Autores
Lista de Autores
Marinoni, Miriam Marinoni, Miriam
Obra publicada
- Vade retro. Bid & co editor, 2005. Caracas, Venezuela. (Finalista del Premio de Novela Planeta 2001).
- Serafina Altieri. Ediciones Akal, 2006. Madrid, España.

De nacionalidad venezolana, nace en Montevideo (Uruguay) en 1948. Reside en Venezuela desde el año 1973, en donde obtiene los títulos de Profesor de Lengua y Literatura (UPEL) y Magister en Literatura Latinoamericana (USB). Ocupa varios cargos docentes, casi siempre a nivel de postgrado, en varias universidades del país (UCAB, LUZ, USB) y, paralelamente, trabaja como guionista de telenovelas, en el canal ocho, en Radio Caracas de Televisión y algunas productoras independientes. Se destacan, entre otras, La Dueña y Por estas calles. A los cincuenta años, decide dedicarse, en exclusiva, a la literatura de ficción.
Opinión sobre la literatura: El veneno de la escritura
Cuando pienso en mi relación con la literatura la primera palabra, contundente y única, que me surge para caracterizar la simbiosis, ya de larga data, es clandestinidad.
En los albores de la vida, cuando las espinillas y las hormonas me molestaban el cuerpo y la cara, juventud divino tesoro que te vas para no volver, tuve que amordazar a la señora literatura siempre tan aseñorada, mientras el sol estuviese presente. Sólo podía hundirme en ella, leer, volar, inventarme en otros, cuando la noche, al fin, siempre cómplice de actos delictivos, me permitía la digresión, la entrada a mi predilecto prostíbulo.
Nacida en los 50, cuando las familias consideraban que las niñas debían prepararse para arroz con leche me quiero casar con una señorita que sepa coser, bordar y planchar, se miraba con mucha sospecha a la señora tan aseñorada porque podía pervertir el sano decreto de crecerás y te reproducirás, único e inalterable mandato bíblico para las pobres féminas de aquella época. Por eso, tuve que leer y más leer, salir de viaje de la mano de Tolstoi o Dickens o las Bronte, cuando la familia dormía y yo, de puta trasgresora, podía acoplarme con mis amantes, abejas zumbonas de mi imaginación sin fines ni confines, y sentir sus besos, mordiscones y caricias hasta llegar a los orgasmos de mis ojos exorcizados por tantas palabras de embrujo que me permitían tantos y tantos disfraces para ser sin ser.
Ya adulta, legalicé mi vicio transformándolo en profesión. Tuve que pasar ocho años, un profesorado y un master, para que la familia le permitiera a ella, a mi literatura prostibular, sentarse en la mesa y compartir el pan y el vino. Leí y más leí, con el olor de las aulas, chirrido de tiza, escritorios rayados, profesores de voz gutural que me fueron desenterrando desde el Inca Garcilaso, pasando por el verde que te quiero verde, hasta otros y tantos a los que fui amando. Por algunos enloquecí de pasión, afincando una vida paralela a una realidad real, la del día de todos los días en donde cumplí el mandato bíblico y crecí de cuerpo y me reproduje. La otra realidad, la intangible, la de las palabras que van y vienen, aquellas que me vapulearon y me vapulean, brujas emponzoñadas, siguieron prestándome los disfraces para ser de clandestina, por supuesto, Madame Bovary o Amaranta Buendía, la de los amores desmedidos de chinchorro.
Aunque de títulos consagrados en honorables pergaminos que certificaban la decencia de mi pasión, la vida, oh la vida, me obligó y quise hacerlo, a combinar la mezcla insólita del pan nuestro de cada día, tetas chorreantes de leche, lista de mercado y perros que viven y mueren, con mi otro yo, el de escondite, el clandestino, el que siempre admitió el papel de segundón frente a la supremacía de los míticos roles de madre y esposa.
Por eso, aún de toga y birrete, la señora literatura tuvo que conformarse con ser a destajo, sacrificarse y reconocer que nada era frente a las exigencias de los personajes de carne y hueso que me absorbían hasta monopolizarme. No era nada más que una triste sombra con su gente bailarina de papel y tinta, siempre de sótano de mis trasnochos prostibulares.
Pero el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos y cuando los hijos se fueron yendo y necesitaban menos de la loba de Rómulo y Remo, frisando la cincuentena, decidí, justicia era, buscar mis propias palabras y nombrarme, yo, la belle de jour, directora de mi propia putería.
