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La Nana C-6

Cuento perteneciente al libro La senda de los diálogos perdidos.
Ganador del primer lugar en el Concurso de Narrativa de la Universidad Simón Bolívar 2007.
 

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Por Mario Morenza

 

La fila era una serpiente que reposaba en la acera. Veinte personas. Veinte esperanzas. Vidas aplazadas o con fecha de caducidad. Veinte personas que no habían ido al baño desde el día anterior y que se habían almorzado un menú explosivo que iba desde arepas rellenas de caraotas y aguacate con su respectiva Fresca Chica, hasta arepas rellenas de queso de telita con su respectivo batido de cambur. Cada persona con un morralito o cartera, dependiendo del género y, seguramente, dentro de ese morralito o cartera, un rollo de papel toilet, como bien lo dijo La Nana ante las cámaras de televisión con el tono de tesorera de oenegé: Aquí aceptamos a todo el mundo, sin importar raza, credo o religión,  pero, eso sí, cada quien se me viene con su propio rollo de papel toilet.
    Todos pensaban que en Bloque 4 había ocurrido de todo, hasta que brotó este epicentro del show-mediático-religioso.
Una epidemia de fe.
    Comenzó como rumor, como comienzan todas las noticias sobre milagros. El rumor es el embrión del amarillismo. Lo que engendra el morbo y, luego, pasa a leyenda urbana si corre con suerte. Las noticias también tienen fecha de caducidad. Si son amarillas es muy probable que la atención en ellas sea efímera. A las tres semanas, dos camiones de televisoras europeas en el estacionamiento, emisoras de radio, reporteros centroamericanos y de otra televisora mayamera, hacían picnic periodístico. Miles de cartas pronto llegarían a manos de Juan Pablo II  y todo su séquito. Una visita del Papa a Bloque 4 coronaría este hecho y lo elevaría a los reportes anuales del Vaticano. La administración de condominio apartó un lugar en el estacionamiento, adaptado a las dimensiones del papamóvil.
    Por los momentos, se trataba de un hecho apócrifo, al margen de la fe. El cura de la Santo Domingo Savio, un recién llegado de las Canarias, se había convertido en el secretario general junto a La Nana. La Nana era la Cal Ripken de las beatas cocheras. Tenía un récord imperturbable de tres años consecutivos asistiendo a, por lo menos, una misa diaria. También fue la responsable del despedido del anterior cura y que altos jerarcas eclesiásticos lo obligaran a renunciar a sus hábitos. La Nana no asistía a la Santo Domingo Savio desde que, un día, cuando la visitó su hermana merideña, descubrió las facultades milagrosas de su inodoro.
    Su sobrino padecía sarampión. Según la hermana de La Nana , la enfermedad le brotó al niño en plena carretera. El niño estaba a punto de convulsionar en medio de la sala entre escalofríos que parecían descargas eléctricas y sudores copiosos. ¿Hágame usted saber a mí que habrá sido: el jugo de portuguesa o la empanada de Cúa?, le preguntó la merideña que, a cambio de una respuesta, recibió de La Nana su mirada musolinesca dedicada a quienes hacen suposiciones absurdas en momentos críticos. El niño, de pronto, quiso ir al baño. Al cabo de veinte minutos, salió corriendo a la sala sin vestigios del salpullido tropical con el que entró al baño. La Nana mantuvo la calma. Su hermana pensaba que se trataba de un milagro, aunque lo dijo con desparpajo, sin suponer que realmente se trataba de un milagro. La hermana de La Nana regresó con su hijo a Mérida y le tocó el turno al esposo de La Nana quien, por esas cosas de la naturaleza, en la mañana del siguiente sábado, miraba el amanecer desde su balcón, descalzo y en boxers, bostezaba como si quisiera tragarse el espectáculo matutino o exterminar, con su aliento de boca sin cepillar, a la plaga de mosquitos patas blancas que en Bloque 4 causaba estragos. 
