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El pollo sin cabeza

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El pollo sin cabeza

  1. Charles Simic (Yugoslavia / Estados Unidos)
  2. Fondo Editorial Pequeña Venecia (1999)
  3. Selección y traducción de Juan Carlos Galeano

Otras obras del autor 

  • Dismantling the Silence
  • Return to a place lit by a glass of milk 
  • Charon's Cosmology
  • Classic Ballroom Dances 
  • Unending Blues
  • The World doesn't end

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Charles Simic: Entre sonrisas y cenizas

 “La profundidad hay que esconderla. ¿Dónde? En la superficie.”

Hugo von Hofmannsthal

 

       Al abrir la primera página de este libro aparecen cinco dedos, de la mano derecha. De entrada: un encuentro entre dedos, los que se posan en la página recién abierta, y los que en ella habitan. Y en ese inusual mano a mano, los dedos del poema van develando su condición de extrañas criaturas, de bestiario manual. El pulgar, “gallo de sus gallinas”, “trompeta del diablo”; seguido del que “cruza la tierra” y “se señala a sí mismo”; y luego el del medio, que anda en “busca de algo que tenía y lo perdió”; y el cuarto, “un misterio” que “salta de repente / como si alguien dijera su nombre”; y, finalmente, el meñique, “débil y obediente”, pero “que sabe pesar una lágrima y sacar la paja del ojo”. Cinco réprobos de la mano, desmembrados de su naturaleza de racimo por el quehacer de un poeta que ha sabido despertar esa rara vivacidad de lo inanimado, reduciendo a fragmentos autónomos cinco formas condenadas a vivir en una mano derecha. Lo siniestro de lo diestro.

       Ése es el inicio de El pollo sin cabeza (edición bilingüe), antología poética del escritor norteamericano de origen yugoslavo, Charles Simic, seleccionada y traducida por Juan Carlos Galeano para Pequeña Venecia, y cuyos versos revelan sin duda el estilo magistral de un poeta que sabe transitar, con una clarividente y sensible escritura, de la ternura a la ironía, del absurdo a la nostalgia, pero enfocando siempre su mirada en la realidad de los seres y vivencias de la intrahistoria humana. Ese cosmos de objetos, personas y situaciones que solemos pasar por alto, y que es mostrado en el libro no sólo como un rico caudal de bellezas y certezas, sino además, como diminutos espejos en los que podemos aun reconocernos. Como un prestidigitador de las formas, las funciones y las cosas rutinarias (o demasiado evidentes para pensarlas o sentirlas bellas), Simic exhibe con audacia su carácter grotesco, mágico o simplemente misterioso, provocando simbologías inusitadas que sacuden y sorprenden tanto por su densidad semántica como por su sobriedad verbal. Un poeta que opta por la observación minuciosa de lo terrenal, y desde allí, en un acto que es también un rapto de recreación fenomenológica, consigue hacer levitar las imágenes que de su paso por lo real, de su paseo por la tierra ha ido tomando, transformando y reviviendo. Así, los siguientes versos que llevan por título “Poema”, muy bien podrían entenderse como un ars poética del autor:

Cada mañana me olvido de muchas cosas.

Veo al humo remontar

Con grandes pasos la ciudad,

Y no le rindo cuentas a nadie.

Entonces, me acuerdo de mis zapatos,

Cómo me los tengo que poner,

Cómo al amarrármelos

Vuelvo a mirar la tierra.

      Un ojo en el cielo y otro en las cosas, en los hábitos diarios. Y en ese doble mirar, del cielo al suelo, el poeta (re)anima la vivacidad agazapada en objetos como un zapato, un tenedor, una toalla o una fruta; como en ese breve y admirable poema titulado "Sandías":

Budas verdes

En el quiosco de las frutas

Nos comemos la sonrisa

Y escupimos los dientes.

       Se trata pues de una poesía que con pocas pero intensas palabras privilegia el contrasentido, la inversión de las convenciones lógicas, y que recuerda por momentos a las odas elementales de Pablo Neruda y a los poemas de Francis Ponge. Porque, como el mismo Simic anuncia en uno de sus poemas, “La época de los poetas menores se acerca. Adiós Whitman, Dickinson, Frost. Bienvenido tú, cuya fama no irá más allá de los de tu familia y quizás uno o dos buenos amigos alrededor de una jarra de buen vino...”  Una poesía que apuesta por la grandeza de lo minúsculo, que recorre la periferia de los “grandes discursos”, y que no le interesa de ningún modo abandonarla. Una apuesta que es también una respuesta poética a un mundo y a un arte enajenados históricamente por la hueca grandilocuencia, abandonados a la angustia de saberse deshabitados no tanto de vida como de vitalidad, consumidos por el consumo despiadado, y amortajados por el devenir vertiginoso y mortífero del progreso occidental. Frente a este escenario nada alentador, ante este “paisaje con muletas”, como el mismo Simic lo metaforiza, su escritura evidencia la férrea voluntad de humanizar lo inanimado al mismo tiempo que desmitifica lo consagrado. Por ello, el poeta no duda en mostrar su deseo de levantarle la falda a la cotidianeidad, y expresar con rebeldía, en un gesto de dolor y amor complementarios, el musitar de las cosas calladas, el existir de los seres sin nombre, antes de que sean devorados (u olvidados) por la hipocresía desalmada del devenir histórico. Porque la historia, esa con mayúsculas, muy bien podría ser, como señala el autor en “Monumentos públicos”:  “una gorda / vestida con overoles”, quien “dibuja un círculo / Para que no se le salgan los pollos / Se va cojeando hasta la cocina / Para traer el cuchillo y la olla. / Hoy ha regresado de nuevo / Con un bulto de maíz amarillo. / Escucha cacarear las gallinas, / Y los perros hacen sonar sus cadenas.”

