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Cartas a un amigo alemán
Cartas a un amigo alemán
Cartas a un amigo alemán
Por Albert Camus
Prólogo a la edición italiana
Las Cartas a un amigo alemán han sido publicadas en Francia, después de la liberación, en una edición de contado número de ejemplares y jamás han sido reimpresas. Me he opuesto siempre a que fuesen difundidas en el extranjero, por las razones que diré.
Es ésta la primera vez que se editan fuera del territorio francés y, para que me decidiera a ello, ha hecho falta nada menos que el deseo que siento de contribuir, por mi modesta parte, a derribar un día la estúpida frontera que separa a nuestros dos territorios.
Pero no puedo dejar de reimprimir estas páginas sin decir lo que son. Han sido escritas y publicadas en la clandestinidad. Tenían una finalidad, que era la de echar alguna luz sobre el ciego combate en que estábamos lanzados y, como consecuencia, hacer más eficaz ese combate. Son escritos de circunstancias y pueden parecer por ello un tanto injustos. En efecto, si hubiera de escribirse acerca de la Alemania vencida, sería preciso emplear un lenguaje diferente. Mas sólo querría prevenir una posible confusión: cuando el autor de estas cartas dice ustedes, no quiere decir ustedes, los alemanes, sino ustedes, los nazis; cuando dice nosotros, ello no significa siempre nosotros, los franceses, sino nosotros, europeos libres. Son dos actitudes que enfrento, no dos naciones, aun si, en determinado momento de la historia, esas dos naciones han podido encarnar dos actitudes enemigas. Diré incluso, sirviéndome de una frase que no es mía: amo demasiado a mi país para ser nacionalista. Y sé que ni Francia ni Italia perderían nada, al contrario, con orientarse hacia una sociedad más amplia. Pero todavía estamos lejos de ello y Europa permanece dividida. He ahí por qué me avergonzaría hoy si dejara creer que un escritor francés puede ser enemigo de una nación. Sólo detesto a los verdugos. El lector que quiera leer atentamente las Cartas a un amigo alemán según esta perspectiva, es decir, como un documento de la lucha contra la violencia, admitirá, pueda yo decir, ahora, que no repudio de ellas ni una palabra.
Primera carta
Me decía usted: La grandeza de mi país es inapreciable. Todo cuanto pueda consumarla es bueno. Y en un mundo en que ya nada tiene sentido, los que, como nosotros, jóvenes alemanes, tienen la suerte de hallarle uno al destino de su nación, a él deben sacrificarlo todo. Yo le quería entonces, mas ahí es donde ya me separaba de usted. No, le decía, no puedo creer que pueda sacrificarse todo al fin que se persigue. Hay medios que no sufren excusa. Y querría a un tiempo poder amar a mi país y a la justicia. No deseo para él grandezas, sean cuales fueren, tal es la de la sangre y la mentira. Haciendo vivir a la justicia es como quiero hacer vivir a mi país. Y usted me dijo: Vamos, vamos; usted no ama a su país.
Hace de eso cinco años; desde entonces estamos separados y puedo decir que ni en un solo día de esos largos años (para usted tan breves y fulgurantes) he dejado de tener presente su frase. ¡Usted no ama a su país! Hoy, cuando pienso en esas palabras, algo se anuda en mi garganta. No, no lo amaba, si amar es exigir que el ser amado se iguale a la más bella imagen que de él tenemos. Hace cinco años eran muchos los que en Francia pensaban como yo. Sin embargo, algunos de entre ellos se han hallado ante los doce ojillos negros del destino alemán. Y esos hombres, que según usted no amaban a su país, han hecho más por él que usted hará nunca por el suyo, aunque le fuera dado ofrecer cien veces la vida por él. Porque han debido, en primer lugar y en ello está su heroísmo, vencerse a sí mismos. Mas hablo aquí de dos suertes de grandeza y de una contradicción sobre la cual debo proporcionarle algunas luces.
Volveremos pronto a vernos, si ello es posible. Mas entonces nuestra amistad habrá terminado. Estará usted preñado de su derrota y no sentirá vergüenza por su antigua victoria; más bien la echará de menos con toda la fuerza de su aplastado poderío. Por el momento, todavía estoy cerca de usted en espíritu; enemigo suyo, es verdad, pero todavía un poco su amigo, puesto que le confío aquí todo mi pensamiento. Mañana se habrá acabado. Lo que su victoria no habrá logrado siquiera morder, su derrota lo apurará. Pero al menos, antes de llegar a la prueba de la indiferencia, quiero dejarle una clara idea de lo que ni la paz ni la guerra le han enseñado a conocer en el destino de mi país.
Quiero de inmediato decirle qué suerte de grandeza nos pone en marcha. Que es también decirle cuál es el coraje que aplaudimos y que no es el suyo. Porque poca cosa es saber correr al fuego cuando la carrera le es a uno más propia que el pensamiento. Mucho es, al contrario, ir hacia la tortura y la muerte, cuando a ciencia cierta se sabe que el odio y la violencia no son, en sí mismos, sino cosas vanas. Mucho es batirse despreciando la guerra, aceptar perderlo todo mientras se siente inclinación por la felicidad, correr a la destrucción con la idea de una civilización superior. En esto, desde luego, hacemos más que ustedes, porque debemos luchar contra nosotros mismos. Nada debieron ustedes vencer en su corazón ni en su inteligencia. En cambio, nosotros teníamos dos enemigos y el triunfo de las armas no nos bastaba, como a ustedes, que nada tenían que domeñar.