    La lista de milagros es larga. El promedio de curaciones del inodoro fue casi perfecto. Lo más común, eran infecciones en niños. Niños que orinaban sangre dejaron de hacerlo. Niños que se desmayaban de la nada empezaron a destacarse en Educación Física. Niños desnutridos, de pronto parecían prospectos para levantar pesas dentro de tres olimpiadas. Un caso que sorprendió al mundo periodístico venezolano, le ocurrió a un conductor de autobuses que había perdido su brazo izquierdo en un accidente. Apenas hizo sus necesidades y, con dificultad, manipulaba su rollo de papel toilet, sintió un calambre inhumano en el muñón del brazo amputado. Desde la piel replegada surgió la carne de un nuevo brazo a pesar que el chófer había ido al inodoro para mejorar su vista, apagada en los últimos meses por una cataratas. A pesar de que muchos especulan sobre personas que han recuperado la vista, en realidad, no se reportó ningún caso de curaciones oculares. Ciertamente, la gente que buscaba una salida para recuperar su visión o mejorarla, conseguía un milagro inesperado como el del chófer. También, el inodoro curaba vicios, los amputaba de las zonas cerebrales que se subyugaban a esas debilidades. También curaba conciencias. Individuos seriamente desadaptados de la sociedad iban, bajaban la palanca y se convertían en hombres nuevos. Cuando se comprobó la factibilidad de esto, retenes de todo el país trasladaron a los reclusos que merecían una oportunidad. 
   Entre los casos más conmovedores, se encuentra el de la madre de seis niños. Una mujer de unos treinta y cinco años, desahuciada por un tumor y con un rostro tan pálido que se fusionaba con el blanco de los ojos. Apenas salió, le dio leche de su regazo al más pequeño de sus hijos, una leche blanquita, como de recién parida y ni siquiera gestaba desde hace dos años. Otra historia que conmovió al mundo fue la del panadero con enfisema pulmonar que, al curarse, juró ante el mundo, por sus hijos y por su inmejorable pan de centeno, que no volvería a fumar. Todo fue éxito milagroso. Solamente se reportó un caso, el de un obrero estítico que recurrió al inodoro milagroso con el fin de aliviar sus dolencias intestinales, pero terminó muriendo, irremisiblemente, por un ataque de peritonitis.
    El marido de La Nana , con los primeros síntomas de dengue y una debilidad absoluta, con la ayuda de su mujer, fue al baño. Cuando bajó la palanca se sentía recién venido de una cura de sueño, como si sus músculos fueran de algodón y el peso en su espalda que no lo mantenía en cama, se hubiera ido por las tuberías, directamente a La Bonanza.  
     La Nana desde que era una adolescente, esperaba a cada  instante el fin del mundo. El tiempo transcurrió y lo más cercano a su augurio fue la II Guerra Mundial que la hizo naufragar, exiliarse y volverse beata en tierras sudamericanas. En medio del trópico atenuó el nacimiento de una tuberculosis. Para ganarse la vida, tuvo que hacer de criada en una hacienda del este de Miranda. Su mundo eran motas de polvo. Y sólo vivía para ver motas de polvo, como si su iris y sus párpados fueran un telescopio que buscara la mugre en el universo limitado de la hacienda. Durante ese tiempo tuvo amores. Tuvo dos amores para ser exactos. El hijo del dueño de la hacienda. Y el hijo del capataz de la hacienda. El segundo sustituyó al primero. La Nana no pudo recuperarse de que a su primer amor lo hayan “mandado” de viaje, como premio por graduarse de médico, a los mismos territorios que, ella, una década antes, había abandonado (o huido).
   Años de amores clandestinos se disiparon. Las manos de La Nana dejaron súbitamente de abrazar camisas de seda para acostumbrarse al contacto de franelas sudorosas, una semana después, en medio de una borrachera tropical que atenuó su despecho.   
   Estrenarse en el ron tuvo consecuencias más graves que su estreno con el champagne que bebía de noche en noche con el hijo del dueño de la hacienda. Ambos fueron descubiertos, con las manos y sus cuerpos en la paja del establo, y despedidos. Con el dinero de la generosa liquidación compraron el apartamento C-6 de Bloque 4. Con el tiempo, la concepción de la gravedad del hecho pasó a ser una bendición. Y cómo son las cosas, el hijo del dueño de la hacienda hizo todo lo posible para contactarla luego de cincuenta años y lo logró. Éste se enteró de la historia que protagonizaba La Nana en la sección Curiosidades Latinoamericanas de un noticiero francés.
