sin embargo, para mí la lectura y la escritura han estado muy unidas desde el comienzo de mi vida. Te digo, yo he sido un tipo con suerte, pues provengo de una familia de educadores del interior del país (Tinaquillo), en la que el acto de leer era un acto respetado. Si el niño estaba leyendo, no se le molestaba. Por supuesto, yo leía todo tipo de cosas: suplementos, libros de la colección del Tesoro de la Juventud, y hasta llegué a pasearme por libros como Naná de Zolá, a pesar de venir de una familia muy católica. Y aunque no veían con buenos ojos ese tipo de libro (con una fuerte carga de erotismo), respetaban profundamente el acto de la lectura. Recuerdo además a mi tío Julio César, gran lector y poeta (a quien mi familia llamaba el descreído), uno de los más grandes librepensadores que yo he conocido en mi vida, quien me dio mis primeros libros. Por esa época también me dio por leer con bastante entusiasmo a Amado Nervo. Recuerdo que mi tía Julieta, a quien le había encargado en uno de sus viajes a Caracas un libro de ese autor, me trajo las obras completas al no hallar el libro que le había pedido. Todavía las tengo por ahí, con las hojas amarillas y comidas por las cucarachas. Eso evidencia pues que mi familia me brindó un gran apoyo, que siempre privilegió el acto de leer. Veían en eso algo defendible, estimulable y respetable.
Cuando me vine a vivir a Caracas, sentí una gran dicha por la cantidad de librerías que había, y además empecé a relacionarme con un grupo de amigos, en el colegio de curas, que eran también grandes lectores y con los que intercambiaba libros. En eso también tuve mucha suerte: encontrarme con personas que compartían mi interés por la lectura y la escritura. Eso está contado de alguna manera en Juegos bajo la luna. Yo fui entonces un lector precoz y afortunado durante esos años. Sobre todo de narrativa y poesía. Leí y releí mucho a Gallegos, con mucha conciencia, pensando ya que yo iba a ser escritor, y haciendo mis primeros ensayos. Siempre vi a la escritura, no sólo como un placer, sino además como la actividad que me podía suministrar los instrumentos para lo que yo quería hacer como destino.
Ya en la universidad formé parte de grupos un poco más maduros, y empezamos a reunirnos para leer, para compartir nuestros primeros escritos y para fundar algunas revistas. Nos reuníamos también con gente de Sardio y con algunas personas que pertenecían a ese movimiento que poco después sería El techo de la ballena. Recuerdo que nos reuníamos una o dos veces a la semana en uno de los descampados de la UCV, a leer. Para mí fue una revelación, por ejemplo, la lectura de Luvina de Rulfo. No sé por qué lo recuerdo con tal exactitud, pero nunca he olvidado la vez en que el poeta Efraín Hurtado leyó ese relato. En fin, toda la experiencia de esos años fue muy enriquecedora e insustituible. Estuve con gente como José Balza, Armando Navarro, Luis Alberto Crespo, Márgara Russotto, es decir, gente que tuvo después un destino literario. Era nuestra vida diaria. No era algo alejado de nuestra vida personal. Nos reuníamos en cafés, en plazas, en casas. Hacíamos reuniones en las que compartíamos toda esta vivencia literaria. No olvido la vez que descubrimos Rayuela de Cortázar; fue una fiesta. Te repito, fui muy afortunado.
¿Y qué estás leyendo ahora?
A mí me gusta ser un lector plural, en el sentido de leer varios géneros simultáneamente. Ahora, por ejemplo, en poesía estoy leyendo el nuevo libro de Leopoldo Castilla, un viajero impenitente. Él viaja, se impregna de vivencias, y escribe los libros a partir de esa experiencia. También estoy leyendo en narrativa La buena terrorista de Doris Lessing. Es una escritora interesante, sobre todo en el manejo de los personajes. Bien interesante. Y leo otras cosas, como ensayos políticos e históricos. Te confieso, leo poca prensa. He reducido bastante la lectura de periódicos. También estoy leyendo algo que había comenzado poco antes del encuentro sobre literatura policial, algo que se llama Variaciones en negro, de la editorial Norma.
Una antología del relato policial hispanoamericano
Sí, en la que está Juan Madrid, Padura, Vázquez Montalbán... Bien interesante. Fíjate, ése es un género que a mí me gusta mucho. Por ejemplo, yo creo haber leído más de cien libros de Simenon. Y aún lo sigo leyendo. Simenon es un personaje muy singular. A pesar de que en los placeres era desordenado como debe ser, supo ser disciplinado en su escritura. Combinó muy bien los placeres de la vida con su destino literario. Yo siempre procuro tener lecturas del género policial a la mano. Me gusta leerlas cuando estoy enfermo o cuando llueve.
¿Cuál sería la imagen del escritor con la cual te identificas?
Todos los escritores tiene rituales. Muchos de ellos muy bien contados en esos célebres reportajes de Paris Review, en los que aparecen Hemingway, García Márquez, entre otros. Yo me identifico mucho con, a pesar de los problemas que a veces presenta, la imagen de un escritor que escribe en un café. Yo soy así. Escribo en cafés, a mano, con un bolígrafo y una libreta sin rayas. Después paso a computadora. También puedo escribir en cualquier parte, por supuesto. Yo siempre digo que la laptop más transportable es una libreta. Por ejemplo, yo puedo escribir en mi libreta mientras estoy en la cola de un banco, o en un aeropuerto. Aunque la mayor parte del tiempo escribo en cafés, especialmente en terrazas de café. Esto tiene una razón, y es que si yo llego al final del día a mi casa, me duermo. Mientras que si me voy a un sitio donde está circulando la gente y hay ruidos que no me involucran, pues entonces puedo escribir. Yo he desarrollado la posibilidad de aislarme en un sitio ruidoso, lo cual me impide además quedarme dormido. Y claro, aunque no puedo tener la documentación a mano, como diccionarios o enciclopedias, pues hago anotaciones y luego busco lo que necesito en casa. No es mayor problema. Me gusta mucho escribir de esa manera, y es lo que hago permanentemente. Esa es la imagen de escritor que yo tengo.
| comentarios (2) >> |
escrito por reyna, agosto 26, 2008
muy completa la entrevista. Tanto tiempo deseando saber de ti.
saludos
reyna
escrito por cocoliso, mayo 12, 2009
muy buena entrevista. Estaba por conocerte, Carlos, y aquí está todo. Lo demás podré intuirlo en tus novelas, si ya comencé con HISTORIAS DE LA CALLE LINCOLN. Te felicito, muy claro, todo. | < Anterior | Siguiente > |
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