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En el cielo con diamantes

  1. En el cielo con diamantes, como lo indica el título, es un sentido homenaje de Senel Paz a la música de The Beatles y un abrazo fraterno de despedida a toda una época.

En Paz con Senel

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El 7 y el 8 de noviembre de 2007 tuve sendas oportunidades de conocer al escritor cubano Senel Paz. Pluralizo el conocimiento de su persona no sólo por la circunstancia de que las personas son distintas cada día, sino porque me tocó compartir mesa de lectura de cuentos con él en esas fechas.

Se trató del “Primer encuentro latinoamericano de narradores”, o algo así, organizado, entre otras instituciones, por el Centro Nacional del Libro (Cenal), la Casa de Bello y la editorial Monte Ávila. O, si queremos cortar camino, por el Gobierno bolivariano presidido por Hugo Chávez. Este atajo patrocinante era evidente para los escritores no alineados con der process que participaron en el evento (entre ellos Rubi Guerra, Ángel Gustavo Infante, Gisela Kozak y yo).

El tema lo conversé con los tres escritores mencionados entre paréntesis. Hablé con Gisela, vía telefónica, días antes de que comenzara el evento; con Rubi justo antes de mi lectura del martes 7 de noviembre en la casa de Bello; y con Ángel Gustavo en su propio carro, entrando a Caracas, el jueves 9 de noviembre, luego de haber visitado fugazmente la ciudad de Mérida para cumplir con la lectura del día anterior en el Centro Cultural Febres Cordero. En las tres conversaciones el tono fue el mismo: una mesura en las palabras que bordeaba el remordimiento. Y en las tres conversaciones las conclusiones fueron las mismas: había que ir, participar y derrotar el abstencionismo cultural. Otra razón de igual importancia se impuso en nuestras mentes y en nuestros corazones: la invitación no provenía de Farruco Sesto, ni de esa versión venezolana de Carlos Wieder que se llama Jorge Rodríguez. La invitación provino de Carlos Noguera, Andrés Mejía, Regina Bustamente, Carylis Bravo y otros nombres más que se me olvidan en este momento. En otras palabras, del equipo que ha mantenido a la editorial Monte Ávila (que en el 2008 cumple 40 años de existencia) a salvo del huracán revolucionario, sin por ello dejar de incorporar sus nuevas tendencias de publicación. Una editorial que no sólo tiene la reserva más encomiable de nuestra tradición literaria sino que también ha abierto sus puertas a nuevos escritores. Todo esto sin indagar en preferencias políticas ni posturas ideológicas.

Pero yo quiero hablar es de Senel Paz. Tengo la impresión de que, como narrador, no es muy conocido. En ese caso, basta decir que es el autor del cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, texto ganador del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, que luego él mismo adaptó para la película “Fresa y chocolate” que, ésa sí, conocemos todos.

Yo, sin embargo, a Senel lo conozco desde mucho antes de conocerlo. Desde aquellos días de mi adolescencia cuando leí Un rey en el jardín,  su primera novela publicada en 1983, que se ha convertido en un libro de culto para todos sus desperdigados lectores. El hecho de que esa novela estuviera en casa de mi tía (que era también la casa de mi abuela) y de que, además, me la hubieran dado a leer cuando tenía apenas 13 ó 14 años ya dice mucho de esa época. En aquellos años, 1994-1995, se demoraba aún en mi circulo familiar la estela mítica de la Revolución cubana. Apoyar a esas alturas de la historia el gobierno de Castro nos daba, yo lo sentía así, como una elegancia macerada: como si a nuestras ideas sobre la política y la historia de América Latina las revistiera la belleza amarilla del tiempo. Una posición familiar que quedaba muy bien resumida en una fotografía inmensa del Che Guevara que adornaba una de las paredes de la sala de la casa de mi abuela (que era también la casa de mi tía). Cuando el tema salía a flote en las conversaciones de colegio, yo era de los pocos, por no decir el único, que aún defendía los logros de la Revolución (medicina, educación y deporte) y el carisma inagotable de Fidel Castro. La fascinación me llegó incluso hasta el final de la década cuando Castro visitó la Universidad Central de Venezuela y dio un discurso de varias horas que anticipaba los largos discursos de su recién estrenado pupilo venezolano. Recuerdo haber salido aquella noche del Aula Magna con el sentimiento de aventura y de nostalgia que me invade cuando me pierdo por las calles de mi memoria y tropiezo con mi infancia.

En una de las primeras borracheras como estudiante de Letras llegué a decirle a un amigo (un amigo que hoy está comprometido de lleno con Der proces y que, afortunadamente, todavía es mi amigo) que entre las cosas que a uno le enseñaban de pequeño estaba la admiración por Fidel Castro. Una especie de solidaridad anticipada. Si hoy mi amigo me preguntara y quisiera saber qué ha pasado conmigo, le diría simplemente: “pues nada, viejo, que nos educaron mal”. Yo nací en 1981 y apenas dos antes, Huber Matos, uno de los principales artífices del triunfo del 1º de enero de 1959, había salido finalmente de la cárcel luego de pagar una larga condena de 20 años por “diferencias políticas” con mi admirado Castro.

