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Crónica roja

  1. En este mes de agosto el Caracas F.C., de la mano de Noel "Chita" San Vicente, sale a buscar su décimo título en la liga venezolana de fútbol.
  2. Con el libro de crónicas Dios es redondo, el mexicano Juan Villoro se ha asegurado un lugar inamovible dentro de la literatura futbolística.

Me llamo Rojo

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Para los efectos de esta crónica, mi amigo se llamará “Armando”. Creo que, de leerla, no le disgustaría la idea ya que sería, en su caso, un segundo nombre perfecto. En realidad no somos amigos. La cordial y distante categoría de conocido quizás sea más precisa, pero una similar, aunque no idéntica, pasión por el fútbol acelera el trámite muchas veces moroso de la amistad.

Lo que nos separa es precisamente el grado de diferencia entre nuestras respectivas pasiones por el deporte rey. Para mí se trata, antes que nada, de una manera de constatar el paso del tiempo. Mis estadios, literal y psicológicamente, son los de la niñez. El Brígido Iriarte de mi pasado nada tiene que ver con el de él. Mi equipo, el Marítimo F. C., le dejó paso al Caracas F.C. de sus amores, que ahora regenta el coso ubicado en El paraíso. A lo sumo hay entre nosotros el brillo de complicidad inexplicable que puede haber entre dos desconocidos que cruzan miradas sin saber que han vivido en el mismo lugar en épocas distintas.

Sólo ahora, viendo correr la pólvora de las palabras, puedo entender esta diferencia. En el momento de conocerlo y hablar con él sentí que había traicionado los sueños más intensos de la infancia. Como si hubiera pautado una cita conmigo mismo en un futuro bien señalado y hubiera perdido el rumbo en el trayecto. En el fondo, el fracaso es eso: llegar tarde, o no llegar nunca, al lugar donde nos esperan nuestros primeros anhelos.

Armando forma parte de la Barra Brava del Caracas F. C. Debo confesar que buena parte del impulso de ir a ver la final de nuestra impopular liga de fútbol profesional fue comprobar que, en realidad, en Venezuela existían esas sucursales rabiosas de la lealtad[1]. La otra cuota provenía de un auténtico interés deportivo. Caracas venía de lograr una gesta histórica que ha unido, desde ahora y para siempre, dos parajes tan lejanos y disímiles como lo son Buenos Aires (que sí conozco) y la calurosa y enigmática ciudad de Cúcuta (que espero algún día conocer).

El primer golpe lo recibieron los rioplatenses en su propia casa, en el estadio Monumental del River, el 8 de marzo de 2007. Se trató de la primera victoria futbolística de un equipo venezolano en suelo argentino. El marcador no pudo ser más próximo y desolador, un verdadero espejismo que agota y desconsuela: 1 a 0. El gol lo anotó el colombiano Iván “Champeta” Velásquez, en el minuto diez, y a partir de ese instante el partido se transformó en un oleaje dispar de contraataque y resistencia. Fue hermoso ver cómo la Tortuga F.C iba, por esa mínima e insalvable diferencia, siempre a un paso más adelante de los afanes del Aquiles Plate.

El segundo golpe sí fue definitivo. En fútbol, paradójicamente, la amplitud del marcador implica una estrechez en el lenguaje. Los marcadores amplios no dejan espacio a las palabras, ni a las metáforas, ni a las parábolas borgeanas, ni a las regresiones aritméticas ni infinitas. El 5 de abril el Caracas F.C apabulló nuevamente al River Plate, esta vez con un marcador incontestable de 3 goles por 1. Este juego de vuelta fue realizado en Cúcuta, ciudad neutra y admonitiva, que sirvió de reemplazo al estadio Brígido Iriarte ya que el Caracas F.C, por la virulencia de sus fanáticos, fue sancionado con el destierro de la contienda.

Mi amigo Armando me contaba con orgullo y un brillo de picardía en la mirada el asunto. Él y los de la Barra Brava transformaron la sanción en una excusa para el viaje y emprendieron el camino hacia Cúcuta, con su aureola de exaltación e ilegalidad intacta.

