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A Federico Vegas

Federico Vegas

Obra publicada 

    1. El borrador, cuentos, Ed. John Lange, 1996
    2. Amores y castigos, cuentos, Ed. Ballgrub, 1998
    3. Prima lejana, novela, Ed. John Lange, 1999
    4. La ciudad sin lengua, ensayos, Ed. Sentido, 2001
    5. Los traumatólogos de Kosovo, cuentos, Ed. Oscar Todtmann, 2002
    6. Falke, novela, Ed. Random House Mondador, 2005
    7. Historia de una segunda vez, novela, Ed. John Lange, 2006
    8. La ciudad y el deseo, ensayos. Fundación Bigott, 2007
    9. Miedo, pudor y deleite, novela, Alfaguara, 2007 

Un paseo con el patriarca de Chuao

 Por Enza García. Octubre 2007

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De Federico Vegas se ha dicho de todo. Celebrado y malquerido, lo cierto es que anda en boca de muchos como si se tratase de la versión criolla de Lindsay Lohan.

Yo todavía me sorprendo: aún recuerdo cuando soñaba que algún día sería escritora. Por aquel entonces descubrí “Nuestra señora de los golpes”, un relato magnífico y el primero que me hizo nombrar a Vegas como padre de muchos de mis epígrafes.

Nuestra caminata empezó con Rodrigo Blanco en Alejandría III, rumbo al boulevard de Sabana Grande. Grata experiencia, inesperada y noble a pesar del calor, la feria escolar y lo apresurado de la gente que busca fanáticamente sobrevivir: caminar la ciudad bajo la mirada espiritualizadora de un arquitecto, bajo la mirada de alguien que le da sustancia al hecho de la forma, a la figura indiferente de concreto o ladrillo donde moramos y morimos. Como si quisiera hacer de la ciudad que aún asumo como extranjera un espacio más cercano a las entrañas.

La lluvia cayó tímidamente, pero igual sentimos la necesidad de guarecernos en Suma. Y ya ustedes saben lo que pasa cuando se entra a una librería con tan buenos precios. De vuelta a Chacaíto rematamos la tarde con unos jugos y algunas presencias compartidas, ya en el carro dimos pie a la conversación que a continuación transcribo. Que transcribo después de haber comido con la familia relecturiana los perros calientes que nos preparó Federico, en una horda de camaradería y hambre, de ternura rebozada con letras y risas, edificando recuerdos que se agazaparán en calles o plazas.

 –Si la nostalgia pudiera ser un objeto, ¿cuál sería?

–El otro día leí lo que significa nostalgia y es una cosa tan divertida. Era algo bellísimo. Yo te diría que la nostalgia no es qué sería, sino qué es. Seguro que viene de algo. No se trata de que le inventemos una imagen. La tiene. Igual que escrúpulo, que era una piedra en el zapato. Y te aseguro que nostalgia es algo tan objetivo como una piedra en el zapato. Claro, una vez que tienes la noción de que hay un objeto por detrás se te hace muy difícil imaginarle uno. ¿Por qué vas a competir con eso, con la historia? Ahora que lleguemos a la casa lo buscamos. 

 –Dicen que eres el patriarca de un sector literario, ¿qué piensas de eso?

–Si por sector te refieres al sureste del Guaire, urbanización Chuao, estaría de acuerdo.

 –¿Qué es exactamente lo que diferencia a los pobres de los ricos?

–¿Cómo era que decía este personaje de Por estas calles? Rodilla e´chivo... Le decían: “Pero muchacho, tú solamente piensas en el cochino dinero”. Y él respondía: “Madrina, el dinero es cochino sólo cuando es poquito”. Ahí tienes tú la diferencia.

 –¿Qué es la familia?

–La familia es una mezcla de trampa con guarida. ¿Sabes el dicho ese que a mí me encanta: “nada une más a una familia que un hijo poeta”? ¿Lo has oído, no?

 –No.

–Claro, porque todos se unen en su contra. Pero lo de trampa y guarida es terrible porque es verdad.

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–¿Cuáles palabras te definen como escritor?

–(Miedo, pudor y deleite, dijo Rodrigo desde el asiento de atrás). Oye, vencer la flojera. Yo me he dado cuenta de que lo mejor que le puede pasar a un escritor es la flojera. Porque si no imagínate si un tipo como yo fuera disciplinado, la cantidad de $%=?¡!”$%& que hubiera escrito ya.

 –¿Parménides o Heráclito?

–Anaximandro. Yo tengo una locura por Anaximandro. Fue el que dijo las cosas más bellas. Cuando los griegos se preguntaron qué sostenía el mundo, algunos empezaron diciendo que si era el agua, o el aire, o no sé qué. Y Anaximandro dijo: “el mundo se sostiene porque no hay razón para que se mueva, está rodeado de fuerzas iguales, no tenemos que ir ni para arriba ni para abajo”. Porque todas las fuerzas están en oposición, y ahí basó toda su filosofía, en que tarde o temprano las cosas se rinden justicia mutuamente. Y eso fue fundamental en todas las teorías de pensamiento político griego, la idea del equilibrio, porque si te empezabas a distinguir demasiado te sacaban, porque eras un factor de desequilibrio. Anaximandro fue el primero en hacer un globo terráqueo y una teoría evolutiva del hombre: decía que venía de los peces. Era un tipo muy cuatriboleado.

 –¿A quién envidias como artista?

