La ciudad y los libros
Crónicas
La Suma de todos los anagramas
Suma y sigue en Sabana Grande
- A pocos pasos de la estación del Metro Plaza Venezuela, en pleno bulevar de Sabana Grande, se encuentra esta librería clásica de Caracas
- Suma sobrevivió con heroísmo a la marabunta buhoneril, y continúa ofreciendo libros de calidad a precios gratamente insólitos
- Corcho, célebre personaje de Piedra de mar de Francisco Massiani, solía curiosear en esta librería y preguntar por el libro de un tal Godikenz.
En el bulevar Sabana Grande fueron pocos los sitios que sobrevivieron a la hecatombe buhoneril. Un amigo suele llamar a este oscuro período los años de la ignominia y el vallenato. Sin embargo, hay lugares e instituciones que por motivos desconocidos están llamados a perdurar en el tiempo: la librería Suma es un claro ejemplo de que no sólo los diamantes son para siempre.
Para mí constituye un arcano indescifrable saber cómo una librería logró sortear aquel vendaval de discos piratas, maniquíes voluptuosos y fritangas enervantes. Sin duda estamos ante uno de esos prodigios que se suceden en el arte cada cierto tiempo. Si no, echen un vistazo al entorno de la librería: muchos de sus vecinos desaparecieron o mutaron en negocios inclasificables cuando los informales se enseñorearon en el paseo y todo parecía indicar que nada ni nadie los desalojaría de allí.
Pero ocurrió un milagro, es decir, se hizo cumplir la ley y el bulevar, como por arte de magia, ha retomado parte de su añejo esplendor. Suma, por su parte, sufrió algo parecido a un proceso de hibernación que hubo de beneficiarnos a todos. Mientras afuera se libraba la tercera guerra mundial, puertas adentro la vieja librería albergaba intacto el mejor surtido de libros que pueda conseguirse en la ciudad. Y aquí viene lo más notable: Raúl Betancourt, decano de libreros y propietario de Suma, jamás recurrió al enojoso expediente del remarcaje de precios. Betancourt merece medallas y pedestales: no muchos de sus colegas se han resistido a la tentación de la etiqueta.
Entrar en Suma es como ingresar a una cápsula del tiempo. Una cápsula que fue sellada hará seis o siete años y que hoy se nos abre como una flor. Hasta la vieja dama que ha atendido la caja por años parece haberse beneficiado con la criogénica del local.
Pero volvamos a los libros. Retorné a Suma tan pronto como desalojaron a los mercaderes y el bulevar volvió a ser el templo que alguna vez nos ofrendó sus delicias. Cuando traspasé sus puertas y me subsumí en sus interminables anaqueles me embargó un sentimiento muy parecido a la dicha. Joyas inconseguibles de Tusquest, Cátedra, Seix Barral y, sobre todo, Anagrama aguardaban, incólumes, por los fugitivos lectores.
Pero las sorpresas no terminaban allí. Cada ojeada a las contratapas constituía una sorpresa y un triunfo contra la inflación. Dudo que en Caracas exista otro local donde se pueda disponer (a precios solidarios) de casi la totalidad del catálogo de Anagrama. Y Suma es algo así como la Mackenna´s Gold de esa editorial.
Desde entonces, mi antiguo temor al bulevard ha trocado en otro, si se quiere más placentero: pasar por Suma equivale, desde hace unos meses, a dejar una buena porción de mi escuálido salario en sus arcas. Pero qué se le va a hacer, esas hijas amarillas de Jorge Herralde bien lo valen.
Salvador Fleján
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