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Eduardo Sánchez Rugeles escribe sobre El libro de Esther de Juan Carlos Méndez Guédez

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Señor de la ternura

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Señor de la ternura

  1. Francisco Massiani (Venezuela)
  2. Editorial Monte Ávila (2007)

Otras obras del autor 

  1. Piedra de mar (novela, 1968)
  2. La primeras hojas de la noche (cuentos, 1970)
  3. El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes (cuentos, 1975)
  4. Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal (novela, 1976)
  5. Con agua en la piel (cuentos, 1998)
  6. Florencio y los pajaritos de Angelina su mujer (cuentos, 2005)
  7. Antología (poemas, 2006)

Presentación al alimón del poemario Señor de la ternura de Francisco “Pancho” Massiani

(10 de julio de 2007)

Puedes ver el video de esta presentación, realizado por Carlos Ortiz, aquí: www.youtube.com/watch?v=-EXXB8DMwmE

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Personajes: Florencio y Rodrigo

Escenario: En algún lugar del Celarg, de cuyo piso no me quiero acordar. Decoración habitual de presentaciones de libro: adusta y anónima. Sillas, un escritorio donde van los presentadores. Sobre el escritorio múltiples bebidas espirituosas para todos los gustos: cervezas vestidas de novia, copas rebosantes de vino…

Rodrigo: Florencio…

Florencio: Ginebra, y si hay ginebra por supuesto, jugo de naranja, limones, granadina. Porque a las féminas siempre les gusta echarle granadina…

Rodrigo: Florencio…

Florencio: En serio. La granadina les encanta.

Rodrigo: No, viejo. No es eso. Es que no puede haber caña.

Florencio: ¡¿Cómo que no puede haber caña?!

Rodrigo: En serio. No se puede. Chávez prohibió la caña en todos los actos culturales.

Florencio: ¿Y sin caña cómo puede haber una presentación de un libro de Pancho Massiani?

Rodrigo: Yo sé. Pero no te preocupes. Yo creo que con unas Coca-Colas vamos bien.

Florencio: Bueno, eso es verdad. Pancho se toma como 10 litros de Coca-Cola al día.

Rodrigo: Con razón…

Florencio: ¿Con razón qué?

Rodrigo: Con razón Pancho no duerme. Ya como a las 4 de la mañana está despierto, dándole vueltas en la cabeza a sus poemas. Desmenuzándolos en silencio como el primer pan del día. Con razón…

Florencio: ¿Con razón qué...? (dicho con impaciencia)

Rodrigo: La emoción de Pancho. Yo me levanto a las 9 de la mañana. Para esa hora ya Pancho tiene 5 horas de poesía acumulada. Cinco horas que son como un alud de vida. Es como si Pancho recapitulara cada mañana todos sus recuerdos.

Florencio: Sí, Rorro, tienes razón. Lo más fascinante es que no los apila. No los coloca en estantes. Los va vertiendo por doquier, en las cosas que tiene más a mano: en las páginas que crecen en su cabeza, en las formas redondas y coloridas de las mujeres que salen de sus creyones, en el bosque de esperanzas de sus barbas, en los telefonazos emocionados a los amigos cuando acaba de poner punto final a un poema.

Rodrigo: Yo me quedé loco cuando supe que Massiani también escribía poesía. El primer poema que escuché de él fue ”Macuto”, lo leyó Harold Alvarado Tenorio en la barra del hotel Prado Río, allá en Mérida.

Florencio: ¿Cómo es que dice ese poema?

Rodrigo: Ya te digo que me lo sé de memoria.