–A Picasso. Pero no tanto por las cosas que hacía. Sino por la capacidad de darle una absoluta prioridad a su trabajo. Se desprende de su biografía: pasan las mujeres, pasan los hijos, pasa la familia, pero la prioridad es el trabajo. Y no tanto por el trabajo en sí, sino por la absoluta entrega. No importa si el tipo pintaba bien, mal o regular, lo que importa es la concentración, la forma en que todo pasa a un segundo lugar. Eso me da una envidia que no puedes imaginar. Yo ahorita me siento más padre y abuelo que escritor. Y es terrible. Claro que también es maravilloso, pero al mismo tiempo es una limitación profunda. No como ser humano, pero sí como escritor. O sea, mi nieto se engripa y yo no puedo escribir. “Tiene otitis”, entonces se jodió el día. No puede ser.

 –¿Has deseado morirte en algún momento?

–Sí, alguna vez en la adolescencia. ¿Deseado? Bueno, no, quiero decir que lo vi como si no hubiera más remedio. Pero no tanto como deseado. Hay veces en que sí me ha dado como si no me importara tanto, pero deseado nunca. Momentos en que pienso, más bien, que no hay remedio. Y lo he visto con asombro, porque uno a veces cree que hay cosas que no te pueden pasar.

 –¿Cómo es la crítica literaria que se está haciendo en el país?

–Está muy basada en lo que no nos gusta. Y no basada en lo que realmente nos gusta. Y hay una tendencia a pretender un estado de superioridad espiritual por hablar de lo malo, y eso es un contrasentido porque tú nunca vas a ser bueno en función de lo que no te gusta. Nunca. Tú vas a ser mejor en función de lo que te gusta, esa es una ecuación obvia. Entonces hay gente que está orgullosa de no ir a los toros, pero eso no te hace mejor o peor que nadie. Estoy viendo mucho eso. Y me preocupa.

 –¿Para qué escribes?

–No sé, yo creo que es como lo que decía Rilke: si puedes hacer algo distinto a escribir entonces no escribas. No sé, es algo que no tiene mucha explicación, sobre todo a estas alturas de mi vida. Algo que ya llevo en el organismo. Como por qué haces el amor: bueno, porque tengo una excitación que me está matando, y ése sería un poco el sentido. Y qué buena esa frase de José Balza: “El cuento, como el acto sexual, queremos que dure para siempre pero tiene que terminar”.

 –Cinco canciones

–Daniel Santos con “Linda”. Además que en la versión que tengo yo, recita. “Casta diva” por María Callas en la Norma de Bellini. Ray Charles y Betty Carter con “Baby, It´s cold outside”. Billie Holiday con “The man I love...” Y... ¿qué más? Hay un disco de Chet Baker… Pero aquí sería todo el disco, el que les puse el otro día...

 –Cinco palabras

–Esto sí me cuesta un poquito más. Hay una palabra que me encanta y que la he usado muchísimas veces: preciso. Y recuerdo haberla descubierto como adjetivo literario como a los trece años: una piña precisa, una cosa así. La palabra precisa combinaba. Y sobre todo la palabra impreciso, que era otra que me encantaba. Quizás las palabras que me gustan son las que tienen que ver con lo urbano: ciudad, plaza, calle, patio, palabras que me significan muchísimo, de tanto darle y darle y darle. Especialmente patio y plaza. Aunque avenida ya no tanto.

 –Cinco lugares

–¿Del mundo?

–Del mundo

–No, me gustaría más cinco lugares de Caracas. Es que el mundo suena tan pretencioso. Una cosa que me gusta mucho es mi apartamento, lo amo con verdadera locura. Y la dupla Noctua-Templo interno. También la Universidad Central. Ahí te puedo nombrar el comedor que está en la piscina olímpica. No solamente me gusta en el sentido de ir y estar ahí, sino para imaginar cosas literarias. Un episodio de novela es ése: él conoce a una muchacha comprando películas piratas y se van para el comedor a comerse un pabellón. Y por supuesto, me gustan los libreros de las Fuerzas Armadas, y claro, los del pasillo de Ingeniería de la Central, incluyendo las películas. Caminar por esa universidad es un regalo de los dioses. ¿Ah, Rodrigo?, ahora que estás en plan de salida...

(–No, bueno, me gusta tanto que iba de salida y ahora me metí a profesor –comentó Rodrigo Blanco, extrañamente tranquilo).

–Ésa sería la última pregunta, pero...

 –¿La mentira es buena o mala?

–Wow... Vamos a ir pensándolo.

–¿Pero me bajo con la grabadora o qué?

–No, no, vamos a ir pensándolo y después te digo...

 

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–Bueno, lo que te decía, la mentira y la verdad son un medio, no un fin. Y no son buenas ni malas en sí mismas, depende de para qué las uses.

Hoy, poco antes de darle fin a la transcripción, Federico me llamó para decirme que había hallado el significado de nostalgia. Significa regreso, me dijo. Yo aún no sé a cuál lugar quiero volver, pero sé que Federico ya tiene ese espacio en sus manos. Nostalgia también debería ser un verbo. O engullir perros calientes en la mesa del patriarca.

 

comentarios (1) >> feed
Con los dedos en la salsa
escrito por Paola R., octubre 04, 2007

Comer perro calientes es, definitivamente, una prueba de confianza y de amistad. Es como el bostezar sin taparte la boca, o el verte la cara en un espejo de aumento. No lo haces con cualquiera, y por eso su significación.

Lo complicado con los perros es que, intentes lo que intentes, con plato, agarrado por ambas terminaciones, o con cuchillo de plástico, siempre algo se te derrama por los lados, o la salchica se decuadra de sus débiles muros de contención, tienes que comerte la lluvia de papitas que sobran con las manos, y por razones deconocidas, nunca hay una servilleta cerca.

Federico es de esos escritores con los que provoca salir a comerse un perro caliente. Sin miedo, sin pudor, y con las manos.

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