Mucho teníamos que dominar y quizá, por comenzar, la perpetua tentación que sentíamos de querer imitarlos. Porque siempre hay algo en nosotros que se deja llevar por el instinto, el desprecio a la inteligencia, el culto a la eficacia. Nuestras grandes virtudes terminan por cansarnos. La inteligencia nos avergüenza y, a veces, imaginamos alguna feliz barbarie en que la verdad sería lisa y llana. Pero, en este punto, la cura es fácil: ahí están ustedes para mostrarnos adónde conduce la imaginación y nos lanzamos de nuevo por la buena vía. Si creyera en cierto fatalismo de la historia, supondría que permanecen ustedes a nuestro lado, ilotas de la inteligencia, para servirnos de ejemplo y corregirnos. Renacemos entonces para el pensamiento y hallamos un mejor equilibrio.
Mas aún debíamos vencer esa sospecha que por el heroísmo sentíamos. Ya sé que ustedes nos creen extraños al heroísmo. Están equivocados. Simplemente, lo profesamos y a la vez no nos fiamos de él. Lo profesamos, porque diez siglos de historia nos han proporcionado la ciencia de todo lo que es noble. No nos fiamos de él, porque diez siglos de inteligencia nos han enseñado el arte y los beneficios de la naturalidad. Para presentarnos ante ustedes, ha sido preciso que recorriéramos un largo camino. He ahí por qué nos hallamos en retraso con respecto al resto de Europa, precipitada en la mentira en cuando hizo falta, mientras a nosotros se nos ocurría ir en busca de la verdad. He ahí por qué comenzamos por la derrota, preocupados como estábamos, mientras ustedes nos atacaban, por definir en nuestro fuero interno si el buen derecho se hallaba a nuestro lado. Hemos debido reprimir el aprecio y consideración que por el hombre teníamos, la imagen que nos hacíamos de un destino pacífico, esa convicción profunda que teníamos de que ninguna victoria es benéfica, mientras que toda mutilación del hombre es irreparable. Debimos pues renunciar, a un tiempo, a nuestra ciencia y a nuestra esperanza, a las razones que de amar teníamos y al odio que por toda guerra sentíamos. En una palabra que viniendo de mí, es decir, de quien usted se complacía en estrechar la mano, supongo comprenderá hemos debido acallar nuestra pasión por la amistad.
A eso hemos llegado. Mas hemos precisado de un largo rodeo; llevamos mucho retraso. Rodeo al que el crepúsculo por la verdad obliga a la inteligencia y el crepúsculo por la amistad al corazón. Es el rodeo que ha salvaguardado a la justicia y situado a la verdad del lado de los que se interrogaban. Sin duda nos ha costado caro. Nos ha costado humillaciones y silencios, amarguras y prisiones, madrugadas de ejecuciones, abandonos, separaciones y hambres cotidianas, niños famélicos y, más que nada, penitencias forzosas. Mas era inevitable. Nos ha hecho falta todo ese tiempo para ver si teníamos derecho a matar a otros hombres; si podíamos añadir más miseria a la miseria atroz de este mundo. Y ese tiempo perdido y recobrado, esa derrota aceptada y superada, esos escrúpulos pagados con sangre, nos dan el derecho, a nosotros, franceses, de pensar hoy que entramos en la guerra con las manos puras con la pureza de las víctimas y de los convencidos y que saldremos de ella con las manos puras con la pureza, esta vez, de una gran victoria alcanzada sobre la injusticia y sobre nosotros mismos.
Porque venceremos, y usted lo sabe. Mas venceremos gracias a aquella misma derrota, a ese largo caminar que nos ha conducido hasta nuestras razones de lucha, a ese sufrimiento del que hemos sentido la injusticia y extraído la lección. Hemos aprendido el secreto de toda victoria y si no lo perdemos un día, alcanzaremos la victoria definitiva. Hemos aprendido que, contrariamente a lo que a veces pensábamos, el espíritu no puede nada contra la espada, pero que el espíritu unido a al espada es el eterno vencedor de la espada blandida por la espada. He aquí por qué hoy aceptamos la espada, luego de estar seguros de que el espíritu se hallaba a nuestro lado. Para llegar a ello nos ha hecho falta ver morir y correr el riesgo de morir; hemos precisado del paseo matinal de un obrero francés yendo hacia la guillotina, en los corredores de su cárcel, y exhortando a sus camaradas, de puerta en puerta, a dar prueba de coraje. Hemos precisado, en fin, para hacernos con el espíritu, la tortura de nuestra carne. Sólo lo que se adquiere difícil y penosamente se domina por entero. Mucho hemos penado y penaremos todavía, Mas poseemos nuestras certidumbres, nuestras razones, nuestra justicia: su derrota es inevitable.
Jamás he creído en el poder de la verdad por la verdad. Pero mucho ya es saber que, a igual energía, la verdad puede más que la mentira. A este difícil equilibrio hemos llegado. Apoyados en este matiz combatimos hoy. Y me tienta decirle que justamente luchamos por matices; pero matices cuya importancia iguala a la que el hombre reviste. Luchamos por ese matiz que separa el sacrificio de la mística, la energía de la violencia , la fuerza de la crueldad; por ese matiz todavía más leve que separa lo verdadero de lo falso y, en fin, al hombre que esperamos, de los dioses cobardes que ustedes reverencian.