Uno podría calificar de “perruna” la fidelidad de los fanáticos del Caracas F. C, siempre y cuando se le den a ese adjetivo todas las connotaciones que puede acunar. Tanto las habituales que apuntan al cariño incondicional y acompañante, como las que apuntan a una ferocidad instintiva, ese ladrido colectivo que hace retumbar las tribunas del Brígido. Pruebas del desbordamiento de esta ferocidad son, a nivel general, la sanción a la sede del Caracas y, a nivel particular, el expediente que, según sus propias palabras, mi amigo Armando tiene abierto por las frecuentes trifulcas en que ha participado antes y después de los juegos.

Esta dualidad perruna, una sensación de amistad incondicional que puede transformarse en cualquier momento en agresividad o furia, es la que me transmite mi amigo Armando las veces que he hablado con él. En esas conversaciones se le ablanda la expresión y el acento cuando se refiere a la historia del equipo y de su afición. Parece, y esto lo entrañable y aterrador de los fanatismos, que estuviera hablando de una persona en concreto. Alguien a quien solo se puede conocer de verdad si el allegado acepta desvanecerse en la estela abstracta del equipo para luego reconstituirse como una más de sus numerosas e indispensables partes.

Cuando habla del círculo más cerrado de los que forman la Barra Brava la expresión se le vuelve aún más humana, con un fondo de agradecimiento y certeza que le da a su rostro, a pesar de todo, un aire endurecido. Se refiere a ellos como “su verdadera familia”. Las veces que ha estado mal, por drogas, por oscilantes depresiones, o por otras razones desconocidas, han sido sus amigos del Caracas F. C quienes se han preocupado por él y lo han ayudado a salir del abismo. Y lo mismo ha hecho él por sus amigos con los respectivos declives del ánimo y los imprevistos que amargan invariablemente la vida.

Este anecdotario, acompañado de las noticias deportivas del momento, enmarcó mi regreso después de muchos años al estadio Brígido Iriarte. Los camiones militares aparcados en los accesos eran apenas la alcabala del ruido. Armando había abandonado momentáneamente su puesto en la barra para acercarse a la puerta de entrada del estadio y arrojarme, con gesto presuroso, los tickets con los cuales entramos yo y mis otros amigos. “Estamos por el centro”, me gritó luego de arrojarlas, haciendo con la mano que cercaba su boca una pequeña tribuna para que el mensaje se escuchara en medio de la muchedumbre. La otra mano sostenía una cerveza y un cigarrillo.

Si Armando no me hubiera dado ninguna coordenada creo que de todas formas lo hubiéramos encontrado. Los coros, los tambores y las humaredas de colores de la barra del Caracas F. C. hacen del centro de la tribuna una vorágine sonora y vistosa que atrae a todo el que entra. Es difícil sustraerse a ese nudo vital, ese gran corazón formado por otros cientos de corazones, drenando y coagulando una misma pasión que se uniforma con las franelas del equipo, color sangre.

Desde lejos reconocimos a Armando y, cuando al fin estuvimos a su lado, nos sorprendimos al comprobar el anclaje que tiene entre su gente. Encaramado en la baranda del umbral de uno de los accesos, con una maquinita cilíndrica de hacer humo morado en una de sus manos, mientras agitaba la otra con el vaivén típico de los fanáticos argentinos (que siempre parecen estar gritando, en realidad, “volvé Perón, volvé”), Armando dirigía su orquesta. Los cánticos eran a veces tan largos que costaba mucho entender lo que decían. Apenas pudimos captar algunos retazos de esos himnos que dejaban constancia de un fervor que, para la mayoría de los habitantes de Caracas, pasa completamente desapercibido. En medio de una ciudad y de un país esencialmente beisboleros, tropezarse de pronto con aquellos cantos representa algo muy cercano a la arqueología. Pero como la arqueología trabaja con ruinas y no con materia viva, la experiencia que trato de transmitir sería más bien utópica. No se trata de haber hallado los restos de una ciudad que dejó de existir, sino, más bien, de haber dado con el presente irrefutable de una ciudad que para la mayoría de los venezolanos simplemente no existe.