 

Macuto
El hombre
del mar
está solo
un viejo y un niño pescan
entre las rocas
la esperanza que no tiene el hombre
que camina al frío del mar
 
La gaviota
corta
el aire
pájaro invisible de la eternidad
 
Dejo la casa
con absoluta pulcritud
quiero que mi mujer
se desvista de belleza
 
Los atletas revientan con el trote
las uvas de playa
en silencio
de mar
 
Los atletas trotan a ninguna parte
acompañan el silencio del mar
 
Mi mujer y yo
jugamos en la arena
como niños
jugamos
a acertar
con las piedras
sobre un arco oxidado
recordando
los amores rotos
 
Limpio la casa con absoluta pulcritud
quiero que mi mujer
se desvista de belleza.
La gaviota
corta el aire
pájaro eterno de la eternidad.
 
Me levanto en la madrugada
limpio todo lo que encuentro
los ceniceros
los platos
las ollas
todo lo que encuentro
lo sucio
la mugre
en una bolsa de plástico
mientras los alcatraces
se clavan en el mar
quiero que mi mujer
encuentre la casa
con absoluta
pulcritud
que se desnuda de belleza.
 
La gaviota corta el aire
pájaro invisible de la eternidad,
eternidad
pájaro invisible.
 
En la noche
dos catedrales iluminadas,
sobre el horizonte
desnudan
a mi mujer en la arena.
Gaviota que corta el aire
pájaro invisible.
 
Los atletas revientan con el trote
las uvas de playa
rabia de mar
nada se oye
los alcatraces
se clavan en el mar.
 
El mar borra
las huellas
de los trotadores.

 

Florencio: Sí… Se escuchó clarito el acordeón.

Rodrigo: ¿Cómo?

Florencio: El acordeón. Desde pequeño Pancho ha estado íntimamente ligado con la música. Quería estudiar flauta o algún instrumento más fácil de transportar, pero su papá lo que le regaló fue un acordeón. Pancho tenía que trasladarse en tranvía, a los 14 años, cargando aquel armatoste por todo Santiago de Chile, hasta  el lugar de sus clases. Más de una dulce viejecita resultó despellejada por los golpes del acordeón…

Rodrigo: ¿Y eso qué tiene que ver con “Macuto”?

Florencio: La musicalidad del poema. Versos de corto aliento alternando con versos de largo aliento. Encabalgamiento de los versos que recuerda al fuelle del instrumento que se cierra brevemente para seguir dando la armonía. La melodía que fluye libre de las teclas, con un sonido particularísimo. Nadie duda al escuchar un acordeón que se trata de un acordeón. Nadie, después de escuchar el primer poema de Pancho, dejará de reconocer los poemas de Pancho.

Rodrigo: Sí. Siempre que leo sus poemas me lo imagino capitaneando un barco. Con un acordeón en una mano y una cerveza en la otra. No por nada su primer poema, escrito en un mural del Liceo Caracas a los 16 años, se llama “Puerto”. A veces pienso que Pancho escribe cada mañana un poema porque le gusta empezar cada día con la posibilidad de tomar un barco. 

Florencio: “Volver a tomar un barco”, Rorro. Así es que se llama el poema. Fíjate que yo también me lo sé de memoria

Volver a tomar un barco
Me separaré del muelle
aún escuchando las canciones y los tragos de mi despedida
desde la cubierta
veré a mis seres queridos en el muelle.
Seguramente ahí estarán mi hija mis nietas
y mi amor para siempre eterno amor.
Me estará esperando en la barra del bar del barco
la que será mi compañera en el viaje
mi gran amor
Llegaremos a un puerto
Ella mi compañera
bajará en ese puerto
me despedirá con un pañuelo llorando en el muelle
volveré al bar del barco
Me estará esperando mi nueva compañera
y para siempre amor
Llegaremos a otro puerto
Ella bajará, mi compañera
Yo volveré al bar del barco
Me estará esperando mi nueva compañera
y para siempre amor
Llegará el barco a otro puerto
esta vez será el puerto que yo he dejado en mi país
Me estarán esperando mi hija, mis nietas
y mi amor y para siempre amor
Dejaré a mi compañera del barco
me bajaré
llegaré al muelle
y me despediré de mi compañera del barco y para siempre amor
y abrazaré a mi antiguo y para siempre amor
soñando con volver a tomar un barco.