He ahí lo que quería decirle, no por sobre la contienda, sino en la contienda misma. He ahí lo que deseaba responder a lo de usted no ama a su país que todavía me persigue. Mas he de hablarle con claridad. Creo que Francia ha perdido su poderío y su reinado por largo tiempo y que precisará, durante muchos años, de una paciencia desesperada, de una vigilante rebeldía para hacerse de nuevo con la parte de prestigio necesaria a toda cultura. Mas creo que todo lo ha perdido por razones de pureza. He ahí por qué la esperanza no me abandona. Y he ahí el sentido de mi carta. Este hombre por el que usted se afligía, hace cinco años, al verle tan reticente con respecto a su país, es el mismo que hoy quiere decirle, a usted y a todos los de nuestra edad en Europa y en el mundo: Pertenezco a una nación admirable y perseverante que, por encima de sus errores y debilidades, no ha dejado perecer la idea que es causa de toda su grandeza y que su pueblo siempre, y a veces sus minorías selectas, tratan sin cesar de formular cada vez mejor. Pertenezco a una nación que desde hace cuatro años ha recomenzado el recorrido de su historia y que en medio de los escombros se prepara, tranquila y seguramente, a escribir otra historia, lanzada en un juego en que al comienzo no dispone de triunfo alguno. Este país merece que le ame con mi exigente y difícil amor. Es más, creo, puesto que es digno de un amor elevado, que ahora merece que luche por él. Y digo que, al contrario, su nación sólo ha obtenido de sus hijos el amor que merecía y que era ciego. Un amor cualquiera no basta para justificarnos. Eso es lo que les pierde. Y ya vencidos en medio de sus más grandes victorias, ¿qué será de ustedes en la derrota que se avecina?
Julio de 1943
Segunda carta
Ya le he escrito a usted y lo he hecho en tono de certidumbre. Por sobre cinco años de separación, le he dicho por qué éramos los más fuertes: a causa de ese rodeo en que hemos ido a buscar nuestras razones, de ese retraso en que nos ha colocado la preocupación por saber nuestros derechos, de esa locura en que nos hallábamos de querer conciliar cuanto amábamos. Todo eso vale la pena de que insistamos. Ya se lo he dicho: el rodeo nos ha costado caro. Antes que arriesgarnos a ser injustos, hemos preferido el desorden. Mas, al propio tiempo, ese rodeo constituye hoy nuestra fuerza y gracias a él estamos cerca de vencer.
Sí, todo eso le dije y en tono de certidumbre, sin borrón, al correr de la pluma. Cierto es que dispuse de tiempo para pensarlo. Durante la noche es cuando se medita. Y noche es, desde hace tres años, lo que ustedes nos han impuesto en nuestras ciudades y en nuestros corazones. Tres años hace que proseguimos, entre tinieblas, el pensamiento que hoy sale armado a su paso. Ya puedo ahora hablarle de la inteligencia. Porque la certidumbre en que hoy nos hallamos, es aquella en que todo se compensa y se aclara, en que la inteligencia da su aquiescencia al coraje. Y supongo que la mayor sorpresa de usted, que con tanta ligereza me habla de la inteligencia, es verla volver de tan lejos y decidir, de pronto, entrar de nuevo en la historia. Aquí es donde quiero volver hacia usted.
Más adelante se lo diré: La certidumbre del corazón puede no ser obligado motivo de contento. Eso sólo da ya su pleno sentido a todo cuando le escribo. Mas, antes de proseguir, deseo todavía puntualizar más mi actitud con respecto a usted, a su recuerdo y a nuestra amistad. Mientras me sea aún permitido, quiero hacer por ella lo único que puede hacerse por una amistad que se extingue: quiero clarificarla. Ya he contestado a ese usted no ama a su país que usted me lanzara y cuyo recuerdo no puede abandonarme. Sólo quiero contestar hoy a la impaciente sonrisa con que saludaba usted a la palabra inteligencia. Francia reniega de sí misma en todas sus inteligencias, me decía usted. A su país, sus intelectuales prefieren, según el caso, la desesperanza o la búsqueda de una verdad improbable. Para nosotros, Alemania está antes que la verdad y más allá de la desesperanza. Eso era aparentemente cierto. Ya se lo he dicho, empero, si a veces parecemos preferir la justicia a nuestro país, era sólo porque queríamos amarlo en la justicia, como queríamos amarlo en la verdad y en la esperanza. En eso nos alejábamos de ustedes. Sentíamos en nosotros mayores y más elevadas exigencias. Ustedes se contentaban con servir al poderío de su país, mientras nosotros soñábamos con dar al nuestro su verdad. Ustedes se satisfacían con servir a la política de la realidad, mientras nosotros, en nuestros peores extravíos, conservábamos confusamente la idea de una política de honor que hoy hallamos de nuevo. Cuando digo nosotros, no quiero decir nuestros gobernantes. Pero un gobernante es poca cosa.
