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Primeras veces, de F. Santaella Primeras veces, repetición a petición
Texto leído en el Evento de ReLectura: Tres primeras veces (13 de marzo de 2007)
Por Fedosy Santaella
Hablar de las primeras veces literarias se me convierte en un asunto demasiado complicado; pero no crean que lo digo para hacerme el interesante. No, en realidad es porque yo me la paso repitiendo primeras veces a cada rato. Y es que debo confesar que tengo muy mala memoria y, para colmo, muchas veces mi ímpetu le ha ganado a la serenidad que lleva a la planificación, y hasta a la misma prudencia. Pero volvamos a la desmemoria.
Yo siempre vuelvo a los libros por la simple y llana razón de que olvido lo que ya he leído. De verdad, es como si los leyera por primera vez. Me pasa con los libros y me pasa con las películas. Cuando alguien me habla de una película que yo vi, por supuesto que digo: ¡Claro, esa película es una maravilla! Luego, cuando la persona con quien converso empieza a rememorarla y saca a colación alguna escena, afirmo con la cabeza sin decir palabra, pero igual creo que se me nota el vacío. Además, yo me sonrojo de nada, me sonrojo hasta cuando no tengo razones para sonrojarme. Y en serio, tengo una memoria terrible. Con los libros me pasa igual. Cuando los releo, es como si los leyera por primera vez. Yo no sé si a los demás les pasará; quizás los otros sean más astutos, mejores actores. Pero lo que soy yo, no puedo.
Claro, también releo libros para inspirarme. ¿Y saben cuáles libros releo para inspirarme? Aquellos que me inocularon y me inoculan el virus de la escritura. Una vez leí algo de Michel Tournier que me pareció una maravilla. No me lo aprendí de memoria, para mí eso es imposible. Pero siempre lo tengo a mano para transcribirlo. Aquí les va: Hay algunas obras maestras y por ello figuran en primera línea de la literatura universal que son una incitación a crear, un contagio del verbo creador, una puesta en marcha del proceso inventivo de los lectores. Yo confieso que para mí esa es la cumbre del arte. Paul Valéry decía que la inspiración no consiste en el estado en que se encuentra el poeta cuando escribe, sino en el estado en que el poeta que escribe espera poner a su lector.
No es por causalidad que Michel Tournier escribe esto en un artículo que se llama ¿Existe la literatura infantil? Pienso que esta observación es importante, porque, si no me equivoco, mis primeras lecturas fueron en la infancia, y mis primeras ganas de escribir empezaron también por aquellos tiempos.
Recuerdo que mi papá tenía una biblioteca bastante decente. La biblioteca, aún después de su muerte, sigue allí, con menos libros y ahora con más adornos de mamá. Pero en aquel entonces había un montón de libros, y buenos. Recuerdo haber encontrado allí La Ilíada y La Odisea (de La Biblia se encargaron las monjas simpáticas del San José de Tarbes de Puerto Cabello, que era mixto, por si acaso).
Aquellas lecturas inocularon en mí el virus de la escritura y me fajé a redactar, con toda la inocencia del mundo y en una agenda de oficina, mi propia Odisea. Por cierto, aquella agenda era un regalo corporativo que hacían unos tíos míos todos los años en diciembre. Tenían una fábrica de concreto, por lo que podemos decir que aquella agenda de oficina sentó las bases concretas de mi escritura.
Pero no crean que de La Ilíada y La Odisea pasé a la Divina Comedia de Dante. No, ésa la leí en la universidad. En aquella edad de oro, me encontré con cosas más divertidas: Las versiones juveniles de Ivanhoe, La vuelta al mundo en ochenta días, Moby Dick y La Isla del Tesoro, entre otras.
Pero hubo, amigos, un libro en especial que me inyectó de manera definitiva y hasta hoy día (no puedo decir si para siempre) el virus de la literatura. Ese libro, que lamentablemente se conoce poco, se llama Escena de un spaghetti western, de Armando José Sequera.