El estadio Brígido Iriarte cobra vida con cada juego de una manera extraña y dolorosa. Gracias a la fanaticada del Caracas el Brígido se transforma en una Atlántida invertida y furibunda, una civilización de fuego, que luce aún más extraviada en los 90 minutos en que resurge, ya no del mar, sino de las cenizas.

Hablando del lugar que ocupa la barra en el estadio, decía que era difícil sustraerse a ese eje violento de donde surgen todos los sonidos y los colores. Es difícil, ciertamente, vencer la tentación de entrar allí pero, una vez dentro, es muy fácil empezar a ver hacia los lados y buscar la salida de ese huracán organizado.

Algo parecido al miedo o al vértigo nos envolvió. Como si todo pudiera salirse de control en algún momento. La situación no era para menos. Se trataba del partido final del Torneo Clausura contra el Unión Atlético Maracaibo, que le daría el noveno título de nuestra liga profesional a los rojos del Ávila. Caracas venía de vencer, contra todo pronóstico, el primer juego de la final en la propia sede del Maracaibo. Yo estaba al tanto de la situación que enmarcaba el encuentro y sin embargo el furor que reinaba en el ambiente me parecía excesivo. Más que la final del fútbol nacional, parecía que se estuviera dirimiendo el destino del poder en el país. Como si el fútbol fuera el formato escogido para decidir el rumbo de la nación. Como si en esa sublimación de la épica que es, en el fondo, el fútbol, se actualizaran las viejas rencillas entre la capital y el corazón petrolero de Venezuela.

Ejemplo de la violencia festiva que teñía de rojo el Brígido esa tarde del 13 de mayo de 2007, eran las consignas que, menos acompasadas y más abruptas que los cánticos, semejaban los ramalazos de una ametralladora de viento. La que recuerdo con más pudor es una que decía así: ¡Maracucho! ¡Yo te cojo! ¡Yestanochevasamorircagandorojo! La otra que recuerdo con nitidez, menos elaborada y más directa, decía simplemente: Ma-ra-cu-chos hijosdeputa! Siendo mi imperfecta separación silábica un remedo del ritmo que marcaban los tambores.

Cuando los equipos salieron a la cancha, mis amigos y yo decidimos que lo más conveniente era alejarnos del agitado centro. Al rato, después de merodear inútilmente buscando asientos vacíos, recalamos en una de las rampas laterales, desde donde pudimos contemplar el espectáculo escindido de las gradas y el juego.

Lo que sigue no sé bien cómo explicarlo. Creo que lo mejor que puedo hacer es agarrar el atajo de la honestidad y decir que la final del Torneo Clausura entre el Caracas F.C y el Unión Atlético Maracaibo es, probablemente, el peor partido de fútbol que he presenciado en mi vida. Esta declaración, por tajante, no es menos compleja. Al igual que en ese domingo que observé el juego en directo, tengo hoy, en esta mañana de domingo en que reconstruyo aquella vibrante y lamentable jornada futbolística, la misma preocupación por el fardo de emociones que he venido apilando en estas páginas hasta ahora. ¿Qué hacer entonces con la Barra Brava y la fanaticada del Caracas F. C? ¿Sobre qué lugar concreto, que no esté hecho de palabras y transparentes anhelos, apoyar esta afición? Si estos eran los dos mejores equipos de nuestra liga entonces todas las esperanzas venezolanas con respecto al fútbol estaban completamente perdidas.

