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La invasión argentina

  1. He aquí mi ejemplar de "La invasión", primer libro publicado por Ricardo Piglia en 1967. Este conjunto de cuentos obtuvo Mención Especial en el VII Concurso de Casa de las Américas. El jurado estuvo conformado por: Mario Benedetti, Enrique Lihn, Jesús Díaz y Dalmiro Saénz.
  2. En la foto, Eduardo Cobos, Rodrigo Blanco, Gisela Kozak y Ricardo Piglia.

Con Piglia en Caracas

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A Mariana Marzuck

A ver si me explico. Es como si, en materia de literatura, hubiera llegado algo equivalente a los Rolling Stones. Cada vez que ese huracán de música anuncia su paso por Latinoamérica, los países que habitualmente son olvidados por su torbellino sienten el mismo desconsuelo renovado, la misma inquietud ante la posibilidad de que alguno de sus viejos integrantes se muera y entonces se mueran ellos también sin haber vivido la experiencia única de ver un concierto de los Stones. Podría decirse que, en ese sentido, los Stones son la contraparte de Fidel Castro, quien cada año defrauda las millones de esperanzas cifradas en su muerte. De modo que hay leyendas vivas (que viven con mayor vigencia después de la muerte) y hay leyendas muertas (que mueren aún más en su macabra persistencia de seguir vivas).

Algo parecido me sucedía con Ricardo Piglia. El primer contacto con su obra fue gracias a un curso sobre tendencias literarias contemporáneas, dictado en el año 2001 por el profesor Rafael Castillo Zapata. Además de Piglia, durante ese semestre leímos a autores como Jorge Volpi (que acababa de despuntar con En busca de Klingsor), Ignacio Padilla, Thomas Bernhard, Michel Houellebecq, entre otros. Autores que aún me acompañan y que dan fe del tino de Castillo Zapata al escoger dichas obras que, en efecto, eran y son representativas de la narrativa contemporánea. Sin embargo, de aquella lista de autores, con quien quedé enganchado y transformado fue con el argentino. Desde entonces, con el transcurrir de los años y los libros, fue creciendo en mí el temor de no llegar a conocerlo, de no llegar, aunque sea, a intercambiar algunas palabras corteses y superficiales que mi recuerdo llenaría, una y otra vez, de un incuestionable y siempre creciente sentido.

Ahora me doy cuenta de que buena parte de lo que he escrito ha sido, en realidad, una especie de carta dirigida y sin destino. En el fondo, los escritores escriben para que aquellos otros escritores que los formaron se den cuenta de que ellos han asimilado la lección. Una asimilación que a veces es laudatoria, sobre todo cuando la muerte hace imposible el verdadero encuentro entre dos escritores, y que en otras ocasiones asume la forma no menos interesante de la traición. Como lo afirma Piglia en esa magnífica bitácora de lecturas que es su libro Crítica y ficción: “un escritor es alguien que traiciona lo que lee, que se desvía y ficcionaliza”.

La traición, en el sentido que aquí se le da al término, se puede dar, bien por medio de la crítica y la interpretación que revelan las claves de construcción de los textos, o bien por la apropiación de los modos y temas de escritura del otro, que hacemos finalmente nuestros.

Yo, por mi parte, he venido traicionando a la obra de Ricardo Piglia de forma sistemática desde hace unos seis años. He incurrido en denuncias terribles ante las instancias académicas de la Escuela de Letras de la UCV, llenando unos formularios llamados “trabajos de grado y de postgrado”; he sido el responsable de pitazos infames que revelan sus referencias literarias, los injertos y apropiaciones que perpetra con lo mejor de la literatura argentina y del mundo; he hecho del arte una injuria, colocando a Piglia en el centro de alguna de mis ficciones. Todo con la impunidad del que nunca será leído. Con la soltura indolente que le permite, por ejemplo, a un grupo de novatos versionar a los Rolling Stones sabiendo que jamás ni nunca Mick Jagger o Keith Richards los van a escuchar. Y en éstas he andado todos estos años, cuando de repente recibo la llamada de Mariana Marzuck informándome que sí, tal como lo estoy escuchando, que Piglia va a estar el jueves 4 de octubre en la Casa Rómulo Gallegos.

La propuesta de adelantar media hora la hora venezolana me parece el ejemplo más tragicómico de los delirios de poder del presidente Chávez. Sin embargo, ese jueves le puse una boina despótica a mi noción del tiempo y decidí, sin consultar con nadie que, al menos para mí, la charla que sostendría Ricardo Piglia con el público venezolano comenzaría media hora antes. Así que a las 12 y 30 en punto me presenté en el Celarg. Llegué, saludé con inocultable emoción a Mariana y luego fui al baño. Al salir, del otro lado del vidrio de la Librería del Sur, como si fuera un televisor gigante, estaba Piglia. Conversaba con Pedro Pérez, el antiguo librero de la entrañable librería Macondo y que, por los golpes de timón de nuestra economía, se encuentra trabajando en esos cuarteles del pensamiento que son las Librerías del Sur. Allí estaba Piglia, en esa librería que sólo en ese instante y como nunca se transformaba en una librería del Sur, en la verdadera Librería del Sur, más Sur y más librería que todas las librerías del Sur del continente, desde donde nos visitaba uno de los más grandes escritores de Hispanoamérica de los últimos 30 años.