       

Rodrigo: Es que para Pancho cada una es como una isla.

Florencio: ¿Qué cosa?

Rodrigo: Las mujeres. Llega a ellas con la ansiedad de un náufrago. Y se aleja como Ulises, porque sabe que los héroes y los poetas siempre, así sea en los sueños,  regresan a casa.

Florencio: Sí. Así sea soñantes y desnudos, pero regresan

Rodrigo: ¿Cómo es la vaina? ¿Desnudos?

Florencio: Sí, bueno. Sabes. Eso que dicen que los narradores cuando escriben se disfrazan mientras que los poetas cuando escriben se desnudan. Tú, como narrador, ¿qué dices de eso?

Rodrigo: Oye, no sé. Yo, hasta ahora en los tres poemas que he escrito, ando vestido. Me imagino que por eso no soy un verdadero poeta. Pero en líneas generales creo que es cierto. Un narrador es un loco que se pone un bombín y echa andar por la ciudad, pescando mañanas bonitas con un aro para pompas de jabón. Tú, joven poeta, qué dices.

Florencio: El poeta, en su desnudez, se acerca más a ese joven sin medias que deambula por Sabana Grande, sin buscar nada, ofreciéndose y guardando una piedra pulida por los besos del mar. O, a ese otro que a pesar de estar disfrazado de bucanero realmente desnuda su alma, cubriéndola de bombillas y de asombro.

Rodrigo: Ajá. Vestimenta versus Desnudez. Narrativa versus poesía. ¿Y Pancho?

Florencio: ¿Pancho? Siempre en pelotas. Él, a diferencia del otro rey, sí sabe que está desnudo.

Rodrigo: Y es que para Pancho, hasta la desnudez es un derroche. Lo impulsa un afán de despilfarrar todo lo que le ha dado la vida (libros, amores, viajes, amistad) sólo para poder volver a recibirlo plenamente.

Florencio: O soñar con volver a recibirlo nuevamente. Porque para Pancho sueño y realidad son una misma cosa. Él respira en un continuo donde se confunden las visiones, las sensaciones, la literatura y la memoria. Obra y vida son en él espejos frente a frente, que multiplican al infinito una misma imagen, esa que siempre regresa y siempre se repliega, como las olas del mar invencible que habita en las entrañas del ser.  

SILENCIO

Voz en off: Los personajes se quedan silenciosos y pensativos. Aunque ni tanto porque alguno de ellos tiene que hacer ahorita de voz en off.

Voz off: voz en off. El diálogo que jugó a ser presentación de libro ha concluido. Los personajes, Florencio y Rodrigo, quedan con la duda sobre la efectividad del mismo. Esta noche, sin embargo, podrán descansar tranquilos puesto que saben que la génesis de toda esta puesta en escena (sin escena) no es otra que el más profundo sentimiento de amistad. Un sentimiento que ha definido a Francisco Massiani, siempre pródigo y Señor de la ternura.  

Florencio Quintero y Rodrigo Blanco

 

Señor de la ternura:

Dialogando una vez más con Pancho

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Hay escritores que uno lee con admiración y reposan en enjundiosas bibliotecas, en solemnes cátedras universitarias y los mencionas con gesto grave y toda la seriedad del caso. Y hay escritores como Francisco Massiani, alias Pancho, alias Señor de la ternura, con cuyos textos te une una larga camaradería, un diálogo amistoso, una abusiva confraternidad. Hablaré esta noche de ese diálogo con sus textos que se ha ido enriqueciéndose con los años, como las buenas y largas amistades.