Existen, no obstante, dos factores importantes que atenúan esta impresión. El primero de ellos tiene que ver con la cantidad inmisericorde de partidos jugados por el Caracas en aquellos últimos meses. Luego del histórico triunfo contra el River Plate el 8 de marzo, el Caracas F.C tuvo una racha de compromisos seguidos y cruciales que el equipo afrontó con una fuerza y una calidad que muy pocas veces se ha visto en los registros criollos de este deporte. Desde el 13 de marzo hasta el 13 de mayo, fecha de la final que estoy relatando, el Caracas cumplió con un total de 12 juegos tanto nacionales como internacionales. En ese periodo el Caracas concretó la eliminación del River, sucumbió ante el Colo-Colo, puso en verdaderos aprietos al mítico Santos y además se consolidó en la tabla de posiciones del torneo local. Con lo cual, el siempre desabrido argumento del cansancio es, en este caso, una verdad indiscutible. Estos dos factores (la cantidad de juegos realizados en tan poco tiempo y los buenos resultados alcanzados) atenúan, insisto, la melancólica impresión que me dejó el partido.

Mientras observaba el juego no podía dejar de cotejar la disparidad entre la tribuna y lo que en verdad sucedía en la cancha. La Barra Brava parecía estar animando y disfrutando un juego invisible, distante, captado remotamente por las antenas solidarias de su algarabía. Nada tenía que ver aquella fiesta, de coros fuertes y sin interrupciones, con la caimanera que protagonizaban los dos mejores equipos de la liga. Me dio una profunda tristeza reconocer allí un comportamiento típico de los venezolanos. Ese que nos lleva constantemente a confundir los sueños con la realidad, ese optimismo a prueba de balas que nos hace valorar los restos ruinosos de la tierra como manjares propios del cielo.

Quizás por el color rojo que distingue al equipo avileño y a sus seguidores, quizás porque mi amigo Armando es un chavista militante, no puedo evitar la comparación entre la mediocridad del juego que observé y la Revolución bolivariana, entre la auténtica pasión con que la Barra Brava seguía la incidencias de aquél, y la no menos genuina y ardorosa pasión con que los verdaderos chavistas defienden a ésta. A diferencia del Caracas F.C, la Revolución bolivariana me parece un equipo vulgar que no merece a lo mejor y más voluntarioso de su fanaticada. Es una fantasía roja financiada con todos los insumos que permite nuestra renta petrolera. En la liga mundial de las Revoluciones ficticias (donde la Revolución es juego de disfraces, un carnaval ideológico en que el pensamiento de izquierda se coagula inseparablemente en sus prendas distintivas y se otorga de forma automática a quien se ponga, por ejemplo, una boina roja), la Bolivariana tiene un lugar privilegiado. Es el equipo mejor patrocinado. Una especie de Globetrotters del Sur que ha recorrido el mundo haciendo las delicias de un público que añoraba las maravillas y las acrobacias de un discurso popular, solidario y radical.

Veo que por andar distrayéndome del tema se me han distraído también las referencias deportivas y los símiles. Mezclando fútbol y básquet he incurrido en esa actitud viciada, de barman, que tanto critico en Chávez, esa manía de hacer del discurso una coctelera de palabras, pasajes históricos, retazos de cultura popular, que sólo busca marear, emborrachar, convencer.

Para volver al redil y así alejarme del líder (¿se entiende?, redil líder) me acomodo de nuevo en la lejana rampa de concreto y observo en la cámara rápida del recuerdo el final del encuentro. Con un elocuente empate a cero goles, el Caracas F.C. obtuvo su novena corona en el fútbol venezolano. La tribuna central no daba más y al sonar el pitazo final se desbordó sobre el césped sin importarle los peinillazos de calistenia que dieron los guardias nacionales que vigilaron el encuentro como un ejercicio preparativo para lo que sería el plan de seguridad durante la Copa América.

Lo cierto es que el corazón rojo de la Tribuna central se desangró en cientos de pequeñas gotas alegres que corrían hacia el campo. Tuve el temor de que todo aquello terminara como en el cuento “La ménades” de Cortázar, con los fanáticos comiéndose a los jugadores. Sin embargo, no pasó mayor cosa. Recuerdo apenas una imagen lamentable que, en mi caso, fue suficiente para que deseara marcharme: dos rojos, después de burlar la frontera verde, se lanzaban al terreno de juego, besaban el otro verde, el permisivo, el de los sueños, y levantaban los brazos al cielo, entorchando en ese gesto la flama de sus camisas del Caracas.