Aquí me lo imagino sonriendo de nuevo. Siempre ha desconfiado usted de las palabras; también yo, pero más todavía de mí mismo. Trataba usted de lanzarme por la vía en que usted mismo se hallaba y en la que la inteligencia se avergüenza de la inteligencia. Ahí es donde ya no podía seguirle. Mas hoy mis respuestas serían más firmes. ¿Qué es la verdad?, decía usted. Al menos sabemos qué es la mentira: precisamente lo que ustedes nos han enseñado. ¿Qué es el espíritu? Conocemos su contrario, que es el homicidio. ¿Qué es el hombre? Mas ¡alto ahí!, que eso sí que lo sabemos. El hombre es esa fuerza que acaba siempre por derribar tiranos y dioses. Es la fuerza de la evidencia. Es la evidencia humana que debemos preservar y nuestra certidumbre se funda hoy en que su destino y el de nuestro país están ligados. Si nada tuviera sentido, tendría usted razón. Pero algo hay que lo conserva.
Nunca se lo repetiré bastante: aquí es donde nos separamos de ustedes. Nosotros nos hacíamos de nuestro país una idea que lo situaba en el lugar que le correspondía, en medio de otras grandezas: la amistad, el hombre, la felicidad, nuestro deseo de justicia. Eso nos conducía a ser severos para con él. Mas, al fin, éramos nosotros quienes teníamos razón. Nosotros no le hemos dado esclavos ni nada hemos humillado por él. Hemos esperado pacientemente hasta ver claro y hemos obtenido, en medio de la miseria y del dolor, la alegría de poder combatir a la vez por todo cuanto amamos. Ustedes, al contrario, combaten contra toda esa parte del hombre que no pertenece a la patria. Sus sacrificios son sin alcance, porque su jerarquía no es la buena y porque sus valores no están situados en el lugar que les corresponde. No sólo el corazón se halla traicionado entre ustedes. La inteligencia se desquita porque nada hicieron por dar satisfacción a su exigencia, porque no otorgaron a la lucidez su cargado tributo. Desde el fondo de la derrota, puedo decirle que eso es lo que les pierde.
Déjeme que le cuente lo que sigue. De una cárcel que me sé, en un lugar de Francia, por la madrugada, un camión con soldados armados lleva once franceses al cementerio, en donde deben ustedes fusilarlos. De los once, cinco o seis han hecho realmente algo para ello: un manifiesto, algunas reuniones y, más que nada, han mostrado su hostilidad. Éstos permanecen inmóviles en el interior del camión, acosados por el miedo, pero, si se me permite la expresión: por un miedo trivial, el que oprime al hombre ante lo desconocido, es decir: un miedo que no niega el coraje. Los otros no han hecho nada. Y saber que van a morir por error o víctimas de cierta indiferencia, les hace más difícil este momento. Un hombre de dieciséis años se halla entre ellos. Ya conoce usted el aspecto de nuestros adolescentes y no vale la pena describírselo. Éste es presa del miedo y se abandona a él sin vergüenza. No sonría usted despectivamente; el muchacho tiembla. Mas a su lado han colocado ustedes a un capellán, cuya misión consiste en tratar de aportar algún alivio a esos hombres durante el tiempo atroz de la espera. Creo poder decirle que, para los que van a morir fusilados, una conversación sobre la vida futura no arregla nada. Creer que no todo termina en la fosa común, es demasiado difícil; los prisioneros permanecen callados. El capellán se vuelve hacia el muchacho, acurrucado en una esquina. Éste le comprenderá mejor. El muchacho responde, se aferra a esa voz, la esperanza vuelve a él. En el más mudo de los horrores basta, a veces, con que un hombre hable: a lo mejor lo arregla todo. No he hecho nada, implora el muchacho. Seguramente, dice el capellán, mas no se trata de eso. Debes prepararte a bien morir. ¡Pero no es posible que nadie me comprenda! Yo soy tu amigo y quizá te comprendo. Pero ya es tarde. Permaneceré a tu lado y Dios también. Verás cuán fácil será. El muchacho le ha vuelto la espalda. El capellán habla de Dios. ¿Es que él cree en Él? Sí, cree en Él. Entonces sabe que nada importa al lado de la paz que le espera. Pero es precisamente esa paz que asusta al muchacho. Soy tu amigo, repite el capellán.