Por allá en la adolescencia, las desventuras de Corcho, el emblemático personaje de Piedra de mar, iniciaron este diálogo. El amor, o más bien el desamor que sufría el personaje, y toda la gama de dificultades que conlleva ese complicado tránsito de la infancia al mundo adulto, me conmovió sin remedio. Su inseguridad, su temor al rechazo, su torpeza, su incapacidad para exhibir trofeos, y su inmensa ternura. Lo más interesante era la perspectiva desde la cual el cuento era echado. No era como “La I Latina” o “Panchito Mandefuá” de Pocaterra o Mujercitas de Louis May Alcott, o Las aventuras de Tom Sawyer, historias infantiles o juveniles contadas desde la perspectiva del adulto. En Piedra de mar era Corcho mismo el que contaba la historia, era desde su propia perspectiva y subjetividad que se echaba el cuento, ergo, alguien como en mis mismos rollos eran quien hablaba, y además en caraqueño, y ojalá me hubiese ayudado a entender a mi Corcho personal, Luis, que me lanzaba tímidas sonrisas o a veces frases agresivas desde el pupitre de al lado.  Pero no fue así, Corcho no le allanó el camino a Luis. Algún tiempo después me tropecé con un primo literario de Corcho, David, el protagonista de Al Sur del Ecuanil de Renato Rodríguez. Un primo con los mismos dilemas pero un tanto más cosmopolita. Hoy, algunos años después, como profesora universitaria, me ha tocado ayudar a mis alumnos del curso de Literatura venezolana de la Escuela de Comunicación Social a amistarse con Corcho y sus conflictos. Es evidente que no les resulta muy difícil encariñarse con él.

El diálogo con los escritos de Pancho Massiani se enriqueció luego con sus relatos. Entre ellos destacaré tres, por razones distintas: “Un regalo para Julia”, vuelve a mostrarnos de un modo eficaz e irrepetible al adolescente con sus inquietudes y sentimientos a flor de piel, sin saber bien cómo expresarlos, que parece pisar un terreno movedizo, en el cual se hunde sin remedio. Su corazón y el pollito sacrificado se van entrelazando en ese diálogo inconcluso, que no fluye, que se asfixia por el camino en los primeros escarceos del amor. La ternura y la crueldad se superponen tras el eco de las risas que condenan su fracaso, su torpeza. Julio Miranda, en su discutido Proceso a la narrativa venezolana me llevó hasta otro de los relatos que mencionaré: “Yo soy un tipo”: “¿Quién duda que yo soy un tipo? Y cuando me pongo mi terrible bluyín, y me forro el pecho con el pulover que me trajo el primo de allá arriba, y clavo mis botas tacón aluminio en Bebi, y arranco, ¿quién duda que yo soy un tipo? Así y todo sin la Bebi ¿quién lo duda?”. Me gusta ese cuento por su irreverencia, me parece que representa como pocos ese cambio radical de perspectiva que patentó la juventud de la década violenta, que heredó mi generación y la que ahora anda por allí. El lenguaje mismo del “tipo” lo construye como personaje, lo saca precisamente de todo vínculo con los encorbatados de la “city”, y lo hermana con los personajes de la película “Easy Ryder”, con los beatniks norteamericanos y los muchachos del mayo del 68 francés. Por último me referiré a un cuento que también he compartido con mis alumnos por la manera extraordinaria con que representa la dinámica del universo ficcional, los múltiples sentidos y lecturas que un texto puede adquirir: “Había una vez un tigre”. En este cuento fantástico, un libro, a medida que es abierto por distintos lectores, va cambiando sus signos. Cada lector encuentra en él un mensaje distinto. Este cuento me fue entregado a mi vez por Catalina Gaspar, en un taller que dictó hace un par de años.