Casi un mes después, tuve un desapercibido encuentro que fue como una reverberación de todas las impresiones recogidas ese día. En un local nocturno de Chacao tropecé con un rostro lejanamente familiar. Se trataba de un fanático que el día del juego me había llamado la atención. Con un sentido de la oportunidad digno de Alberto Korda, atiné a enfocar su rostro, que con su silencio parecía dar un paso atrás en medio de la bulla para poder contemplarse a sí mismo y a los suyos en aquel mágico momento. Estaba encaramado en una de las barandas que colindaban directamente con la cancha y en lugar de cantar, simplemente volteaba, arrobado, disfrutando con sencillez y a plenitud la fiesta indispensable que antecede a toda victoria futbolística.

Lo reconocí, en realidad, por la camisa que llevaba. Era la misma que tenía puesta el día del juego y que no es otra, por supuesto, que la del Caracas F.C. Armando me confirmó que muchos de la Barra Brava iban a ese lugar. Y que sí, que nunca se quitaban la camisa.

Esta noche de domingo en que termino de escribir estas páginas marca a su vez el inicio de una nueva temporada de la liga de fútbol venezolana. Es la “Apertura” renovada a una misma vieja e inexplicable pasión. Ojalá que nuestro fútbol eleve su nivel de juego, remonte el marcador y logre, al menos, el tan anhelado empate que le debe a su insólita, y por eso mismo entrañable, afición. Ojalá que llene de sentido ese cambio de piel.

 

Por Rodrigo Blanco Calderón

5 de agosto de agosto de 2007

_______________________________________________

[1] Estoy casi seguro de que esta frase es un vulgar e involuntario plagio a Juan Villoro, a algunas de las muchas joyas que contiene su libro Dios es redondo. Este delito no desmerece, sin embargo, de la propia naturaleza del fútbol. Si todos los jugadores de fútbol, en el fondo, juegan a ser héroes, igualmente habría que decir, de ahora en adelante, que todo escritor que escriba de fútbol está jugando a ser Villoro. 

 

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Compartiendo la experiencia similar 1
escrito por Julio Sánchez, septiembre 07, 2007