Los demás callan. Hay que pensar en ellos. El capellán se acerca a su masa silenciosa; durante unos momentos vuelve la espalda al muchacho. El camión corre sin prisa, con un leve ruido de deglución, sobre la carretera húmeda de rocío. Imagine esa hora gris, el olor matinal de los cuerpos, el campo que se adivina sin verlo al ruido de caballerías, al canto de un pájaro. El muchacho se acurruca contra el toldo, que cede un poco y descubre un estrecho espacio entre él y la carrocería. Si quisiera, podría saltar. El capellán está vuelto de espaldas y, delante, los soldados permanecen atentos a reconocer el camino a seguir en la penumbra. Sin reflexionar, arranca el toldo, se desliza por la abertura y salta. Óyese apenas su caída, un ruido de pasos precipitados en la carretera, luego nada. Ya está en la tierra, que ahoga el ruido de su correr. Pero el chasquido del toldo, el aire húmedo y violento de la mañana que irrumpe en el camión, hacen que capellán y condenados vuelvan la cabeza. El capellán escruta, por espacio de un segundo, a esos hombres que le miran en silencio. Un segundo durante el cual el hombre de Dios debe decidir, según su vocación, si está con los verdugos o con los mártires. Mas ya ha llamado en el tabique que le separa de sus camaradas: Achtung. La alarma está dada. Dos soldados entran en el camión y tienen a raya a los prisioneros. Los otros dos corren a campo traviesa. A dos pasos del camión, el capellán, plantado sobre el asfalto, trata de seguirles con la mirada a través de la bruma. En el camión, los hombres escuchan sólo los ruidos de esa persecución, las exclamaciones apagadas, un tiro, el silencio; luego voces más y más próximas; en fin, pasos ensordecidos. Vuelven con el muchacho. No está herido, pero ha parado de correr, rodeado por ese vapor enemigo, súbitamente descorazonado, abandonado a sí mismo. Más que conducido es llevado por sus guardianes. Le han pegado un poco, no mucho. Lo más importante está por hacer. No tiene una mirada para el capellán ni para nadie. El capellán ha subido ahora al lado del chofer. Un soldado armado le sustituye en el camión. Echado en un rincón del vehículo, el muchacho no llora ya. Mira, entre el toldo y la carrocería, cómo de nuevo corre la carretera sobre el amanecer del día.
Como le conozco a usted, sé que imaginará muy bien el resto. Mas debo decirle quién me ha contado esa historia. Es un sacerdote francés. Y ese sacerdote me decía: Siento vergüenza por ese hombre y me satisface pensar que ningún sacerdote francés habría consentido en poner a Dios al servicio del homicidio. Esto era cierto. Simplemente, aquel capellán pensaba como usted. Parecíale natural que incluso su fe estuviera al servicio de su país. En él hasta los dioses se hallan movilizados. Están con ustedes, como ustedes proclaman, pero por fuerza. Ya no distinguen ustedes nada; no son más que ímpetu. Y ahora combaten con los solos recursos de un furor ciego, atentos a las armas y a las hazañas antes que al orden de las ideas, empeñados en enredarlo todo, en seguir su idea fija. Nosotros hemos partido de la inteligencia y sus dudas. Éramos débiles ante el furor y la cólera. Mas ahora el rodeo ha terminado. Ha bastado que un chiquillo muriera para que a la inteligencia añadiéramos la cólera y en adelante somos dos contra uno. Quiero hablarle de la cólera.
Recuerde usted. Ante mi extrañeza por el brusco estallido de uno de sus superiores, usted me dijo: También eso es bueno. Mas usted no lo comprende. Los franceses carecen de una virtud: la cólera. No, no es eso; es que los franceses son difíciles en cuanto a virtudes. Sólo las asumen cuando es preciso. Eso da a su cólera el silencio y la fuerza que ustedes comienzan sólo a experimentar. Y con esta suerte de cólera, la única de que me siento capaz, voy a hablarle para terminar.
Ya se lo dije: la certidumbre no es alegría del corazón. Sabemos qué hemos perdido en ese largo rodeo; sabemos cuán caro nos cuesta ese áspero contento de combatir en paz con nosotros mismos. Y porque tenemos aguda conciencia de lo irreparable, nuestra lucha encierra tanta amargura como confianza. La guerra no nos satisfacía. Nuestras razones no estaban dispuestas. Y es la guerra civil, la lucha obstinada y colectiva, el sacrificio sin comentario que nuestro pueblo ha escogido. La guerra que se ha dado a sí mismo, que no le viene de gobiernos imbéciles o cobardes, aquella en que ha dado de nuevo con su personalidad y en la que lucha por la idea que de sí mismo se hiciera. Mas el lujo que se ha permitido le cuesta terriblemente caro. Todavía en este caso tiene ese pueblo más mérito que el suyo. Porque los que caen son los mejores de entre sus hijos: he ahí mi más cruel pensamiento. Hay, en la irrisión de la guerra, el beneficio de la irrisión. La muerte siega por doquier y al azar. En la guerra que hacemos, la valentía se delata a sí misma y es a los más puros de los nuestros que a diario fusilan ustedes. Porque su candidez no va sin cierta presciencia. Jamás supieron ustedes por qué optar, pero conocen cuánto debe destruirse. Y nosotros, que nos decimos defensores del espíritu, no ignoramos que el espíritu puede morir cuando la fuerza que lo aplasta es suficiente. Pero tenemos fe en otra fuerza. En esas figuras silenciosas, ya alejadas de este mundo, que a veces acribillan ustedes de balas, creen ustedes desfigurar la faz de nuestra verdad, mas no tienen presente la obstinación que hace que Francia luche contando con el tiempo. Esa desesperante esperanza es la que sostiene en las horas difíciles: nuestros camaradas serán más pacientes que los verdugos y más numerosos que las balas. Ya ve usted como los franceses son capaces de encolerizarse.
Diciembre de 1943
Tercera Carta
Hasta aquí no le he hablado más que de mi país y al comienzo ha podido usted pensar que había cambiado de opinión. En realidad no era así. Es sólo que no dábamos el mismo sentido a las mismas palabras; no decíamos ya lo mismo.
