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Escrituras
Valeria tibia..., de J. C. Méndez Guédez
Valeria tibia o siempre, en
Relato tomado del libro de cuentos Historias del edificio (1994)
Por Juan Carlos Méndez Guédez
Desperté con los senos de Valeria entre mis dedos: una textura que envolvió mi piel en sensaciones cambiantes, en una materia que llegaba a ser dulcemente áspera como ese suéter color crema donde se enredaban mis manos.
Desperté una vez más, pero durante varios minutos mi pensamiento osciló en la gelatinosa irrealidad del sueño. Los senos blancos saltaban en mis labios, vibraban erectos y sudorosos en mis dientes hasta que mamá abrió la puerta y dijo que eran las seis.
Pensé en masturbarme. Repetir una vez más la forma de esos muslos que el bluyín modelaba como una figura perfecta, inventar el rostro de Valeria en mi entrepierna, succionando. Pero antes de entrar en el baño decidí esperar. Hoy sería el momento para escapar de las suposiciones, de las caricias a medias, del beso rápido en los jardines o en la cancha del liceo.
Mañana sí, mañana vamos dijo la noche anterior la voz enronquecida de Valeria, y en ese instante mi examen de inglés estalló en medio del espacio como un sol agónico, como un despiadado derroche de luz.
El amanecer no pudo absorber en su rutina la expectación de mi cuerpo. Una sensación de vértigo hervía en mi estómago mientras el café hormigueaba sobre las encías y se enfriaba en la lengua. Por primera vez en la vida no esperé a estar a varias cuadras de la casa para fumar, encendí el cigarrillo en el ascensor del edificio, mordí el filtro con mi risa y crucé las calles sin mirar los carros.
En la puerta del liceo me esperaban Aquiles, Juan Carlos y Richard. Ninguno quiso entrar a clases y yo íntimamente agradecí su complicidad. No me sentía capaz de escuchar dos horas de verbos irregulares para después dejar en blanco la página del examen trimestral.
Los minutos transcurrieron a ritmo de tazas de café y vasos de jugo. Todos me exigían detalles, me ofrecían técnicas y trucos que ellos tampoco dominaban. En mitad de un 69, una licuadora o un beso negro, nos atravesaban ráfagas de silencio, paréntesis en los que cada uno imaginaba a Valeria entre las sábanas, gimiente, incansable.
Yo creo que le gustas comentaba a principios de octubre Juan Carlos, cuando Valeria se sentaba en el pupitre a mi derecha.
Esa mañana Richard insistió en que no podía salir vestido con el uniforme. Le respondí que tenía en el morral una camisa y un pantalón, pero a los muchachos les parecía indispensable el uso de una corbata para que me permitieran entrar a la tasca y al hotel. Entre risas nos fuimos caminando hacia el apartamento de Aquiles, confirmamos que su hermano ya se había marchado al trabajo y entramos en su cuarto.
Durante varios minutos estuve escogiendo tonalidades y texturas en las corbatas hasta que recordé que no sabía hacerles el nudo. Utilicé la única que lo conservaba, una línea gris que parecía lanzar toques de corriente sobre mi camisa color fucsia. Luego mis amigos me dejaron solo en el cuarto y pude detallar mi temblor en el espejo, una vibración que repiqueteaba en mi barbilla y se lanzaba hacia el abdomen. Me acerqué hasta la superficie brillante, coloqué mis manos en su textura y rocé con las uñas la repetición de mi cuerpo. Algo me aguardaba, algo que hoy en día comprendo que no era tan sencillo como una iniciación, pero que tampoco tenía otro nombre posible.
Afuera se escuchaban los gritos. Vasos, botellas, cubos de hielo que cortaban el aire con una percusión metálica. La fiesta éramos nosotros, Valeria y yo, ellos mismos, que sentían el cuerpo de la muchacha como una proximidad más real a partir de mi historia futura. Pero en ese preciso instante yo sólo percibía el miedo, ese espacio negro que se abría en medio del día y me tragaba, me paralizaba en el momento en que bajaba de un tirón el suéter color crema de Valeria y veía el temblor dulce de aquellos dos senos.
Tuve que decir que iba a clases, por eso no llevé ese suéter que tanto te gustaba me explicó ella años después, en aquella fortuita e hispana coincidencia.