       Las cosas sencillas y los seres anónimos adquieren así no sólo un brillo de sorpresa, a ratos de angustia, sino también una trascendencia humana que los sitúa en otro nivel de importancia y percepción. Así, los temas del exilio, la guerra, la infancia o la familia son vistos y recreados al trasluz de los objetos y aconteceres cotidianos. Por eso los poemas de Simic pueden entenderse también como pensamientos comprometidos con el devenir humano. Su poesía es un deliberado gesto de desdén por las palabras hinchadas de erudición u ortodoxia, y desde ese desdén, el poeta dispara a la sensibilidad del lector una doble inversión (y trasgresión) de los discursos hegemónicos. En primer lugar, la inversión semántica, es decir la elección de un mundo de casos, gentes y cosas corrientes, trasmutados en un caleidoscopio de imágenes que subvierte el carácter globalizador, adulterado y discriminador de la historia. Y en segundo lugar, la recurrencia a la brevedad y sencillez de un lenguaje despojado de ripios y solemnidad. Un puñado de versos que lejos de cifrar verdades sugiere más bien desconciertos e incertidumbres; relámpagos, no claridades.     

       Porque para Simic sentir y trasmitir el sinsentido de la vida es quizá una manera de sobrevivirlo, y trascenderlo. De allí el propósito de negar el fundamentalismo racional –ése que nos ha llevado a la Luna y nos ha matado de hambre- y remontarse a ese ámbito de la imaginación, que es también un espacio (pre)histórico, donde “dos por dos eran tres” y “empollaron al que no tenía cabeza”. Ese pollo sin cabeza que da título al poemario, símbolo de un compromiso recurrente (y ocurrente) con aquella parcela de lo real que Julio Cortázar define como el universo de los cronopios, es decir: un lugar donde se le tuerce el pescuezo al sentido común, y se deambula azarosamente por los callejones de la otredad. Una oscilación constante entre el humor y la melancolía, entre la risa y el llanto, entre el absurdo y la atroz realidad. Una mueca de versos, quizá como la que aparece en “Austeridades”:

De lo que sobró

De media hogaza

De pan negro,

Hicieron la cabeza de un niño.

Niñito, le dijeron,

No tenemos nada para hacerte los ojos

No nos queda nada para tus orejas,

Tampoco para la nariz.

Sólo un cuchillo

Para hacerte una marca

Con la forma de la boca

Para que hagas muecas,

Para que comas,

Para que nos escupas

Las migajas en la cara.

          Una estética que es al mismo tiempo una ética del lenguaje y de la vida. Y además: un quehacer artístico por rescatar ese lenguaje prístino donde las palabras vienen al encuentro de las cosas y éstas a su vez aprenden a hablar. Pacto entre la poesía y las existencias carentes de lenguaje y vitalidad. Y no se trata  de una evasión hacia las fruslerías de lo real, sino de una inmersión en las aguas de la vida diaria, de donde se extrae una percepción más transparente, más auténtica y sensible de los seres y las cosas. La poesía de Simic es un aprendizaje de los sentidos. Una manera de contemplar la vivacidad, aun en los instantes más desoladores, tragicos o absurdos de la existencia.

         Cuenta Bárbara Jácobs que una vez el abuelo del poeta, en una Yugoslavia asediada por los morteros de la Segunda Guerra Mundial, se fingió muerto. El niño Charles, al entrar y verlo rígidamente acostado, tapado con una sábana blanca y rodeado de velas, se soltó a llorar. “Ya cállate, Savo", ­le gritó el abuelo­. "¿No ves que sólo estoy practicando?".  En esa anécdota quizá pueda hallarse una de las constantes de la poesía de Simic. Es decir, una creación que ahonda en la sencillez de las cosas y del lenguaje, para postergar, no sin cierta irreverencia y temor, la inevitable llegada de la muerte. Un paréntesis para reírse de la muerte o reír por no morir. Una manera de transitar de los versos a la realidad inanimada, de la sonrisa a las cenizas, en un afán por reanimar los sentidos que nos intensifican la existencia. Un ir practicando, sin énfasis ni melodrama, con humor y amor ante la vida, el desenlace final.

Luis Yslas

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