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Crónicas
El fútbol y su derroche anecdótico
Las patadas de la literatura
El fútbol y su derroche anecdótico
El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso.
Bill Shankly (Entrenador del Liverpool)
Durante la reciente Copa América celebrada en nuestro país, cada vez que un jugador argentino era entrevistado, se mostraba sorprendido por el furor que despertaba la selección argentina, por ejemplo, en Maracaibo. Sospecho que el estupor más profundo lo causaba la desproporción entre el ánimo del venezolano y la calidad de su fútbol. Pero es que el venezolano sabe de fútbol: la escasez de aficionados en los estadios del torneo local así lo confirma. Al venezolano le encanta el fútbol, por eso reniega del suyo y admira a los consagrados practicantes extranjeros. Si se llaman Argentina o Brasil y vienen a casa, mejor aún, se abarrotarán los flamantes y artificiales estadios nuevos. La explicación es sencilla: no se trata de una extravagancia criolla más; el fútbol despierta desbordantes y masivas emociones en casi todos los rincones del planeta: Desde Japón, pasando por Camerún, hasta Croacia; no importa el nivel futbolístico de esas naciones. No creo que sea casual que en Estados Unidos no haya calado esta afición: el estadounidense, a diferencia del resto del planeta, no tiene la noción de mundo, para ellos el mundo son, precisamente, ellos. Desde la extraña final del mundial de España, en 1982, en la que Italia humillaba a los alemanes en el Bernabeu, los mundiales de fútbol se han convertido en el evento (televisivo) más seguido del orbe. Las razones del éxito internacional del fútbol, de su instalación en la trascendencia cotidiana si cabe la expresión- del individuo de a pie, son múltiples y diversas, pero quizás una de las más importantes sea el abundante dinamismo anecdótico del que hace gala.
Alessandro del Piero, temiendo la suerte de Iván Zamorano o Alfredo di Stéfano de no poder marcar un gol en un mundial, llegó a afirmar que sería capaz de hacer un pacto con el diablo con tal de anotar en la Copa del Mundo; nunca sabremos si el brillante tanto que le marcó a los alemanes (en Alemania) llevaba impulsos fáusticos. Baggio falló el penal decisivo en la final del 94 frente a Brasil; en el 98 logró convertir dos penales: uno frente a Chile, otro frente a Francia. Beckham hizo el ridículo frente a Argentina en el 98; en el 2002 anotaría el tanto que dejaría eliminados a los malvinos rivales del sur. En 2006 España, a través de su exacerbada prensa deportiva, quiso burlarse de Zidane y adelantarle la jubilación; pero el maestro del Madrid prefirió burlarse de ellos y jubilarlos de Alemania. Pudo haber dicho: sólo me jubilo a mi manera; el recio cabezazo y sus elegantes costumbres con el balón lo inmortalizaron. En Irak mueren 100 personas a la semana, pero levantan la Copa de Asia de fútbol en 2007. Eric Cantona, estrella francesa del Manchester United, le propinó patadas a un aficionado que lo insultaba durante un partido de la Premier; luego sería el protagonista de un fresco artístico que emulaba la Resurrección de Piero della Francesca. Argentina hizo una Copa América en Venezuela brillante, pero fue caricaturizada por Brasil que llevaba una campaña mediocre- en la final maracucha. Kaká, de familia pudientísima, en su adolescencia sufrió un accidente en una piscina que casi lo deja parapléjico; sus estilizadas formas de conducir el balón ahora, perpetúan la incredulidad de quienes leen su biografía. Lionel Messi tuvo problemas hormonales que afectaron seriamente su desarrollo físico; ahora estos problemas se han convertido en recuerdos jocosos (él mismo se ríe de ellos en un comercial de Adidas). A Ronaldinho lo aplaudieron en el Bernabeu en el 2005 (quien ha vivido en Madrid sabe que la imagen es imposible). La casa de Maradona en Nápoles fue apedreada en 1990, por sus devotos más fanáticos. Raúl González Blanco le marcó un golazo en su debut a los diecisiete años al club que lo había formado: el Atlético. A su entrada al campo de juego del Camp Nou, Figo recibió millones de billetes de monopolio de parte de los catalanes en 2001, mientras le gritaban (ojo: los catalanes) ¡pesetero!. Ronaldo