¿Podría compartir una experiencia similar a la del autor de éste ensayo? Desde mi infancia fui testigo las contiendas futbolísticas entre dos equipos locales. El ULA Mérida (ahora en tercera o segunda división) y el Estudiantes de Mérida fueron rivales a ultranza que desde sus fundaciones llevaban al “Guillermo Soto Rosa” sus encendidas barras, para nada bravas. A pesar de vivir cerca del coso de Campo de Oro, nunca me atreví a asistir, ni siquiera en los tiempos en que Richard Páez, actual técnico de la selección, llevó al Estudiantes a los más lejos que equipo nacional haya llegado: cuartos de final de la Copa Libertadores. Recuerdo aquel encuentro en Mérida, a casa llena con un torrencial palo de agua, una piscina que sirvió a los nuestros para golear al aguerrido equipo Paraguayo del que olvidé su nombre. Otros triunfos siguieron para Estudiantes, pero difícilmente puedan superar aquella gloriosa gesta. Poco tiempo pasó cuando Estudiantes comenzó a ser un equipo irregular, de mediados de tabla para abajo, incluso llegó a descender. Un mal que sucede a equipos venezolanos con frecuencia. Es que pareciera una enfermedad, una espada damocliana que se balancea sobre los equipos de fútbol criollo. Un año tienen la gloria, al siguiente, cuando las derrotas los lleva al fondo de la tabla, la afición, patrocinantes y allegados los dejan de lado; sólo unos cuantos fieles se mantienen.
Como aficionado intermitente, el devenir de la rivalidad y trascendencia de los equipos de Mérida me ha sido, no temo decirlo, ajeno, indiferente. Unas líneas del periódico local, o el simple dato del fanático eran suficientes para enterarme. Nunca me sentí culpable; sencillo, no crecí con los equipos, no los siento, no los vivo. Pero es aquí, precisamente, donde quería llegar con mi comentario. Esa apatía hacia el fútbol nacional, ese no importaquismo perenne de la afición. Es posible que las recientes mejoras de la selección nacional, el éxito parcial de la pasada Copa América y los nuevos estadios mantengan el ánimo y lleven nueva sangre a los graderíos. Pero no quisiera ver a la selección perder dos o tres partidos seguidos, podría degenerar en una riada de inconformes. A los venezolanos nos cuesta mucho creer en causas heroicas. Nos vamos por lo seguro.
Equipararnos con la afición de países embebidos por el opio del pueblo es insultante. Un buen amigo argentino, perteneciente a una Barra Brava del equipo Atlanta de la tercera división (sí, equipo de tercera división) me muestra con orgullo su cuerpo tatuado con el nombre de sus hijos junto al escudo de su amado club. Sus experiencias en las gradas son alucinantes, donde todos, arrebatados de emoción corean las jugadas, se pierden en los cánticos, maltratan al rival y lloran las derrotas. No hay equipo en la Argentina que no tenga una Barra Brava, me cuenta. Para él todo comenzó con el robo de estandartes, banderas del equipo contrario; eran como trofeos de guerra que se llegó a prohibir para evitar mayor violencia. Los días de juego, la Barra se dirige en tren, autocar o coches particulares para aupar al equipo. Encuentros furtivos con la afición rival, termían en golpes, piedras, palos y hasta tiros. Mi amigo cuenta que en una de sus andadas, a la salida de un baño del estadio se encontró con dos Tortugas Ninja (dos policías anti motín) armados hasta los dientes con escudos, cascos y toda la parafernalia. Entre ambos, lo sometieron a punta de rolo y plana para mantenerlo controlado, primero en la patrulla y luego en la estación hasta la media noche. El club Atlanta, el delirio de mi amigo, está ubicado en Villa Crespo, un barrio clásico del corazón porteño. Fundado en 1904, el club llegó a quebrar en la década del noventa y perder su sede social por embargo. Pero el

Compartiendo 2
escrito por Julio Sánchez, septiembre 07, 2007

orgullo de Villa Crespo, los “bohemios” como hacen llamar, motivo a sus jugadores y vecinos para emprender la más inspirada de sus épocas para devolver la alegría a su fanaticada, jugaron como núnca, hicieron colectas, armaron quilombos. Logrando recuperar su sede social y regresar a la nacional B por cinco años.