    Ambos formaron parte de un show televisivo paralelo al de los milagros. Los productores que cubrían el evento  consintieron que el espectáculo debía aliñarse con un break de lágrimas y dramatismo cortesía de los encuentros de personas con años sin verse, pues, realmente, la audiencia ya presentaba signos de agotamiento por la formulita: enfermo hace la cola + la entrevista + esperanzas de rigor + entra al baño con enfermedad rara o incurable  + hace uso del inodoro + sale curado + nueva vida.
    En el estacionamiento se instaló una pantalla gigantesca, y se adaptó a uno de los transmisores vía satélite que ya estaban aparcados allí desde semanas. A La Nana le habían mantenido al tanto que alguien, a quien tenía mucho tiempo sin ver, le daría una sorpresa. La Nana contrató una peluquera a domicilio. De la organización del encuentro, se había encargado el equipo de productores de un programa que competía con Sábado Sensacional. La persona que sorprendería a La Nana era nada más y nada menos que el hijo del dueño de la hacienda. La grabación duraba diez minutos exactos. Era un monólogo evocativo con virtuosismos histriónicos que se alternaban con fotos de sus viajes por Europa. Los primeros dos minutos fueron evocando las tardes en la hacienda, censurando escenas nocturnas, por supuesto, aunque la mirada pícara hizo que el 76% de la audiencia sospechara lo ocurrido. Los siguientes tres minutos, el hijo del dueño de la hacienda los dedicó a dar un resumen de su vida, una biografía que, a pesar del tono humilde, aburrió a los espectadores e hizo perder a las televisoras encadenadas diez puntos de rating, emparejando la audiencia entre ellos y Sábado Sensacional. A pocos les interesó el diagrama que hizo el hijo del dueño de la hacienda de sus queridos pacientes. Del sexto al noveno minuto, fue un recorrido por lugares emblemáticos de Europa y empalagosos fantastique mezclados con la máxima profusión de cursilerías que haya registrado la televisión venezolana después de Abigail y la serie mexicana Carrusel. En el minuto final, La Nana empezó a llorar, en los treinta segundos finales de ese minuto, el hijo del dueño de la hacienda le presentó a La Nana (y a toda Venezuela) a su amigo Jean Claude, un chef de éxito en la gastronomía gala, con el que vivía desde hace 25 años. En los diez segundos finales, luego del estupor nacional, el hijo del dueño de la hacienda hizo una broma que trataba de un hipotético viaje con Jean-Claude directamente a Bloque 4 para que su compañero alcanzara el milagro de cocinarle una arepa completamente redonda.
    Después de esta transmisión, comenzaron las desgracias. Al cura de la Santo Domingo Savio no se le volvió a ver por Bloque 4, desligándose de La Nana para siempre e ignorándola, incluso, en las misas, cuando La Nana trataba de sustituir o dar órdenes al monaguillo de turno.
    Dos semanas más tarde, cuando había más cantidad de personas ilusionadas por un milagro, el taladro gigante que excavaba el túnel por el que pasaría el Metro, rozó con la tubería principal que suministraba el agua desde La Mariposa a la Urbanización Coronel Carlos Delgado Chalbaud, Los Morados y Las Residencias Venezuela. Los vecinos estuvieron sin agua durante una semana entera. Con las tuberías secas, dejaba de fluir la corriente prodigiosa con que había sido bendecida las comarcas del C-6.
      Al mes, ya nadie se acordaba del inodoro.

 

comentarios (2) >> feed
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escrito por Carla Cordero, febrero 02, 2010

Epalex Morenza! No sabía que habían publicado este cuento de tu libro por acá pero que bueno que lo publicaron porque sirvió de ejemplo para mi tesis, ya te contaré! Beso y hasta la próxima cochada o tal vez antes! smilies/wink.gif

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escrito por Mario I Morenza, febrero 28, 2010

Jejeje, sí va. Aunque agarra mejor la versión definitiva ubicada en La senda..., está más corregida y eso. Un beso. Yo tenía como un año que no me metía aquí, y acabo de descubrir tu comentario, y el de otro señor en donde aparece mi biografía que conoció y vio tocar a mi abuelo!!!

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