Cuando salí al recibo, Julio ofreció un brindis por el éxito del encuentro y Juan Carlos pidió que me ayudaran a relajar porque después no podría hacer nada. Yo le sonreí, una sonrisa fría, en la que se mezclaban el agradecimiento y el rencor. En aquel entonces me sorprendía esa superposición de pasiones en las que uno y otro sentimiento se asomaban azarosamente, en secuencias, revueltos y simultáneos. Lo común en esos años era el estallido absoluto, la visión única e intensa. Un poco lo que experimentábamos todos con respecto a la posibilidad de que uno de nosotros se acostara con Valeria.
Ella condensaba la dulce humillación de los cinco años del liceo. Los mediodías sudorosos en que uno entraba al baño y apenas saludaba a su mamá para repetir junto al lavamanos la inclinación en el escritorio de Patrizia y esa dura curva que eran sus nalgas, la blusa entreabierta de Marina mostrando aquellos senos trigueños y grandes como balones de basket, los muslos dorados de Jennifer recorriendo los cien metros en la clase de atletismo, la misma Valeria comiendo frente a nosotros una barquilla derretida a la que le aplicaba tensos lengüetazos, risas, y ese suéter color crema que se colocaba a la salida de clases y en el que sus pechos se dibujaban como dos lunas.
Hay que matarlas a todas gritaba Aquiles cuando comenzábamos el liceo y acto seguido explicaba que en Cumaná le decían así a la masturbación.
Valeria se presentaba frente a mi vista como el cierre de un círculo, el elemento indispensable para armar lo que tiempo después será mi recuerdo de los diecisiete años. Y es que desde entonces intuía que las personas vivimos para acumular gestos, para hilvanar la coherencia de encuentros y separaciones que le otorguen a la memoria su sentido. De allí la insistencia en relacionar cada una de las canciones que escuchábamos en grupo, o hilvanar los lugares que visitábamos, con los rasgos de algún rostro, con alguna fiesta, para enlazar así el placer y el dolor, y darles (y darnos a nosotros mismos) el espesor de una existencia.
La canción de Valeria aún no existía. La tarde de ese miércoles en que el liceo se quedó solo y coincidimos en el estadio de béisbol sólo tuvo espacio para la agitación, para las manos que apartaban el monte que se enredaba en nuestros cuerpos. Las mismas manos que luego hurgaron, bajaron cierres, abrieron botones mientras ella contaba rabiosa que su novio la acababa de dejar por Patrizia.
Luego vino la reiteración de los encuentros. Las dos o tres salidas al cine, y las conversaciones agitadas en las que ambos proyectábamos ir a un hotel a darle definición a todo lo que ahora insinuaban nuestras sesiones cinematográficas.
Lo triste es que ella es mayor de edad, pero a ti no te dejan entrar replicaba en esos días Richard y sus manos reventaban una a una las espinillas de su cara.
Vino luego la llamada. Ella tenía la voz ronca, como después de fumar muchos cigarrillos. Habló sobre los ejercicios de química, sobre las valencias, y luego hizo silencio, ofreciéndome una cavidad para que yo entrara en la conversación indicada. La imaginé tensa, con la luz azulosa de su cuarto incendiando su rostro, las uñas de la mano, rojas y largas, arañando la mesa de noche.
Al día siguiente, después de ajustarme la corbata y sentir que el licor flotaba sobre mis ojos como una respiración fogosa, los muchachos ofrecieron acompañarme hasta el sitio de encuentro. Me pareció excesivo e imprudente. Ellos protestaron, dijeron que estarían a distancia, observando. Me negué y Richard me concedió la razón. Quedamos silenciosos unos minutos. Algo parecía quebrarse. Intuyendo eso, Juan Carlos me preguntó cómo había conseguido el dinero para la salida. No parecieron sorprenderse cuando les mentí y les dije que mi papá me lo había dado. Pero en lo que sí estuvieron de acuerdo es que no era suficiente. Juan Carlos y Richard reunieron entre ambos setenta bolívares y me los regalaron. Aquiles se disculpó, acababa de comprar dos chores fosforescentes que cambiaban de color cuando el cuerpo quemaba 200 calorías. No le quedaba un centavo ni siquiera para la merienda de esa tarde.
Caminamos juntos hasta la avenida y allí nos despedimos.
Respiré hondo y en unos minutos llegué al sitio indicado. Me dieron ganas de orinar pero logré vencerlas después de contar hasta cuarenta y seis. Sabía que era una vieja reacción, la misma de los días en que me llevaban al dentista. Contemplé con desinterés las vidrieras, detallaba sus ofertas hasta que en el reflejo de ellas vislumbré una figura familiar.