Las palabras toman siempre el color de las acciones o de los sacrificios que suscitan. Y la patria adquiere entre ustedes reflejos sangrientos y ciegos. Reflejos que hacen me sea sin remedio extraña; mientras que nosotros hemos puesto en ella la llama de una inteligencia que hace más difícil el coraje, pero que satisface plenamente al hombre. En fin, ya ha comprendido usted que mi hablar no cambió jamás. El de antes de 1939 es el mismo de hoy.
Lo que sin duda se lo probará mejor es la confesión que voy a hacerle. Durante todo este tiempo en que no hemos hecho más que servir obstinada y silenciosamente a nuestro país, jamás hemos perdido de vista una idea y una esperanza, siempre presentes en nosotros: Europa. Verdad es que desde hace cinco años no hablamos de ella. Pero es porque ustedes la mencionaban demasiado. Tampoco respecto de Europa hablábamos en los mismos términos; nuestra Europa no es la suya.
Mas antes de decirle lo que es, puedo al menos afirmarle que de entre las razones que tenemos para combatirlos las mismas que para vencerlos, no hay sin duda más profunda que la de la conciencia que tenemos de haber sido mutilados no sólo en nuestro país, heridos en nuestra carne más viva, sino también despojados de nuestras más bellas imágenes, de las que ustedes han ofrecido al mundo una versión odiosa y ridícula. Ver adulterado lo que se ama, es aquello por lo que más difícilmente se pasa. Y esa idea de Europa que han robado a los mejores de nosotros, para darle el cariz indignante que habían ustedes decidido, es preciso acudamos a toda la fuerza de un amor profundamente meditado para guardarle en nosotros su juvenil frescor y su poder. De ahí que desde que llamaran ustedes europeo al ejército de la servidumbre, no escribamos más ese adjetivo; precisamente para conservarle celosamente el sentido puro que para nosotros no deja de tener y que quiero darle a conocer.
Hablan ustedes de Europa, mas la diferencia estriba en que Europa es para ustedes una propiedad, en tanto que nosotros nos sentimos bajo su dependencia. Ustedes no hablaron de Europa más que a partir del día en que perdieron África. Este amor no es el bueno. Esa tierra en que tantos siglos dejaron sus ejemplos, no es para ustedes más que un retiro forzado, mientras que para nosotros fue siempre la mejor esperanza. Su súbita demasiado súbita pasión viene del despecho y de la necesidad. Es un sentimiento que no honra a nadie y no dejará usted de comprender por qué, en tal caso, ningún europeo digno de ese nombre lo ha hecho suyo.
Dicen ustedes Europa, pensando en tierra de soldados, granero de trigo, industrias domesticadas, inteligencia dirigida. ¿Quizá voy demasiado lejos? Mas sé, al menos, que cuando ustedes dicen Europa, incluso en sus mejores momentos, cuando se dejan llevar por sus propias mentiras, no pueden dejar de pensar en una cohorte de naciones dóciles, conducidas por una Alemania de señores hacia un porvenir fabuloso y ensangrentado. Quisiera yo que sintiera usted bien esta diferencia: Europa es para ustedes ese espacio rodeado de mares y montañas, estriado de presas, sondeado por minas, cubierto de cosechas, donde Alemania juega una partida en que su solo destino está en juego. Mientras es para nosotros esa tierra del espíritu en que, desde hace veinte siglos, se prosigue la más extraordinaria aventura del espíritu humano. Esa arena privilegiada en donde la lucha del hombre de occidente contra el mundo, contra los dioses, contra sí mismo, alcanza hoy su momento más agitado y culminante. Como usted ve, no existe entre nosotros una común medida.
No tema usted que a mi vez utilice yo, contra ustedes, los temas de una vieja propaganda: no voy a reivindicar la tradición cristiana. Es éste un problema distinto. También de ello han hablado ustedes demasiado y presentándose como defensores de Roma no han vacilado en hacerle al Cristo una publicidad a que comenzara a habituarse el día en que recibió el beso que le enviara al suplicio. De cualquier modo, la tradición cristiana no es más que una de las que han hecho a la Europa actual y tampoco estoy calificado para defenderla ante usted. Haría falta, para ello, la inclinación de un corazón entregado a Dios. Y bien sabe usted que no es éste mi caso. Pero cuando me inclino a pensar que mi país habla en nombre de Europa y que, al defenderlo, a ambos defendemos, entonces también yo tengo mi tradición. Que es, al propio tiempo, la de algunos grandes individuos y de un pueblo inagotable. Mi tradición tiene dos corrientes selectas, la de la inteligencia y la del coraje, sus príncipes de ingenio y su pueblo innombrable. Juzgue usted si esa Europa, cuyas fronteras son el genio de algunos y el corazón profundo de todos sus pueblos, difiere de esa mancha coloreada que ustedes han anexado en sus provisionales mapas.
