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Boca hay una sola

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Boca hay una sola

  1. Ben Amí Fihman  (Venezuela)
  2. Fundación para la Cultura Urbana
  3. 2007

Otras obras del autor 

  1. Mi nombre Rufo Galo (cuentos)

Fihman hay uno solo   

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Ben Amí Fihman parece un personaje literario construido por el propio Ben Amí Fihman: sombrero panamá, insólitos anteojos de carey, saco de fantasía parecen haber sido escogidos cuidadosamente con el fin de otorgar credibilidad al personaje que él mismo se ha empeñado en forjar. Su paso por el periodismo venezolano de los años ochenta tampoco estuvo exento del shock que dichos atuendos provocaban a su paso. Bajo el empaque de “crítica gastronómica”, este escritor judio-venezolano encandiló a los perplejos lectores dominicales de El Nacional con una colección de  pequeñas joyas narrativas que, aún hoy, conservan el fuego de artificio que antaño deslumbrara.

Ben Amí Fihman nació en Caracas en 1949. Muy temprano abandonó el país e inició el periplo errante que a la gente de su raza no le es ajeno. Así, el joven Fihman vagó por metrópolis tan variopintas como Nueva York, Barcelona y Bogotá hasta radicarse, a mediados de los setenta, en el París que todo aspirante a escritor anhela. Allí, con la facilidad aparente con que siempre ha ejecutado sus ambiciosos proyectos, Ben Amí ideó y llevó a cabo una de sus primeras empresas editoriales: la revista L’ OEil du Golem, que llegó a ser reseñada por Jean-Baptiste Baronian en su legendario Panorama de la littérature fantastique de langue française, publicado en 1978.  Sin embargo, cinco años antes, en su natal Caracas, Fihman ya había mostrado destellos de un particular talento literario cuando en 1973 Monte Ávila Editores le publicara Mi nombre Rufo Galo, su primer volumen de relatos.

Su estancia en París sería un aula abierta en la que el escritor poco a poco iría educándose en el difícil arte del buen gusto. Chefs, comerciantes de vinos y ultramarinos y personajes de la “alta bohemia” parisina serían algunos de sus flamantes inductores. Semejante educación sentimental, empero, se vería interrumpida por un inesperado diagnóstico médico. Ben Amí Fihman retornó de su dulce exilio con una sentencia de muerte a cuestas: los médicos apenas le habían concedido la gracia de medio año de vida.

Ya en Caracas, y con una perspectiva de vida clínicamente efímera, Ben Amí Fihman hubo de toparse con el que a la larga sería el responsable del tratamiento más eficaz para su mal: Miguel Otero Silva. El propietario de El Nacional, con su inveterado olfato cazatalentos, le ofreció al recientemente desahuciado escritor un espacio para que escribiera “de lo que él quisiera”. Fihman ha declarado que aquella propuesta sencillamente le salvó la vida. El efecto Sherezade, si es que tal cosa existe, se apoderó de él y semana tras semana desde su tribuna  “Los cuadernos de la gula” fue sorteando a la señora de negro entre aromas de cordero, albaca y Chablis. 

El tratamiento impuesto por Miguel Otero Silva fue largo y beneficioso. Siete años estuvo Ben Amí Fihman sanándose con la escritura de aquellas crónicas que a mí me gusta llamar humanas pero que para efectos prácticos llamaremos “gastronómicas”. Siete años en los que Fihman se paseó orondo por temas tan diversos como la sociología, el urbanismo, la psicología y el hecho cultural de comer. Siete años que han sido condensados felizmente por la Fundación para la Cultura Urbana en el indispensable volumen Boca hay una sola.

Aparte de ser una exquisita oda al paladar, en este libro se siente el regusto por la fina prosa y la punzante ironía que Fihman sabe manejar con maestría inusitada. “Lo que comemos y bebemos es expresión de nuestra manera de estar en el mundo”, es la máxima que parece guiar al autor en estas páginas y que nosotros como lectores agradecemos con reverencia.

 

 

Por Salvador Fleján. Agosto, 2007

 

comentarios (1) >> feed
Ben, el magnífico.
escrito por Alexis Mora, agosto 30, 2007

Si la vida fuera justa, Ben sería reconocido como uno de los más brillantes escritores de esta tierra ahora devenida tristemente en boliburguesa y revolucionaria. Si este país fuese sensato los libros de Ben serían un best seller indiscutible, agotándose edición tras edición y la revista Exceso no se habría convertido en el bodrio inmasticable que es desde febrero de 2007. Si a los venezolanos nos funcionara correctamente la cabeza disfrutaríamos más intensamente los relatos de Ben, su historia con Melusina (en una suerte de Rivera y Kahlo con color local), sus aplausos y sus abucheos gastronómicos. Pero lo mejor de todo es que ni la vida es justa ni somos sensatos ni nos funciona la cabeza, por eso es que no me canso de aplaudir a Ben y sus textos y pensar que algún día (insensatez incluída) el escenario del Nóbel podría aplaudirlo a pie juntillas. !Larga vida a Ben!

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