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Primer Premio de ReSeñas 2007 Primer Concurso de ReSeñas 2007
y Aniversario de ReLectura
El martes 11 de noviembre, en el Centro Cultural Chacao, Relectura celebró su Primer Aniversario, premiando a Arturo Gutiérrez Plaza, quien se llevó el millón de bolívares del Concurso de ReSeñas 2007 -organizado por ReLectura y Santillana-, con su reseña sobre Baroni: un viaje, de Sergio Chefjec. Fue una noche íntima en la que recordamos todo lo que se hizo en el 2007, y anunciamos lo que haremos en el 2008. Pero para que todo sea posible, necesitamos seguir contando con su consecuente y entusiasta participación en esta plaza de lectores y escritores, y continuar así dialogando sobre ese vicio inevitable que son los libros.
A continuación, algunas imágenes de la noche, durante la entrega del premio y la típica celebración oriental del equipo relecturiano al final de la noche, en los chinos de Los Palos Grandes.

Federica Vegas, Luis Yslas y Daniel Centeno, anunciando al ganador del Concurso

Ricardo Andrade, quien recibió una mención por su reseña sobre Ébano, de Ryszard Kapucinski, estuvo presente en el evento y leyó su texto (incluido en nuestra sección de ReSeñas)

Luis Yslas, Paola Romero y, en el medio, Rodrigo Blanco (autor del libro Los invencibles, que acaba de salir publicado)

Daniel Centeno, Federico Vegas y Albinson Linares brindando a la salud de ReLectura

De izquierda a derecha: Luis, Ariana, Rodrigo, Adriana, Salvador, Paola, Eulimar y Victoria, en el clásico viaje al fondo de la noche china
El jurado conformado por el equipo de ReLectura y el Grupo Editorial Santillana decidió concederle el Primer Lugar del Concurso de ReSeñas 2007 (un millón de bolívares), al siguiente texto de Arturo Gutiérrez Plaza. Asimismo, esta reseña aparecerá publicada próximamente en Papel Literario de El Nacional. Felicitamos al ganador y les agradecemos a todos aquellos que participaron en el Concurso.
Baroni: un viaje
Sergio Chejfec, Buenos Aires, Alfaguara, 2007
Desde el mismo título este libro nos señala e invita a transitar junto al narrador un recorrido por una superficie que finalmente hallaremos metaforizada en una pequeña hoja de papel de estraza, arrugada por el puño de una mano. Y, en efecto, si bien allí tiene lugar el curso imaginario de ese viaje por algunas regiones de Venezuela, la carga simbólica de ese papel sin lisuras nos lleva a seguir los pasos de un discurso de incierta movilidad que se desplaza entre los pliegues de una geografía múltiple tanto en lo físico, como en lo anímico e intelectual.
A partir de la descriptiva reflexión que motiva la figura de José Gregorio Hernández, hecha sobre una talla de madera por la artista trujillana Rafaela Baroni, Chejfec va construyendo una particular constelación que tiene al personaje de Baroni como centro, desde el cual se irradian diversos vínculos con figuras como el mismo médico santo de Isnotú, poetas como Juan Sánchez Peláez e Igor Barreto o artistas como Armando Reverón, Juan Andrade y Tomás Barazarte.
Se trata de un viaje por interioridades e intersticios, un acercamiento detenido y cauteloso, profundamente intelectual y de un admirable despojo, que explora cierta inocencia inmanente, cierta pureza de alma, y la recóndita sabiduría artística enraizada a esa particular geografía, pues, como bien dice el narrador en el largo monólogo que conforma la novela: Me pareció que esa inocencia es un código genético del arte, y que si yo quería hablar de Baroni debía obedecerlo, así como si quería hablar de cualquier otra cosa (p. 101).
El discurso se despliega como una enigmática (y a la vez muy concreta) y detallada reflexión sobre un espacio que constantemente es cartografiado, al menos, en tres planos: el correspondiente a las entidades físicas referidas en la narración (Boconó, Betijoque, Isnotú, Valera, Mérida, Hoyo de
Una suerte de ingravidez determina todas las percepciones espacio temporales de esta novela. Ingravidez a la que se suma una red de indefiniciones acerca de una trama que se desvanece, en aras de una continua latencia. A través de esta dilatada reflexión que se desplaza geográficamente, se ponen en relieve los atributos topográficos que emparentan al espacio y al pensamiento: Espacio en el sentido más abstracto e intangible de la palabra, la palpitación del entorno, la sensación de armonía, fatalidad o amenaza, el tono del ambiente (p. 79). Con mirada extranjera, el narrador innominado halla en el otro y en lo otro, en lo distinto, una presencia incisiva en la que se manifiestan valores elementales que conjugan la inocencia artística y la simplicidad de lo primitivo, aquello que perdura sin renunciar a lo primigenio. Indagación que se torna obsesiva y que convoca la admiración y la nostalgia por aquello que se sabe auténtico, pero inaccesible (irremediablemente ajeno): formas de emprendimiento artístico profundamente ligadas a un orden natural, ritual y colectivo, donde entre máscaras y sombras, rituales y escenificaciones, se retan cotidianamente los límites entre lo real y lo ficticio, lo sagrado y lo profano, lo culto y lo popular, la vida y la muerte.
Catulo (C. I. 5.303.579)
NOMBRE REAL: Arturo Gutiérrez Plaza
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