¡Amigos, qué belleza de libro! En estos días lo busqué, y comprobé que había olvidado la mayoría de sus textos, pero que, a fuerza de tanto leerlo, sí recordaba otros. Uno de los que tenía claro en mi memoria es el siguiente:
ESCENA DE UNA SPAGUETTI WESTERN
El cowboy, en la trifulca, recibió un golpe que lo derribó del techo de una de las casas del pueblo establecido en lo alto de la montaña. Girando sin interrupción, se precipitó por una pendiente hasta el techo de la iglesia del pueblo ubicado en mitad de la montaña.
Prosiguió, cuesta abajo en su rodada, arrastrando a su paso un sin fin de objetos que, de haber ido a una velocidad moderada, hubieran represado su andar de remolino.
Por tercera vez se vio en el aire para, segundos más tarde, estrellarse contra el techo de un establo del pueblo situado en la falda de la montaña. Aupado por la inercia, cayó en el tejado contiguo el cual, al recibir su acelerado peso, se desplomó sobre un estanque de agua, propiedad del lechero del pueblo.
Cuando pudo salir de allí, antes de comprobar si tenía algún hueso roto, constató con satisfacción que no le había caído el sombrero.
Los primeros textos que surgieron de estas lecturas, fueron inexorablemente tras la huella del maestro. Eran cortos, intentaban una redacción clara y precisa, y buscaban el humor.
Y aquí, el tema de los maestros. Mis primeros pasos hacia la escritura estuvieron marcados por ellos, y creo que esto nos pasa y nos debe pasar a todos. Armando Sequera, en el caso de este librito cómico que escribí a los doce o trece años; luego vendrían Edgar Allan Poe, el gran Stephen King, y por supuesto, Gabriel García Márquez.
Debo decir que mi periodo macondiano, fue el más vergonzoso que pueda recordar, pues exhibía entonces una desvergonzada tendencia a la copia impune. Y justamente en este momento de mi célebre carrera de copioneto, a mi papá se le ocurrió mandar unos cuantos textos míos a un hermano de él, tío mío sin duda, que era periodista. Este tío se los pasó a otro señor, que se supone que sabía más de literatura, y así, un día, me llegó una carta de varias cuartillas, escritas a máquina sobre un papel muy delgado y color cartón, que supongo era el que usaban los viejos periodistas. Tales páginas resultaron ser una crítica a mis cuentos.
El señor no tuvo piedad, amigos. Aquel periodista literario descubrió, puso en evidencia la sombra del maestro colombiano, y además me recomendó que leyera mucho, que incluso dejara de escribir un tiempo y me dedicara a leer. Me puse bravísimo
bueno, estoy usando una palabra elegante
en realidad me puse arrechísimo. Aquel desgraciado no sabía nada, ¿cómo se atrevía? ¡Decirme que dejara de escribir! ¡Qué descaro!
Sin embargo, hice caso
aunque sólo en parte. Porque tomé su consejo de abundante lectura, pero no dejé de escribir.
Muchos años después, le envié mi primer libro, Cuentos de Cabecera, nada más y nada menos que a Armando José Sequera, con quien había intercambiado algunos correos electrónicos. Él, fiel a nuestro medio de comunicación, me devolvió una crítica electrónica a mi libro
Bueno, me puse arrechísimo otra vez, y dije: ¡Qué riñones tiene éste! ¡No entiende nada este carajo! Así que ahí tienen, una vez más repitiendo una experiencia literaria, como si fuera la primera vez.
Cabe destacar que unos meses después, me metí en un taller de narrativa con Armando. Es decir, también hice caso. En el taller me siguieron dando coquitos. Creo que todavía tengo la cabeza llena de chichones, pero algo aprendí.
Ahora les quiero hablar, brevemente, de los libros publicados. Mi primer libro fue, como ya dije, Cuentos de Cabecera. Este libro de cuentos fue mi tesis en la Universidad Central de Venezuela, que gracias al cielo, acepta tesis creativas en la carrera de Letras. Este libro fue evaluado y defendido, y terminó recibiendo la mención de mujer policía, es decir, se le dio el grado de tesis distinguida. Este que les habla, de lo más orgulloso con su mujer policía, se fue a Comala.com y publicó su primer libro. Vieron la luz del mundo unos cincuenta ejemplares (una edición limitada, diremos para adornar), que vendí entre los viejitos de la familia, y algunos amigos que estoy seguro nunca se lo leyeron. ¿Qué se siente publicar por primera vez? Pues en el caso de una edición pagada, se siente en el bolsillo. Y luego, cuando se lo envías a un escritor que luego te lo critica
bueno
ya saben qué se siente. Sin embargo, Cuentos de Cabecera fue mi primer paso, y estuvo bien, no me arrepiento.