Recordará que riendo de mis indignaciones, decíame usted: Nada puede Don Quijote contra Fausto, si éste quiere vencerle. Yo le dije entonces que ni Fausto ni Don Quijote estaban destinados a vencerse uno a otro y que el arte no se había inventado para aportar el mal al mundo. Usted apreciaba entonces las imágenes un poco recargadas y continuó afirmando que debía escogerse entre Hamlet y Sigfrido. En aquella época no quería yo optar y, sobre todo, no me parecía que el Occidente se hallara situado fuera de ese equilibrio entre la fuerza y el conocimiento. Mas usted se reía del conocimiento, sólo hablaba del poder. Hoy me comprendo mejor y sé que ni siquiera Fausto les servirá de nada porque. En efecto, hemos admitido la idea de que en ciertos casos la opción es necesaria. Pero nuestra opción no tendría más importancia que la suya, si no la hubiéramos decidido con plena conciencia de que era inhumana y de que las grandezas espirituales no podían ser separadas. Nosotros sabremos más tarde reunir, mientras que ustedes jamás lo supieron. Como usted ve, es la misma idea de siempre; de lejos venimos. Mas la hemos pagado tan cara como para tener el derecho de estar apegados a ella. Eso me lleva a decirle que su Europa no es la buena, porque nada ha hecho para reunir. La nuestra es una común aventura que proseguiremos, pese a ustedes, por el camino de la inteligencia.
Y no iré mucho más lejos. A la vuelta de una esquina, durante esas cortas treguas que dejan las largas horas de la lucha común, pienso a veces en esos lugares de Europa que conozco bien. Es una tierra magnífica, hecha de pena y de historia. Vuelvo a vivir esos peregrinajes que he hecho con todos los hombres de Occidente: las rosas en los claustros de Florencia, los dorados bulbos en Cracovia, el Hradschin y sus palacios muertos, las contorsionadas estatuas del puente Carlos sobre el Ultava, los delicados jardines de Salzburgo. ¡Todas esas flores y esas piedras, esas colinas y esos paisajes en que el tiempo de los hombres y el tiempo del mundo han mezclado los viejos árboles y los documentos! Mi recuerdo ha fundido esas imágenes superpuestas para reducirlas a una sola, que es la de mi país grande patria. Y el corazón se me oprime cuando pienso que vuestra sombra se ha posado desde hace años sobre esa imagen enérgica y atormentada. Algunos de esos lugares los hemos visto juntos usted y yo. Jamás pude imaginar, entonces, que un día deberíamos liberarlos de ustedes. Y hasta, en ciertas horas de rabia y desesperanza, llega a dolerme que las rosas puedan todavía crecer en el claustro de San Marcos, las palomas soltarse en racimos de la catedral de Salzburgo y los rojos geranios crecer incansablemente sobre los pequeños cementerios de Silesia.
Pero en otros momentos, los únicos verdaderos, me alegro de ello. Porque todos esos paisajes, flores y campos la más vieja de las tierras les demuestra cada primavera que hay cosas que no pueden ustedes ahogar en sangre. Y con esta imagen puedo terminar. No me bastaría con pensar que todas las grandes sombras de Occidente y treinta pueblos están a nuestro lado: no podría yo prescindir de la tierra. Así sé que todo en Europa, el paisaje y el espíritu, les refuta a ustedes tranquilamente, sin odio desordenado, con la calma fuerza de las victorias. Las armas de que dispone contra vosotros el espíritu europeo, son las mismas que posee esa tierra que renace sin cesar en cosechas y corolas. La lucha en que estamos empeñados lleva con ella la certidumbre de la victoria porque posee la obstinación de la primavera.
Y, en fin, ya sé que no todo estará en orden cuando ustedes haya sido derrotados. Europa quedará todavía por hacer, pues que no está hecha. Mas al menos Europa será Europa, es decir, lo que acabo de escribirle. Nada estará perdido. Imagine antes lo que ahora somos, firmes en nuestras razones, enamorados de nuestro país, arrastrados por toda Europa y en un justo equilibrio entre el sacrificio y el amor por la felicidad, entre el espíritu y la espada. Una vez más se lo digo, porque debo decírselo, porque es la verdad y porque esa verdad le hará ver el camino que mi país y yo mismo hemos recorrido desde el tiempo de nuestra amistad: hay en nosotros, en adelante, una superioridad que los aplastará.
Abril de 1944
Cuarta carta
El hombre es perecedero. Puede que así sea, mas perezcamos resistiendo y si la nada nos espera ¡no hagamos que ello sea justicia! (Obermann, Nonagésima carta).
He aquí que el tiempo de su derrota se avecina. Le escribo desde una ciudad célebre en el universo y que prepara contra ustedes una mañana de libertad. Esta ciudad sabe que no es eso fácil y que antes deberá atravesar una noche todavía más oscura que la que hace cuatro años comenzó con su llegada. Le escribo desde una ciudad que carece de todo, sin luz y sin fuego, hambrienta mas no sometida. Algo soplará pronto en ella de que ni siquiera tienen ustedes idea. Si tuviéramos suerte, nos encontraríamos entonces uno frente al otro y podríamos combatirnos con conocimiento de causa: tengo una justa idea de sus razones y usted imagina bien las mías.
Estas noches de julio son a un tiempo ligeras y pesadas. Ligeras en el Sena y en los árboles; pesadas en el corazón de los que esperan el solo amanecer que en adelante ansían. Espero y pienso en usted: todavía me queda una cosa por decirle, que será la última. Quiero decirle cómo es posible que nos pareciéramos tanto y que hoy seamos enemigos; cómo pude haber estado a su lado y por qué ahora todo ha terminado entre nosotros.