Mariana Marzuck, con una amabilidad y complicidad que agradeceré por siempre, me lo presentó y entonces pudimos conversar. Hablamos de su primera visita a Caracas, a comienzos de los años 80, cuando vino a presentar Respiración artificial. Yo le hablé de mi visita a Buenos Aires en el 2006. Hablamos de las diferencias entre la capital argentina y Montevideo, una ciudad más melancólica, dijo, donde todavía se siente el ambiente de las novelas de Onetti. Fue una conversación amable, común y discreta: inolvidable.

La conferencia, como ya lo hacía presentir el volante, fue dispar y organizada. A ratos genial y a otros ratos fastidiosa. Digo organizada porque Piglia y los otros dos invitados se repartieron la frescura y el sopor, respectivamente. Rigoberto Lanz aprovechó la ocasión para promocionar un librito suyo sobre la “Misión Ciencia” y Arnaldo Esté jugó de local y se encargó de darle el color criollo al asunto, interpretando a la perfección su papel de abuelito dicharachero y vulgar. Y creo que esta diferencia abismal entre los participantes del foro fue lo que extrañó a todos los presentes. Si la Fundación Santillana, a quien los caraqueños debemos este importante encuentro, tenía que cumplir con su cuota mayoritaria oficialista (ya que, como sabemos, su principal cliente es el Estado), ¿por qué no escogió a dos narradores chavistas? Así, por lo menos, la conversación hubiera estado centrada en el tema del encuentro (“¿Para qué sirven los libros?”), sin obviar tanto el vínculo con la literatura, el cual recayó por entero en los hombros de Ricardo Piglia.

Esa jornada terminó de forma muy amena. Algunos lectores entusiastas, todos ellos estudiantes de la Escuela de Letras de la UCV, se acercaron al escritor para que les firmara sus libros. Y Piglia los firmó y se tomó fotos con ellos. Yo lo sorprendí pidiéndole que firmara mi ejemplar original de La invasión, publicado en 1967, cuando Piglia contaba con sólo 26 años. Al final concertamos un encuentro con los estudiantes en la Escuela de Letras para el día siguiente, en la legendaria aula 201 que, sin embargo, no se pudo dar. La llamo legendaria porque por allí han pasado (y esto quizás no lo sepa el responsable del desencuentro) autores fundamentales como Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Guillermo Sucre, Juan Rulfo y Julio Cortázar. Para consuelo de toda esa comunidad de lectores que se quedó al borde, en la sensación de inminencia, de una experiencia única no me queda sino recordarles una frase del propio Piglia. Una frase que entresaca de la lectura de su dilecto Macedonio Fernández: “Lo real estaba definido por lo posible (y no por el ser). La oposición verdad-mentira debía ser sustituida por la oposición posible-imposible”. Y por espacio de unas horas fue posible la visita de Ricardo Piglia a la Escuela de Letras. Así como fue posible, años atrás, la de otros tantos maestros de la literatura.

 Rodrigo Blanco Calderón

      

comentarios (4) >> feed
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escrito por alberto morreo, octubre 11, 2007

Hacia falta alguien que le entre a lo que pasa, para que quede.
Bravo!

que envidia!
escrito por liliana lara, febrero 03, 2008

Dios mío! Ricardo Piglia estuvo en Caracas! Tienes razón al compararlo con los rolling stones y menos mal que yo ni me enteré porque hubiese llorado como una fan que se quedó sin entrada! Tu crónica está buenísima! Me quedo con la alegría de la fan a la que otro fan le cuenta cómo estuvo la cosa. Claro, hubiese sido mejor estar allí, pero....

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escrito por Rodrigo Blanco Calderýn, mayo 01, 2008

Sí, el hombre estuvo por Caracas y nos dejó la doble fascinación de ser un tipo encantador. Dentro de poco va a salir un libro en España, por la editorial Candaya, llamado "El lugar de Piglia". Es un libro dedicado por entero al análisis de su obra y que trae además un dvd con un documental sobre el autor. Así que está pendiente y si puedes hacer que te llegue un ejemplar a Israel pues no dudes en comprarlo. Te dejo la página de Candaya www.candaya.com

por cierto, cuando sale tu libro de cuentos?

saludos

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escrito por carla cobos, julio 13, 2008

el escritor su nombre comleto es
eduardo cobos morales
gracias

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