Mi segundo libro es El elefante. Fue mi primer premio literario y mi primera publicación sin pagar. El elefante ganó el rimbombante Certamen Mayor de las Artes y las Letras. El premio fue la publicación. Saberme ganador fue motivo de gran contento
ahora, saberme ganador entre quince más por el estado Miranda, y ganador entre otro montón de gente más en todo el país y en distintas categorías hasta completar unos ciento y pico de ganadores, ya no hace que uno esté tan contento. Pero en fin, no debemos quejarnos tanto en la vida.
El libro fue publicado en la colección Cada día un libro. No es un edición cuidada, y no he querido leerlo más, porque cada vez que lo hojeo le encuentro un problema nuevo, tanto de mi redacción como de la edición. Pero en fin, no debemos quejarnos tanto en la vida. Gracias a ese libro, di otro paso más en mi celebérrima carrera en el mundo de las letras. Aquí pues, tienen otra primera vez. La primera vez de un libro premiado, que yo no pagué y que la edición no me trajo todas las satisfacciones que hubiera querido.
Luego, mi tercer libro, Postales sub sole, fue premio único en narrativa de la Bienal José Rafael Pocaterra, (disculpen la falta de modestia, pero digo todo esto porque tiene que ver con el tema; en general soy un tipo humilde que se sonroja de nada).Pues bien, ¡cuánto orgullo el libro y cuánto orgullo el premio! Esta vez para mi solito, lo cual nos lleva a colegir que ésta fue otra primera vez.
Luego, el premio no traía publicación. Así que me di a la tarea de buscar una editorial. Esto, amigos, es parte del oficio del escritor. La cosa no se termina cuando uno concluye un libro. Uno de los asuntos que siguen y que también forman parte del oficio de escritor, es publicar. Así que ésta es otra primera vez. La primera vez que busqué una editorial que me publicara un libro premiado, y sin que yo tuviera que pagar por ello, y que además fuese una publicación de la que me sintiera orgulloso. Así, buscando aquí y allá, preguntándole a los conocidos en persona y en chat, moviéndome entre la gente, llegué a dar con la editorial que publicó mi libro, del cual, estoy muy contento con el resultado.
No es que no quiera contar más, pero me voy a detener aquí. Cada escritor y cada libro tienen su proceso único, particular, en el camino hacia la publicación; más si uno está comenzando, como yo.
Pues bien, como ven, mi corta historia literaria está plagada de primeras veces con repetición a petición. Y es que en todas partes del mundo eso por lo menos creo yo, la carrera de alguien que escribe no es fácil. Uno muerde el polvo una y otra vez, y hasta tropieza con la misma piedra en muchas oportunidades. Pero hay que seguir, porque de lo contrario, no valdría la pena, no tendría sentido, y esto no se llamaría vida, sino Utopía
y les voy a decir una cosa, no hay nada más imposible que una utopía, y en caso tal que llegara a ser posible, resultaría muy aburrida, amigos, ¿no creen?
Muchas gracias y buenas noches.
| comentarios (1) >> |
escrito por José Leonardo Riera, octubre 21, 2009
Jajaja no sabía todo eso, Fedosy!!
Wao! Yo te he leído y te veo como uno de los maestros de la Literatura en Venezuela! Pero no sabía de ese inicio tan, tan... tan inicio! jajaja
Me identifiqué mucho, y lo mejor de todo es que este texto me motivó a seguir trabajando por mi sueño!
Y me identifiqué más aun al leer en tu texto el nombre de tres escritores que admiro mucho: Edgar Allan Poe, Gabriel García Márquez y Armando José Sequera!
Trabajaré en función de ser tan bueno como ustedes!
Y también leeré más!
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