Al otro lado de la acera Valeria avanzaba con una cartera de cuero sujeta en sus brazos. Una camisa blanca, como una capa de finísima nieve, envolvía sus hombros y su abdomen. Sentí que el mundo era una luz delgada que entraba en mis párpados y me disolvía. Todo a mi alrededor giraba en torno a aquellos cabellos negros, ensortijados, en los que el rastro reciente de una ducha esparcía goteantes azules, destellos. Valeria se colocó frente a mí. Moví mis extremidades con torpeza, fingí la naturalidad de un encuentro y tomé su mano. Una cálida suavidad que rozaba con sus anillos mis dedos.
Ese día me coloqué todos mis anillos. Me imaginaba que me los quitaba muy lentamente, frente a tus ojos, y esa sola idea me excitaba confesó Valeria hace dos meses, en ese encuentro inesperado de Sevilla que concluyó apenas en el sabor de un gazpacho.
Caminamos por el centro de la ciudad, comentando los exámenes trimestrales (y mi examen de inglés estalló en medio del espacio como un sol agónico
), o las manías insólitas de los profesores. Valeria recorría con sus palabras el espacio común del liceo, pero en ella yo apreciaba otra visión. Sus amistades eran distintas a las mías, sus planes no coincidían con los que elaborábamos nosotros. De allí mi extrañeza cuando descubrí que el campo de béisbol donde nos besábamos con las novias y jugábamos pelota, ocultaba también paquetes de papel aluminio rellenos de hierba. O que en la sala del Centro de Estudiantes algunas muchachas jugaban la ouija para adivinar quiénes aprobarían las materias. Y que ya dos alumnas habían abortado del profesor de Filosofía. Y que a varias de las compañeras de clase, les resultaba interesante la piel morena del timidísimo Richard y el contraste de sus ojos amarillos.
En medio de esas conversaciones llegamos a una pequeña tasca en la que el dueño fingió no darse cuenta de mi edad. Nos sirvió dos cervezas heladas y mis ojos se detuvieron en el momento en que con cierta distracción, Valeria pasó su lengua por unos fragmentos de hielo que habían quedado en el borde del vaso. Un frío estallido subió desde mis piernas hasta mi estómago.
Le hice algunos chistes sobre su manera de beber. Ella sonrió y guiñó un ojo mientras un fósforo comenzaba a hervir en mi entrepierna. El diálogo siguió transitando por un camino irregular, que pareció definirse cuando Valeria miró mi corbata y se rió por el contraste de los colores: pero de todos modos es muy bella, afirmó y sus uñas se deslizaron por la tela abriendo en mi piel una línea de electricidad.
Fue en ese momento en que tomé sus manos con fuerza y le pedí que nos marcháramos. Me quedé sin voz cuando ella contempló sus anillos con cierto temor y dijo que lo había pensado, que no estaba segura de querer ir conmigo al hotel. Lo dijo con el rostro sereno y un gesto en el que parecían entrecerrarse sus ojos. No supe responder. Miré a los lados y vi a un gordo bigotudo que devoraba una sopa de mariscos. Me concentré en los restos de camarones que se quedaban en sus bigotes, burbujeando. Volteé hacia mi propia mesa y quedé encantado al distinguir una pequeña servilleta en la que resplandecían impresos los labios de Valeria. Giré el rostro hacia la calle y precisé a un policía que penetraba su nariz con el dedo meñique y luego la colocaba frente a sus anteojos, detallando algo en su uña.
Creo que siempre hay una palabra necesaria que se olvida en el momento justo le dije muchos años después a Valeria, cuando se marchaba entre el líquido esplendor del sol sevillano y no aceptaba mi beso en sus labios.
Ella trató de retomar la conversación. Dio algunas vagas explicaciones que circularon sobre la mesa como pálida neblina. Para disimular mi confusión le pedí al mesonero un par de cervezas. La bebimos con absurda rapidez, buscando en el amargo sabor una manera posible de seguir conversando. Poco a poco fuimos retomando la naturalidad. Pedí otra ronda y cuando estábamos por concluirla descubrí que allí estaba mi única opción.
Acompañé el diálogo con abundantes tercios, me dejé ir en el ardor de la espuma y llevé conmigo a Valeria. A las dos horas la tensión había desaparecido. Mis brazos atrapaban la calidez de aquel cuerpo y palpaban su blusa con una lentísima caricia de los dedos, como queriendo disolver la textura de la tela.
Fue en ese instante en que sin preguntarle nada decidí pagar la cuenta. Salimos a la calle y la noche nos sorprendió con un soplo de brisa helada.