Tristemente, aquí, en nuestro exilio kentuckiano, mi amigo no tiene fútbol a donde ir y se seca poco a poco, le falta ese combustible vital que, paradójicamente, viene de la violencia más descarnada. Entre cervecitas Bud Light y los tristes remedos de asados me cuenta las añoranzas de ese pasado que dejó para aburrise en las colinas rodantes del estado del pollo frito. Sólo la ilusión de ver a su hijo, de tan solo ocho años, alcanzar el estatus de jugador profesional le da aliento. “Cuando un argentino ve nacer un varón, ve el balón en sus pies,” dice su mujer. Todo gira alrededor de su gema, el calzado de marca, la remera nueva y el training (como le llama al entrenamiento) alimentan la ilusión de la familia entera, la carta única que los llevaría al paraíso. Para ellos, la Copa América 2007 era cosa seria, decidieron reinstalar la televisión satelital para no perderse un partido. Y nos pidieron, a mi y a mi mujer, que si no íbamos por la Argentina, que mejor no fuésemos a su casa durante la final. Ellos lloraron la derrota, mi mujer y yo coreamos los goles a Brasil. Cada quien es su casa. Mi amigo me contaba luego, viendo mi alegría por Brasil y aupando a los argentinos, que no puede explicarse porqué existen aficionados que se cambian de bando con tanta facilidad, “cómo es que un mexicano usa la remera de su país un día y la de Brasil el otro. ¿Qué aficionado es ese? ¡Unos pelotudos, che!” Entiendo que para él los colores de tu equipo no se irrespetan, van contigo a la tumba, los llevas en la sangre, tatuados, son intransferibles e innegociables.
Con esto vuelvo al aficionado venezolano, ese que he sido toda la vida, un charlatán, fanático del F.C. Barcelona que sólo veo en la tele. Somos aquellos que cambiamos de bando, pasteleros, que solo vamos al favorito. Uno de esos que en una eliminatoria mundialista asistió al estadio, donde precisamente se celebró la final de la Copa América, con remeras albicelestes. El contraste era tan evidente que, al compararlos con los pocos vinotinto, los jugadores argentinos llegaron a pensar que jugaban de local. No sé si esto algo tenga que ver con nuestro devenir político, pero no me cabe duda de que somos guavinosos. Tal vez, en vez de ser la política la que nos transforma, hemos transformado la política en lo que hoy es, y el modelo se ha enquistado e involucionado. Hoy usamos la remera roja, la carta ganadora, mañana cuando éste equipo deje de ser, usaremos otra remera, una que nos de más triunfos, así volveremos a ser fanáticos algo que nos sienta bien. Somos militantes que celebramos los triunfos hasta que duren y luego cambiamos de bando para seguir ganando, porque siempre iremos al ganador. ¿Por qué perder tiempo en perdedores?


...
escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, septiembre 28, 2007

Tienes razón, Julio. Hace nada estuve escuchando una conversación entre mi primo y un amigo. El amigo ponía al tanto a mi primo de todos los amigos comunes que se habían cambiado de bando y ahora estaban haciendo negocios con la revolución.

Basta recordar que buena parte del ya difunto MVR, es decir, el partido político que consolidó a Chávez, provenía de Acción Democrática...y serán los mismos que cuando esto pase (porque esto, muy tarde o no tan tarde, va a pasar) volverán a cambiarse de equipo...

tiene razón tu amigo argentino. En el fondo no se puede confiar en alguien que utiliza la lealtad como una camiseta que puede colocarse indiferentemente.


Su libro esta por venir
escrito por Julio L, octubre 02, 2007

Profesor Blanco

Espero que para el bien de los venezolanos dejemos de cambiarnos la remera y nos quedemos con la que nos corresponde: Venezuela. Asi jugaremos todos y auparemos todos el mismo equipo. Por cierto, la espera por su libro esta por cumplirse. Mi madre llegará pronto y tendre la oportunidad de leerlo.

Saludos,

Julio

...
escrito por Rodrigo Blanco Calder�n, octubre 02, 2007

Sólo espero, Julio, que los cuentos te gusten para que la espera que generosamente mencionas no haya sido en vano.

A LOS INTEGRANTES DE LA BARRA BRAVA DEL CARACAS
escrito por fausto montefusco, noviembre 13, 2009

MEDIDAS DE SEGURIDAD Y LOGISTICA DE MEDIOS


Debido a los recientes hechos acaecidos en el Estadio Olímpico de la UCV en el encuentro Caracas F.C y el Carabobo F.C, la Federación Venezolana de Fútbol decidió acordar que el encuentro del Real Esppor Club esta jornada llevara la denominación de Alto Riesgo, lo que ha llevado a la dirigencia blanca ampliar la seguridad para mantener el orden antes, durante y después del partido. Para este encuentro se trabajará de forma conjunta con Guardia Nacional, Policía Metropolitana, Seguridad Privada y Seguridad Interna, lo que implica extremar medidas en garantía del resguardo de quienes asistan al estadio este domingo.