Me menté, me bauticé escritora, corregí la fórmula de los lentes, maldita presbicia, y me transformé en un kikirikí para dejar que mis dedos, noctámbulos de amanecer, llenos de pájaros incógnitos que pedían volar, buscaran sus propias palabras y fueran los disidentes de tanta vida de verdad para, por fin, estrenar la mentira, la hermosísima mentira de mundos de nada, de palabras que te tuerzo y te retuerzo, de que te exprimo y te expando, de que te encuentro y te me escapas, de que te tengo y te vas.
E inicié el soliloquio, el diálogo de yo conmigo, estrenando la más solitaria de las profesiones, porque no hay soledad más sola que la de alguien que decide, desde un fondo masoquista en donde el placer y el dolor se dan la mano hasta sangrarse los dedos, centrar su vida en una hoja en blanco que busca, golpe a golpe, verso a verso, llenarse de seres y mundo ignotos y sale, mañana a mañana, cual Cristóforo Colombo, sin joyas ni reyes de apoyo, a ver cómo delinea las formas de su imaginario continente.
Uno se acostumbra a hablar sólo, a regañarse, pocas veces a felicitarse y muchas a soplar las ráfagas negras de la depresión. Más te valdría, me he dicho, nos diremos, más de una vez, criar cuervos para que te quiten los ojos, que este empeño desmesurado y loco de ir acumulando montañas de papel para, por ahora y como mucho, anillarlas en tapas azules y repartirlas entre los pocos amigos que se arriesgan a la aventura de ser los primeros colonizadores de tus, nuestros continentes ya descubiertos y violados con la Pinta, la Niña y la Santa María de nuestras solitarias palabras y más palabras.
Más o para menos, la consistencia social de mentarse escritor, es como una babosa indecisa que no llega a ser caracol, salvo, por supuesto, que haya logrado, mínimo entre los mínimos, la concha de la consagración. Dígame aquello de presentarse como sí, mucho gusto, escritor, y uno de mirada boba y los demás de mirada perdida con, oh qué original, qué divertido, seguido de la pregunta sobre los resultados de los partos mucho más dolorosos que los de la vida real y uno, de más sonrisa boba, hablando de las anilladas fotocopias de estricto azul que si usted desea, yo lacayo, usted rey, puedo hacerle llegar a sus manos.
Y ni hablar de la invisibilidad de la que uno se va recubriendo el cuerpo, porque éste mi oficio de puta de escondite en amaneceres de amaneceres, termina, por lo largo e infructuoso en la mayoría de los casos, salve el rey a los elegidos, transformándonos en sombras nada más entre tu vida y mi vida.
Porque madre es teta chorreante, esposa es comida caliente en la mesa, canario que canta, perro que ladra, gato que maúlla. Pero esto de escritor es como ser mudo entre los sordomudos y andar por este mundo con un escúchenme atravesado, cual dardo mortífero en la garganta, soñando con ser, aunque más no sea, un aeda medieval, y pararse en cualquier esquina, para, a grito pelado, contar el que te cuento cuento parido desde nuestras más entrañables entrañas.
Sin embargo, oh terquedad de las musas, sigo de kikirikí, entre las horas de round entre la luna y el sol, sitiada por el masoquismo del placer tan cercano al dolor, cercada por la soledad tan sola, cual Cristóforo Colombo, esperando un día que quizás, tal vez, puede ser, por qué no, me tope con unos indios que me den la bienvenida a éste, su continente, señora escritora.
Mientras, cultivo matas, entierro perros, cocino el pan nuestro de cada día, me regodeo en el olor a nuevo de la nueva carne de la carne de mi carne y los huesos de mis huesos y sigo de puta sola de ping pong sin contrincante de palabras que van y vienen, se me escapan, las estrujo, se me esconden, las encuentro, emperrada en mi prostíbulo de amaneceres.
Artículo publicado en la Revista Proscriptos Número 6 (España)
Obras recomendadas
Enumerar los libros fundamentales de cualquier vida resulta difícil, pues fácilmente, caemos en la trampa del olvido. Lo intentaré, tratando de mantener un orden cronológico entre edad y lectura:
-
Obra completa de Louise May Alcott.
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Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain.
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Corazón de Edmundo de Amicis.
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Cuentos de Horacio Quiroga.
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Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
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Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa.
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Beatus Ille de Antonio Muñoz Molina.
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Delirio de Laura Restrepo.
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La hermana de Sándor Márai.
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