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A Oscar Marcano A Oscar Marcano
"Si no hay sombra, no hay verdad"
Por Enza García

La cita fue en el Boston Bakery. Esto no necesita introducción. Sencillamente es de esas conversaciones que han cambiado algo en mi vida.
-¿En qué se diferencian los hombres y las mujeres cuando aman?
-El hombre en general tiene una aproximación al amor más superficial que la mujer. Es definitivamente más cavernario e irresponsable. En ocasiones falso. La mujer lo es mucho menos. Suele ser más honda. Apunta más a los sentimientos y a lo sensorial que a lo estrictamente genital. Ello obedece, a mi manera de ver, a una razón antropológica: la mujer fue el factor fundamental para que la especie se sedentarizara. En las eras más antiguas los humanos recorrían un espacio vital muy grande. Iban detrás de una pieza de caza, de un mamut, digamos, para darle muerte y alimentar a la horda. En estos largos recorridos la mujer se embarazaba y debía rezagarse. En el ínterin se ocupaba de amamantar, cuidar a los bebés y de muchos otros detalles. Por ello es la mujer la fundadora de la casa. No hay casa sin mujer y ello constituye un hecho sagrado. Pero en este rezagarse también rezaga a la horda, y la convierte en tribu. En ese momento la raza humana pasa de ser nómada a ser sedentaria. Uno siempre dice: es que ellas están buscando seguridad. Y es que su papel fue durante mucho tiempo preservar la especie. Mientras, el hombre preserva al individuo. Creo que esa es la razón por la cual existe una notoria diferencia en la manera de amar de cada uno.
-¿Están en desventaja las mujeres cuando escriben?
-Sí. Yo lo siento así, por esa pifia histórica, por esa aviesa trampa en la cual recurrentemente hemos caído, según la cual el macho que caza la pieza se convierte en líder de la manada. Es un esquema perverso que se hace secular y se enraiza en sociedades matriarcales-machistas como la nuestra, donde desde el principio hasta la madre instiga la libertad en el hombre y la parálisis en la mujer. Los mecanismos sociales reproducen condiciones que se consideran culturalmente correctas, las cuales han mancillado por milenios a la mujer. Aunque en las últimas décadas esta tendencia viene desacelerándose y, por fortuna, en un momento dado, habrá de revertirse. Pero sí hay una tesis latente de minusvalía inicua e infamante. Y he presenciado en más de una oportunidad la duda apriorística cuando alguien se aproxima a un texto femenino.
-¿Te sientes un hombre poderoso?
-¿Poderoso? No entiendo. Quién se puede sentir poderoso en un escenario como éste, en el que estamos a punto de perder la libertad. Poderosos deben sentirse los que disponen de los bienes de todos los venezolanos. Desde los dieciséis años en que caí preso por tirar unas pintas durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, me he confesado de izquierda. De izquierda, porque el valor de la igualdad para mí es primordial. Pero no en menoscabo de la libertad. Por eso pienso que el actual régimen no tiene nada que ver con la izquierda. Mucho menos con una izquierda moderna. Un ser de izquierda no sacrifica la libertad por una prédica totalitaria. Mucho menos se hipoteca a un caudillo. Lo que teníamos antes era vergonzante. A adecos y copeyanos les tenía sin cuidado que el 80% de la población estuviera en situación de pobreza. De hecho, la pobreza, que es el problema fundamental, no estaba en su agenda. Ahora vamos hacia una dictadura con maquillaje democrático donde el pueblo será siervo del Estado. La reforma acaba con el pluralismo. Proscribe derechos elementales. La única entidad poderosa será la de un Estado donde todos los poderes estarán constitucionalmente en manos de un solo hombre. ¿Quién que no esté bebiendo de las mieles del régimen puede sentirse poderoso?
-¿Qué sensación te producen los niños que hacen malabares en los semáforos?
-A mí me llaman mucho la atención porque allí destacan dos aspectos: primero, lo que están haciendo. Yo me acerco con mucha curiosidad porque quiero saber si lo hacen bien o mal. Y te confieso que mi colaboración con ellos, a veces, va en línea directa con la calidad y complejidad del azar que intentan. Por otro lado observo la mecánica de conjunto: un niño haciendo malabarismos o escupiendo fuego en una esquina expresa el fracaso de una sociedad. De un país. Presente y pasado. Es el fracaso de la educación, la anterior y la bolivariana. Una muestra de insensibilidad absoluta de la gente que está gobernando. La indiferencia total por los niños, por los que los van a sepultar. Es la expresión más redonda del egoísmo, de la mezquindad de los poderosos, abunquerados antes en las élites económicas y políticas, y ahora en un gobierno mal llamado socialista. Esos niños que están en los semáforos y aceras son un grito de vergüenza muy grande contra un sector parasitario que llegó al poder usándolos como bandera y luego les dio la espalda.
-¿Qué es la televisión venezolana?