Prensa Real Esppor Club.- El Real Esppor Club, se ha caracterizado desde sus inicios por el trato cordial que brinda a todos los equipos que han visitado el Estadio Nacional Brígido Iriarte en el Torneo Apertura 2009, en esta oportunidad, y sabiendo el interés del público en asistir al duelo inédito REAL ESPPOR CLUB Vs. CARACAS FÚTBOL CLUB y conociendo que el mejor espectáculo es el que dan los jugadores en la cancha, se hace del conocimiento de quienes pretendan asistir al encuentro, las medidas de seguridad que para beneficio del buen espectáculo se van a llevar a cabo este domingo, esta información no sólo es importante para los aficionados del Caracas Fútbol Club, sino al público en general que asista al estadio.

La tribuna popular o grada del Brígido Iriarte será para uso exclusivo de la barra visitante; en la tribuna principal se habilitará el espacio para prensa, VIP e invitados especiales, niños y estudiantes con carnet. Los precios de las localidades se mantienen en 10 Bs. la Grada, 5 Bs. Niños en la principal mayores de 2 años y menores de 12, 10 Bs. estudiantes con carnet, 20 Bs. Público en general y 50 Bs. VIP (incluye bebidas no alcohólicas), para este partido se les recuerda a los alumnos del campamento y la escuela del Real Esppor Club que pueden canjear 2 boletos de cortesía en las taquillas del estadio.

Las taquillas serán abiertas a la 12:00 del mediodía y el público asistente al estadio tendrá acceso a partir de la 1:30pm, todos serán revisados en la entrada por lo que se agradece, para agilizar el trabajo de los efectivos de seguridad, no intentar ingresar al estadio con:
Armas de fuego, armas blancas, botellas de vidrio o envases de plástico, gasolina, kerosene, baigon o cualquier líquido destinado a encender fuego, bolsos o carteras grandes (solo se permitirán kohalas y bolsos de mano pequeños), cavas o algún tipo de bebidas alcohólicas, se recomienda que los menores de edad estén acompañados por su representante.
Por instrucciones emanadas del IND, queda prohibida cualquier tipo de manifestación con fuego, petardos o pirotecnia en general.

PARTIDO DE ALTO RIESGO CERO ALCOHOL
Debido a los recientes hechos acaecidos en el Estadio Olímpico de la UCV en el encuentro Caracas F.C y el Carabobo F.C, la Federación Venezolana de Fútbol decidió acordar que el encuentro del Real Esppor Club esta jornada llevara la denominación de Alto Riesgo, lo que ha llevado a la dirigencia blanca ampliar la seguridad para mantener el orden antes, durante y después del partido. Para este encuentro se trabajará de forma conjunta con Guardia Nacional, Policía Metropolitana, Seguridad Privada y Seguridad Interna, lo que implica extremar medidas en garantía del resguardo de quienes asistan al estadio este domingo.

Adicional al cambio de hora, para disminuir el consumo eléctrico, medida acordada con el IND, y por orden de la Ministra del Deporte, se suma la prohibición de expender bebidas alcohólicas en cualquier localidad del estadio, medida que informó en una reunión programa con los cuerpos de seguridad y la organización del Real Esppor Club, el vocero del IND Ing. Carlos Dickson, considerando el alcohol un detonante de la violencia en los estadios.


INFORMACIÓN A LOS MEDIO DE COMUNICACIÓN
Para este partido se cuenta con aire acondicionado en las cabinas de transmisión, se les informa a quienes deseen hacer uso de las mismas deben solicitarlas vía correo electrónico, se le asignarán en el orden que las soliciten. Para los medios impresos y redactores web, se ha destinado un espacio en la tribuna principal dentro del VIP, al cual ingresarán con el brazalete que los identifica, EL CUAL SE COLOCA EN LA ENTRADAS PRINCIPAL DEL ESTADIO..
Los medios de comunicación que no han sido acreditados por el Real Esppor Club y deseen hacer cobertura del partido, deben presentar una credencial del medio al cual pertenecen y solicitar el mencionado brazalete.
El acceso al campo será permitido cinco minutos antes del final del partido, para aquellos medios que no realicen cobertura en vivo. Las alineaciones serán entregadas por el departamento de prensa inmediatamente sean dadas a conocer por los equipos.


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