No obstante, para el momento en que leí Un rey en el jardín nada de esto había sucedido. Al contrario, aquel relato rural y onírico, en el que un niño transformaba la realidad a su antojo, erigiéndose monarca del palacio de su imaginación y del reino del jardín de la casa familiar, no hizo sino limpiar como un paño húmedo de rocío el vidrio empañado que protegía mi foto personal de la Revolución. En este libro, el paso que da el protagonista desde la infancia a la adolescencia está refrendado por la biología y por la historia. La novela finaliza, junto a todo el universo de mansa decadencia que la define, con el advenimiento de la Revolución. Una muerte política, social y cultural que insinúa la entrada fantástica a una etapa decisiva de la vida personal y de la historia colectiva.

Para cuando me invitaron a participar en el encuentro internacional de escritores, el vidrio que protegía la foto y la foto se habían resquebrajado. El compartir mesa en dos ocasiones con Senel Paz tenía mucho de parche, de pegamento vencido, que trata de recomponer lo roto. Me lo presentaron poco antes de la lectura. Los contados asistentes ya ocupaban los ceremoniosos asientos de la sala y ya no recuerdo si fue antes o después de conocerlo, pero pude presenciar una escena terrible: vi a una señora que se acercó a Senel y le regaló una franela roja que decía “Sí con Chávez”. Faltaba menos de un mes para el referendo sobre la reforma constitucional. Yo (al igual que el 51 % de la población electoral que sí votó más los abstencionistas) sentía que él país se iba por un desbarrancadero. Sentía que Venezuela era una especie de cerdo alocado a punto de degollarse a sí mismo. Y todo aquel que apoyara la aprobación de aquella “reforma” también tenía para mí un aire de cerdo suicida y asesino. Digo esto porque mi desconsuelo fue tremendo al ver que Senel recibía la franela con amabilidad y con una sonrisa inclasificable que en el momento tildé de “cómplice”.

La escena me pareció un mal presagio de lo que iba a ser la lectura y así fue. Lo que yo no sabía era que Senel se iba a convertir en un presagio deslumbrante de sí mismo. Los textos que leímos Carlos Noguera, Gisela Kozak y yo me dejaron un sabor amargo tanto en lo ético como en lo estético. No sé si fue por el tono excesivamente periodístico y sociológico de nuestras “ficciones”, o si fue por la intervención desoladora de uno de los asistentes, que parecía un panelista de La hojilla, que nos atacó a Kozak y a mí afirmando que la Universidad Central de Venezuela estaba aislada del país y que, simplemente, no existía. Quizás, en mi caso, fue una mezcla de la dudosa calidad de mi lectura junto a la sensación de que había cometido un grave error al participar en el evento.

           Sin embargo, cuando mi ánimo estaba por el suelo, le tocó el turno de leer a Senel. Aquello fue un bálsamo. Con la gracia pura de su relato, con la ironía y el dolor que encerraba su historia sobre los muchachos de provincia y su constante polémica con los muchachos de la Habana, nos reconcilió a todos. Como nunca retumbó el apellido de Senel, como si, a través de él la literatura nos recordara una de las verdades humanas fundamentales: que a pesar de las enormes diferencias que se yerguen como olas entre las personas, todos somos pliegues de un mismo mar de emociones. El arte, como ya lo planteaba Borges en Deustches réquiem, hace que el sublime y el abominable se den la mano por un instante.

 

El día siguiente fue uno de los más largos del año. Comenzó a las 6 de la mañana y todavía no ha terminado. A esa hora ya estaba en el aeropuerto de Maiquetía, junto a Ángel Gustavo Infante, Humberto Mata y el propio Senel Paz, conversando mientras se acercaba la hora de nuestro vuelo. Llegamos a Mérida a las 10 de la mañana. Allá nos esperaban Hermes Vargas y otros dos amigos cuyos nombres, por esas injusticias de la memoria, ahora tampoco recuerdo. Nos informaron que nos íbamos a hospedar en el Hotel Plaza, que queda justo al lado de la Plaza Bolívar, pero que primero había que pasar por el Mercado Principal para desayunar y para que recorriéramos nuevamente o por primera vez, según fuera el caso, los pasillos del encantador mercado merideño.

Cerca del mediodía, nuestros anfitriones nos informaron que había disturbios, producto de las protestas estudiantiles que se manifestaban en contra de la reforma constitucional y que debíamos quedarnos un poco más en el mercado mientras esperábamos que se descongestionara la ciudad. Lo que en principio parecía un leve retraso, se transformó en un estado de sitio: tuvimos que esperar hasta las 5 de la tarde para poder salir del mercado y llegar al Hotel, ubicado en plena zona de conflictos.