convulsionó la noche antes de la final de Francia 98; la leyenda cuenta que Nike obligó a Zagalo a alinearlo en el 11 titular. Di Stéfano fue secuestrado por un venezolano; y estuvo a punto de ser del Barça, antes que del Madrid. El Real Madrid fue el mejor club del siglo XX; acumula 30 ligas y 9 Copas de Europa. Pero España nunca ha pasado de cuartos en un mundial. Y al furibundo fanático catalán (la frase es un pleonasmo), cuando le recuerdan que el Madrid es oficialmente el mejor club del siglo XX, replica que el Barça es ¡mes que un club! El mejor gol de todos los tiempos se dice (o los brasileños dicen sería más exacto) que lo marcó Pelé con el Santos, haciendo tres sombreros consecutivos en el área chica; pero no hay registro de la proeza. El mejor gol televisado de todos los tiempos lo convirtió Maradona frente a los ingleses en el 86, después de haber marcado uno antes con trampa la mano de Dios-, que fue válido. Cuando le preguntaron por el espectacular y casi idéntico gol de Messi al Getafe, el Pelusa dijo: che, no es lo mismo, yo se lo hice a los ingleses en un mundial. Es verdad, no es lo mismo. El cóndor Rojas hizo la chilenada mayor en el Maracaná en el 89: se lesionó a sí mismo cerca de la sien con un objeto punzante que llevaba escondido en el guante. La idea era que, en caso de derrota parcial probabilísima, se aplicara el plan B, para ver si confiscaban el partido en favor de Chile. La gracia le costó la suspensión de por vida al Cóndor -brillante arquero como pocos en la historia- , un par de mundiales de castigo a la selección roja, y la soldadura definitiva de la frase paquete chileno. ¿Y el gol fantasma de Inglaterra ante Alemania en la final del 66? ¿Y la bajada desde la tribuna de un jeque de Kuwait al terreno de juego en el 82 para ordenarle al árbitro que cambiase una decisión en contra de su equipo? ¿Y la sospechosa goleada que recibió Perú por parte de los locales albicelestes en el 78? ¿Y los excesos arbitrales en contra de la URSS en el 86 o de Argentina en el 66? ¿Y la mítica Hungría del 54? ¿Y el maracanazo? ¿Y las amenazas de Mussolini a los seleccionados italianos del 34? ¿Y la favorecida Corea en 2002? ¿Y el jugador del Nacional de Montevideo que se suicidó en la cancha (que Quiroga no desaprovecharía para un relato de los suyos)? ¿Y el mar de etcéteras que quedan por mencionar?...
Sin duda, anécdotas maravillosas que zumban a la literatura. Ya Juan Villoro logró explicar por qué hay tantos cuentos de fútbol y tan pocas novelas. Por lo demás, Genette nunca tuvo en cuenta al perifoneador futbolístico cuando afirmaba que un relato es transformar un tiempo en otro tiempo. Onetti, Beckett, Miguel Hernández, Alberti, Roberto Arlt, García Márquez, Vargas Llosa, Vázquez Montalbán son, entre muchísimos otros, de esos grandes escritores que se sentían o se sienten- apasionados del balompié (rara y hermosa palabra). Pero casi todos insistían en vivirlo como unos aficionados más, y no intentaban intelectualizarlo. También ocurre el gusto de futbolistas por la literatura y muchos llegaron lejos en él: Guardiola, Valdano, Cruyff Borges contribuyó al espejismo de la escisión entre fútbol y literatura. El fútbol le parecía barbarie, una de esas aficiones que germinan entre el pueblo y la aristocracia (que suelen tener los mismos gustos), pero frente a la cual la burguesía era inmune. El fútbol son 22 hombres millonarios detrás de una pelota, -decía- ¿por qué cada uno no se compra su propia pelota y ya está?. Bueno, se le pudo responder, por decir algo: Ulysses son 24 horas en la vida de un hombre judío, ¿y a mí qué me importa? Un gran intelectual del siglo XX, y una de las sensibilidades más agudas, que odiaba las hipérboles, llamado Albert Camus, llegó a decir: Todo lo que sé se lo debo al fútbol
Ahora prendo la tele y pongo Meridiano TV y ¿qué están dando? Fútbol criollo. El ex-céntrico (ex centro, fuera del centro del arco) René Higuita, flamante portero de un curioso club llamado Guaros de Lara, sale del área a regatear delanteros en la cancha de un estadio Olímpico gris y vacío, se oye una voz con eco gritando: ¡Vamos Higuita!¡Tú puedes!..y lo dice en serio.
Por Juan Pablo Gómez
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