Caminamos despacio, abrazados y silenciosos. Sentí que la alegría era la blanda cercanía de aquel cuerpo, las luces de la ciudad que transitaban por mi vista como infinitas lunas, como ojos ambarinos y estáticos. Una de mis manos se deslizó entre la blusa y tocó las tiras del sostén.
Aquel día me sorprendieron tus detalles, la dulce lentitud que fuimos al salir de la tasca olvidé decirle las semanas anteriores a la graduación.
Llegamos al hotel. Un rectángulo de neón ardió sobre nuestros rostros mientras la erección tensaba mi cuerpo. Introduje mis manos en los bolsillos y descubrí con pánico que sólo me quedaban cincuenta bolívares. Valeria intuyó lo que pasaba, afanosa buscó en su cartera. Nunca recordaré una mujer más bella que esa imagen suya, entre el apuro y el miedo tratando de salvar nuestra noche. Después de mucho buscar, unos pocos billetes arrugados salieron de su cartera. No nos queda para el pasaje, afirmó ella, pero luego veremos.
Supuse que la mejor manera de resolver el alquiler de la habitación era que yo entrara primero y ella me esperara afuera. Así lo hice, y mientras yo caminaba por un pasillo saturado de olores a desinfectante, ella recibía en la puerta del hotel las barridas de luz de los faros automovilísticos.
Un hombre de ojos pequeños y aburridos me recibió. Solicité una habitación y él preguntó asombrado si era para mí solo. Expliqué que no y distinguí un pequeño aviso colocado en la pared. Habitaciones 100 bolívares. Mentalmente conté el dinero que llevaba en los bolsillos: 95 bolívares exactos, ni un bolívar más.
Tendrías que haber regateado insiste siempre Juan Carlos cuando recordamos el liceo entre cervezas.
Una ola tibia bajó por mi cara. No encontraba respuestas ni palabras. Al fin me decidí y le conté la verdad al recepcionista. Este se sonrió pero hizo un gesto de indiferencia con los hombros. No podía ayudarme. Hurgué en los bolsillos anhelando el olvido de algunas monedas pero sólo conseguí un pedazo de hilo blanco.
Fue entonces cuando miré mis medias. Medias de marca, recién estrenadas. Con un impulso irrefrenable me quité los zapatos y me saqué la media izquierda. El recepcionista me miró extrañado. Le pedí que tomara la media como garantía de que regresaría al día siguiente con los cinco bolívares. El hombre se rió y pude observar esas muelas platinadas y sucias en las que se formaban pequeñas burbujas de saliva. Bueno, te regalo la media, insistí. Tres dólares el par, aquí no se consiguen. El hombre siguió riéndose y al final me pidió que me fuera, que no me quitara la del pie derecho.
Valeria me escuchó atenta cuando le conté lo sucedido con el dinero. Recostados de una pared buscamos un rato más entre su cartera pero fue inútil. Después de un rato ella me tomó de la mano y me pidió que camináramos. No dejaba de sorprenderme su tranquila decepción. Esperaba su ira, su incomodidad, pero sólo conservaba entre mis manos el frío de sus anillos. No debí enredarme, dijo ella, como adivinando mis pensamientos, yo también quería ir. No sé por qué creí tener miedo.
Cuando pasábamos frente a una licorería me pidió que comprara dos cervezas. Luego nos sentamos en una esquina y sin soltarme la mano ella comenzó a beber pequeños sorbos. La imité y mi mirada quedó adherida a sus cabellos negros y ensortijados, a sus reflejos azules. La besé de nuevo. Su lengua y sus encías me recibieron con un cosquilleo de cebada.
Yo creo que ya no te habla porque se asustó cuando le dijiste que estabas enamorado sentenció Richard, cuatro días después de la frustrada salida.
Después de llevarla hasta su casa caminé hasta el apartamento de Aquiles. En la puerta del edificio su hermana me dijo que los muchachos estaban en el estacionamiento. Allí los encontré, borrachos y felices cantando Scorpion. Me recibieron con gritos y abrazos, quebraron varias botellas y apagaron el reproductor. Sentado en medio de todos me dispuse a conversar pero el sabor a cebada estalló en mi garganta como una recién descubierta palabra. Observé a Aquiles con una dosis de rencor. Richard y Juan Carlos pidieron silencio, sin entender mi oscilación entre la euforia y la tristeza. Yo sonreí una vez más y con mis manos aflojé el nudo de la corbata.
Préstame cinco bolívares dijo Aquiles minutos antes de encontrarme con Valeria, y de manera mecánica extraje de los bolsillos un arrugado billete.
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