Las dos primeras horas de encierro las dedicamos a recorrer minuciosamente, con un rigor involuntario, todos y cada uno de los puestos de comida, artesanía y ropas que ocupan los diversos pisos de la gran estructura. Cuando ya nos disponíamos a lanzarnos por el poso de aire que se forma entre los niveles del mercado, Ángel Gustavo y yo hicimos un hallazgo salvador. En una de las esquinas del nivel inferior al que estábamos vimos lo que parecía la pequeña barra de una licorería. Ángel Gustavo y yo avisamos a la tropa, nos reagrupamos y hacia aquel oasis de distracción enfilamos nuestros pasos.

Fue una tarde entrañable de cervezas, cuentos y cantidades ingentes de risas. Yo me sentía como un personaje del Decamerón. Afuera arreciaba la peste y nosotros, encerrados, nos defendíamos enhebrando los hilos artesanales del relato. A medida que avanzaban la tarde y las cervezas (que Hermes dijo que eran cortesía del Cenal y del Senel) pude comprobar que Senel Paz era un gran escritor y una magnífica persona. Y mientras más confirmaba esta impresión más pensaba en la franela roja que le habían regalado el día anterior y en su extraña sonrisa al recibirla. Comencé a plantearme una serie de preguntas incómodas: ¿Será Senel un fidelista acérrimo? ¿Habrá firmado la última carta de artistas e intelectuales cubanos en defensa de la Revolución que justificaba el fusilamiento de tres disidentes políticos? Y si es así, ¿cómo un tipo tan encantador y tan buen escritor puede estar de acuerdo con semejantes cosas? ¿De verdad creerá Senel que esta comiquita de presidente y de país que tenemos los venezolanos se parece si quiera lejanamente a ese portento histórico que fue la Revolución cubana?

En el mes de diciembre, navegando en Internet y, sobre todo, leyendo su más reciente novela, titulada En el cielo con diamantes, encontré respuestas pertinentes a cada una de estas preguntas. El problema es que cada respuesta niega a la otra y todas ellas en conjunto no responden nada: No, Sí, No sé, No. Allí está el mapa de una vida y el mapa de toda una época: una simplicidad monosilábica, para nada simple y más bien compleja.

A veces la puerta para escapar de estas dolorosas contradicciones es la escritura de una magistral novela, desgarradora de ternura y vanas esperanzas, como lo es En el cielo con diamantes. Otras veces lo real destella como el sol en el agua en la brevedad de una frase.

Ya saliendo del mercado, en camino hacia el hotel para luego cumplir con la lectura programada para esa noche, Senel nos contó que el día anterior una señora le había regalado una franela roja que decía “Sí con Chávez”. El asunto le había hecho mucha gracia porque, inesperadamente, había encontrado el regalo perfecto para su esposa.

-Ella se llama Rebeca Chávez –dijo Senel, con un brillo en la mirada que en el momento, con regocijo esta vez, tildé de cómplice.

                                                                                                                                                                 Por Rodrigo Blanco Calderón

 

comentarios (2) >> feed
Comentarios
escrito por Julio Sanchez, enero 30, 2008

Amena y llena de humor su crónica, como ya nos tiene acostumbrados profesor Blanco. Esa escena del mercado principal de Mérida, esperando a que los disturbios se aplacaran, es de antología. Me recuerda que eso sólo sucede en una ciudad como Mérida, donde el tiempo se detiene ante el hecho imprevisto, la intelectualidad se mezcla con la bohemia y al día siguiente comienza una nueva aventura, sin un guión que seguir.
Por otro lado, en referencia a los alineados y no alineados que usted menciona, pienso que un intelectual con postura política se desgasta mucho, especialmente un autor como usted que es colirio para los ojos. Por las obras, no por preferencias políticas, se recuerdan los autores. Es decir, no hay que alinearse o dejarse de alinear para mostrar el descontento o soporte a un proceso o sistema. Un buen ejemplo es la autora cubana Wendy Guerra. Ella nos regala una entrañable versión de la Revolución Cubana en su libro Todos Se Van. Una versión que no acusa a nadie, pero igual, no exalta a nadie; es una obra sentida y corajuda en medio de un proceso político donde ella no le quedo otra salida que hace catarsis.

Bueno profesor, no le molesto más, estas opiniones no son ni una crítica ni una invitación, son sólo opiniones de uno de sus lectores desde las lejanas tierras de Kentucky.

Un saludo fraterno,

Julio


Quiero la novela
escrito por adri_lithium, noviembre 15, 2009

smilies/shocked.gif yo quiero la novela :-

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