Estos diálogos previos me sirven para llegar a puerto, al libro que hoy presentamos: Señor de la ternura. Varios de las características que he mencionado vuelven a aparecer en la poesía de Pancho Massiani. La importancia del vínculo amoroso y afectivo es fundamental, traspasa los dos libros recopilados configurándose como eje. Nuevamente el balbuceo, la reiteración, la torpeza, el tono quebrado textualizan el sentimiento. Lo que interesa no es elaborar una bella expresión, sino decir lo indecible, valga la paradoja. Decir aquello que te pone en ascuas, que no te deja dormir, o que es como una espina rozándote, una espina clavada que arde. Algo muy cercano a la confesión en la mesa o en la barra de algún bar –mejor si es de mala muerte:

Camino
Aparece tu cuerpo viniendo hacia mí
y ya creo que has llegado y que
te has ido
como si tú pudieras ir
y venir
con sólo mirarme
apenas si me miras un poco desde allá
desde donde tú estás
hacia donde yo estoy
y ya puedes ir y venir
no habrán calles ni plazas ni
esquinas ni semáforos ni relojes
ni venir ni
llegar
apenas tu cara y a mi lado
llenas la llegada y la venida y
la partida
con tu cara llenas mi lado
del lugar donde tú estás
donde los relojes son de espuma
ni calles ni esquinas ni pasos
hay un tiempo que viene y va y regresa ya antes de llegar y
llega antes de partir
cuando apenas asomas tu cara
desde donde tú estás
tu cuerpo viniendo hacia mí.

 

En Señor de la ternura también algún breve texto traza con precisión, belleza y distanciamiento los laberintos del amor:

 

Para dar con el amor
Para dar con el amor
es preciso conversar con el silencio.
Caminar sobre las palabras
con zapatillas de seda.
Trepar por los peldaños
del tiempo
y llegar hasta el final de la escalera
caer al abismo:
la arena más sólida y pura.

Otro de los temas que se reiteran en Señor de la ternura es el problema de la identidad, del sujeto escindido, perdido, incomunicado, en medio de la ciudad. Pero este sujeto perdido ya no es un muchacho. En ello me recuerda algunos textos del ya mencionado Julio Miranda. La descripción de ciudades extranjeras parece exacerbar esa condición, que en algunos poemas se expresa de manera surrealista o en la sobreposición de tiempos. En el poema “Postales Barcelona”, por ejemplo,  pasa un caballero de capa y espada abrazado a una puta y luego aparece Colón arrodillado y un enano que dibuja tigres y palomas, una niña, una teta y un caballo muerto. El poema, en fin, recuerda a algunos cuadros de Salvador Dalí. Otros poemas nos recuerdan In vino veritas de Ludovico Silva. Son poemas que definitivamente parecen vinculados a los vapores del vino. En todos hay un sujeto que se expone, sin pudor alguno, en su soledad, en su tristeza, en su alegría, en su desconcierto, en su embriaguez.

Quisiera terminar mi intervención leyendo un breve poema que puede considerarse una poética:

Todos los poemas hablan de lo mismo
Todos los poemas hablan
de lo mismo
hablan de la muerte o de la vida.
El día que nazca un poema
diferente
dejaré caer el poema
y veré una estrella.

Beatriz Alicia García

comentarios (5) >> feed
massiani dibujante
escrito por cesescor, julio 13, 2007

De pinga por el viejo Massiani que se publique su poesia, lo que me parece infame es la portada del libro, han debido poner un dibujo del propio autor , que bastante que se destaca en esas lides.

!
escrito por Jaime Dinas, julio 19, 2007

A mí sí me gustó la portada. La infamia es otra cosa...

...
escrito por luisyslas, julio 19, 2007

Jaime:

¿Esa otra cosa es tan infame que no se puede nombrar?


...
escrito por Rorrito, agosto 01, 2007

Infame fue el actico teatral de aquellos dos... Ay, Rorro!

MARAVILLOSO
escrito por HÉCATE, noviembre 11, 2007

ME ENCANTÓ!!!! acértadísima la descripción de Pancho, los poemas enamoran a cualquiera y definitivamente hablan de Pancho porque al leerlos te dejan la mísma sensación que al conocerlo, la de querer volver a su lado. MUCHOS BESOS PANCHO, TE FELICITO, DEFINITIVAMENTE TIENES EL DON

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