-La televisión es un instrumento de comunicación, un mecanismo masivo, y como tal comporta unos códigos que van homogeneizando la manera de percibir de los públicos, cosa que el escritor debe tener muy en cuenta porque la audiencia que lee es también una manufactura, una resultante de lo mediático. Los códigos que establecen los medios se incrustan de manera muy íntima en cada uno de los receptores. Y cuando uno va a escribir no puede pasar por alto esa realidad. Nuestro tiempo se nutre de tecnología. Internet, IPods, medios audiovisuales, van configurando una audiencia muy particular. El escritor debe estar muy atento a esa manera de percibir que se moldea en su contemporaneidad. Yo le debo mucho de lo que escribo a la manera como se codifican los mensajes en el cine, por ejemplo. Entre otras cosas observo con mucha atención la arquitectura de nudos, la llegada de los desenlaces. Hay unos cuantos ingredientes de esa mecánica que sirven para lo que uno escribe, porque es la manera en que nos comunicamos en este tiempo, nos guste o no. Tú en este momento puedes decir que la televisión es enajenante. Y lo es. Y la televisión nuestra, tanto la gobiernera como la oposicionista, se hallan completamente de espaldas a lo que significan la calidad, la elegancia y la cultura o los altos valores del espíritu. Es de una miseria espeluznante. Pero en la televisión como herramienta de transmisión de mensajes existen códigos, técnicas, maneras de estructurar historias que deben tomarse en cuenta a la hora de codificar el mensaje literario.
-¿Heráclito o Parménides?
-Heráclito... por la afirmación del cambio, por la oposición de elementos contrarios y por el Logos, que podemos interpretar como una ley que universalmente rige la proporción de las cosas, regula el movimiento de la realidad y conduce a la armonía.

-¿Qué está haciendo la crítica por los escritores?
-Los críticos no tienen que hacer nada por los escritores. La tarea del crítico es orientar su foco hacia lo que le llama la atención y estudiarlo. Los críticos no son promotores. Ahora, si me preguntas por el estado de la crítica en Venezuela, puedo decir que la crítica en el país siempre se ha ejercido desde las universidades. Pese a que uno siente que a veces los centros académicos observan ciertos desfases con la realidad. Eso se palpa con mayor crudeza en los talleres literarios, donde asisten muchos jóvenes que se están formando o que han completado el pregrado y que desconocen las tendencias y los autores contemporáneos, lo cual no resulta del todo contraproducente si conjeturamos que ello se debe a que están ocupados en una formación clásica. Ahora, que los críticos deban salir a conquistar un mercado, podría ser. Es, en todo caso, una apuesta de ellos. Hay unos cuantos muy célebres a nivel internacional. Y otros muy respetables en nuestro país. Muchos de sus trabajos son obras mayores. De hecho, yo vuelvo con pasión a algunos de esos textos. Los he convertido en libros de cabecera.
-¿Algún autor te ha hecho dudar de ti mismo como escritor?
-No. Al contrario. Lo que me ha dado es estímulo. Para descubrir, para abrirme paso, para intentarlo. Hay grandes escritores que en mí han sido fundamentales y en los que creí ver por mucho tiempo, más que a un autor, a la literatura. Por esas razones hice, a mi nivel, esfuerzos. Por ejemplo, desde muy joven estuve tan obsesionado con Henry Miller, que me fui a fotografiar todos los lugares donde estuvo sentado, comió y durmió en París. Muchas de esas fotografías se expusieron en el Celarg al celebrarse el centenario de su muerte en el año 91. Considero que no tengo pasivos con los escritores. Más bien declaro como activos provenientes de ellos el haber reconocido caminos, el haberme dado luces para acometer tareas que me parecieron superiores a mis aptitudes. Escribir es un acto difícil, es una tarea dura. Para mí no constituye un placer per se. Escribir es una enfermedad. Existe, claro está, el goce por la obra concluida. Se experimenta también deleite cuando consigues cierto grado de inmersión, cuando el río te lleva. Pero cuando estás manoseando y seleccionando piedras, acarreando los primeros sacos, el porvenir luce muy desalentador. En ese momento suelo acompañarme de lecturas que puedan echarme una mano, que me ayuden en el camino y me animen en el trasiego de esas pesadas cargas. Yo siempre he creído que el azar sabe lo que hace. A veces la respuesta a un apuro literario o técnico te lo da una lectura, un lugar, un personaje, un diálogo, una novela. Son señales que, si uno está atento, pueden generar resonancias, correspondencias. Porque la vida es un enigma y todo termina siéndolo. Uno nace, y está expuesto a una sucesión de acertijos, de charadas en las que no hace más que cohabitar con el misterio. Entonces la tarea de los seres sensibles en general, es abrirse a las claves que la vida les va poniendo todos los días, en formas a veces herméticas, con ecuaciones para despejar, porque lo que tiene valor no suele llegar en papel regalo. A veces los dados caen con los seis hacia arriba, pero eso ocurre muy pocas veces. Es la dinámica de la belleza, sin cuya posibilidad no se puede dar un paso.
-¿Tiene vigencia la imagen del escritor maldito?
-Yo no sé ustedes, los más jóvenes, pero nosotros nos levantamos en medio de esas imágenes de románticos atormentados que durante mucho tiempo, cuando buscábamos respuestas, nos fueron amables. Unas generaciones más que otras han tenido la inclinación a ese fenómeno. No siento desdén por los que sufren. Hay unos que fingen sufrir, pero eso es otra cosa. Es el tema de la moda, del cliché, de la afectación. Pero a esos se los lleva el viento muy rápido. En lo que se refiere a mí no tengo por qué dudar del padecimiento de esos poetas que llevaron una existencia atormentada. Muchos de ellos pagaron con su vida. Te aseguro que ninguno quería terminar así. Para un grupo importante de mi generación esos artistas fueron fundamentales: autores de diversos orígenes que tenían el alma en carne viva como Pavese, Ramos Sucre o Dylan Thomas, o los que se unieron a los paraísos artificiales. Hay unos textos de Baudelaire, de su diario, donde te das cuenta que todos los días se hacía el firme propósito de ser bueno, de llevar la vida con rectitud, de portarse bien, pero terminaba siempre en las huestes de Dionisos. Seres como Rimbaud y Verlaine. Ahí están sus obras y su verdad. Lo que termina dando el veredicto final sobre estas cosas es la obra, que es el latido del artista. Yo entiendo que ha habido mucho farsante en la oscuridad. Pero los hay más del otro lado. Entre los que se encubren en la luz. Gente que se para frente al sol y no proyecta sombra, salvo unos versitos administrativos, gerenciales, descafeinados. Cómo creerles. Si no hay sombra no hay verdad.
Hubo un tiempo en Caracas donde se constataba un gran fervor humano, traducido como militancia en el arte y la belleza, un furor que no permitía a la gente sensible quedarse en sus casas. Había que salir, así como pasó guardando las distancias en la Viena y el París de principio del siglo XX, que alguna gente lo atribuye a lo pequeño de los apartamentos, pero mentira. La vida y la belleza proliferaban como pólipo en los cafés, en las terrazas, en la calle, los museos, en los bares, y había la necesidad de contaminarse. Era como una especie de llamarada por la que la gente necesitaba verse para compartir. Yo acababa de dejar la adolescencia y me iba a Sabana Grande solo o con mis amigos enamorados de las artes, de la poesía, a escuchar a esos señores. Pedíamos una cerveza y nos quedábamos acodados por ahí escuchando, porque en la esquina de la barra estaba Ludovico Silva u Orlando Araujo diciendo cosas...
-¡Pero qué bonito eso! No era que se metían en la conversación, eran como espías...
-No teníamos ni edad ni formación ni coraje para interrumpir. Éramos espías de la belleza. Es decir, allá estaba Adriano o Miguel Otero Silva o Ludovico, con su voz de ángel enfermo, como alguien dijo alguna vez, comentando un verso, improvisando unas palabras o invocando dioses griegos. Eran momentos de gloria. Y esa verdad se encontraba en los bares, flotaba en la bohemia de la ciudad. Estos bellos señores le dieron a este país una hondura y una factura espiritual que no se puede reducir a un cliché o una categoría cagona. Ya quisieran muchos ostentar aquellas calidades. Había que haberlo visto, porque claro, no era esta monstruosa Sabana Grande de hoy, convertida en basura. Era un barrio festivo y misterioso, era su Montparnasse, y un poco su Belle Epoque. Ver a poetas y pintores, al chino Valera Mora, a Caupolicán, a Salvador Garmendia disertando en una mesa, era un privilegio mayúsculo. Y uno con la oreja parada dos mesas más allá, tratando de seguir el discurso porque ellos sabían y nosotros estábamos aprendiendo, y gracias a Dios no nos veían, porque de haberlo hecho se hubiera roto el hechizo. Ellos eran dioses disolutos jugando sus partidas y nosotros recogíamos agradecidos las piezas que a ellos se les caían de las mesas. Para nosotros resultaba un portento. Fueron momentos dorados, caminar esas calles llenas de artistas, de gente que no estaba pensando en presupuestos, en ediciones lujosas, en viajes mercenarios. Para nosotros, los chamos, que no teníamos para tomarnos más de dos cervezas fue un festín, y no perdíamos oportunidad de meternos en el Franco, el Vecchio Molino, La Bajada, el Tic Tac, esos lugares donde podías encontrarlos trasegando su bohemia, diciendo las cosas más bellas que podías escuchar. ¡Y viviéndolas! Y tú, que no las vivías porque eras un imberbe, un coleao, dabas gracias al cielo por recibir esos efluvios. Era alimento para el alma. Ver a Pérez Perdomo, a Jesús Sanoja Hernández y a tantos otros, era grande. Porque tenían luz propia y la proyectaban. Sin caer en la nostalgia de lo ajeno y sin renegar de éste mi tiempo y mi realidad, debo reconocer mi deuda con esa pléyade que le dio a aquella Caracas la poética más hermosa con la que se ha investido jamás.
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