Juntos creímos, durante largo tiempo, que este mundo carecía de razones superiores y que nos hallábamos frustrados. En cierto modo, todavía lo creo. Mas yo he sacado otras conclusiones que aquellas de que usted me hablaba entonces y que luego de tantos años ustedes tratan de hacer entrar en la Historia. Hoy me digo que si le hubiese realmente seguido en cuanto usted pensaba, debiera darle razón en cuanto usted hace. Y es eso tan grave, que necesito detenerme en ello un momento, en medio de esta noche de verano tan preñada de promesas para nosotros y de amenazas para ustedes.
Jamás ha creído usted que este mundo tuviera un sentido y de ello ha sacado usted la idea de que todo era equivalente y que el bien y el mal se definían según cada cual quisiera. Usted ha supuesto que, ante la ausencia de toda moral humana o divina, los únicos valores eran los que regían al mundo animal, es decir, la violencia y la astucia. De ello ha deducido que el hombre nada era y que podía matarse su alma; que en la más insensata de las historias, la tarea de un individuo sólo podía ser la aventura del poderío y su moral el realismo de las conquistas. Y en verdad, yo que creía pensar como usted no veía argumento alguno que oponerle, salvo esa violenta inclinación por la justicia que, al fin y al cabo, me parecía tan poco razonada como la más súbita de las pasiones.
¿Dónde estaba la diferencia? En que con ligerezas aceptaba usted desesperar, mientras que yo no consentí jamás en ello. En que admitía usted tanto la justicia de nuestra condición, como para resolverse a hacerla mayor, mientras que, al contrario, parecíame a mí que el hombre debía afirmar la justicia para luchar contra el universo de la desdicha. Porque se ha embriagado y arrebatado con su desesperanza, porque de ella se ha liberado erigiéndola en principio, ha consentido usted en destruir las obras del hombre y en luchar contra él para consumar su miseria esencial. En tanto que yo, negándome a admitir esa esperanza y ese mundo torturado, quería sólo que los hombres hallaran de nuevo su solidaridad para entrar en lucha con su repelente destino.
Como usted ve, de un mismo principio hemos sacado morales diferentes. Es que a lo largo del camino, usted ha abandonado la lucidez y hallado más cómodo (usted diría indiferente) que un tercero pensara por usted y por todos los alemanes. Porque estaban ustedes cansados de luchar contra el cielo, se han entregado a esa agotadora aventura en que su tarea consiste en mutilar las almas y destruir la tierra. Es decir, han optado por la injusticia, se han puesto del lado de los dioses. Su lógica era sólo aparente.
Yo, al contrario, opté por la justicia, por fidelidad a la tierra. Continúo creyendo que este mundo carece de sentido superior. Mas sé que algo hay en él que tiene sentido: el hombre, porque es el único ser que exige tenerlo. Este mundo posee cuando menos una verdad: la del hombre y nuestra tarea consiste en darle sus razones contra el destino mismo. No hay más razón que el hombre y a éste debe salvarse, si quiere salvarse la idea que de la vida se tiene. Su sonrisa y su desdén me dirán: ¿Qué es salvar al hombre? Con todo mi ser se lo clamo: es no mutilarlo y no quitar, sino dar posibilidades a la justicia que sólo él puede concebir.
He aquí por qué nos combatimos. He aquí por qué tuvimos que seguirles, al comienzo, por un camino que no era el nuestro y a cuyo término fuimos derrotados. Porque su desesperanza era su fuerza. Desde el momento en que está sola en su pureza, segura de sí misma, inexorable en sus consecuencias, la desesperanza encierra una fuerza terrible y despiadada. Es la que nos aplastó mientras dudábamos y contemplábamos todavía imágenes felices. Pensábamos que la felicidad es la más grande de las conquistas, victoria contra el destino que se nos impone. Ni en la derrota nos abandonaba ese sentimiento.
Mas ustedes hicieron cuanto hizo falta para hacernos entrar en la Historia y ya estamos en ella. Durante cinco años ha sido imposible gozar del piar de los pájaros en el frescor del atardecer. No ha quedado más remedio que desesperar. Estábamos apretados del mundo, porque cada momento del mundo llevaba consigo todo un pueblo de mortales imágenes. Desde hace cinco años ya no hay sobre esta tierra una sola mañana sin agonías, una noche sin cárceles, un mediodía sin matanzas. Pero nuestra difícil hazaña consistía en seguirles en la guerra sin olvidar nuestra felicidad. Y a través de clamores y violencias, tratábamos de conservar en nosotros el recuerdo de un mar feliz, de una colina nunca olvidada, la sonrisa de un rostro querido. Era esa nuestra mejor arma, la que jamás depondremos; porque si un día la perdiéramos, estaríamos tan muertos como ustedes. Simplemente, ahora sabemos que, para su forja, las armas de la felicidad exigen mucho tiempo y demasiada sangre.
Nos ha sido preciso entrar en su filosofía, aceptar parecernos a ustedes un poco. Ustedes habían optado por el heroísmo sin dirección, porque es el único valor que subsiste en un mundo que ha perdido su sentido. Y habiéndolo hecho suyo lo han impuesto al mundo entero y a nosotros. Obligados nos hemos visto a imitarles por no morir. Tras lo cual nos dimos cuenta de que nuestra superioridad sobre ustedes consistía en tener una dirección. Ahora que esto acaba, podemos decirles lo que hemos aprendido: que poca cosa es el heroísmo y que mucho más difícil es la felicidad.
Todo debe ahora aparecérsele claramente: que somos enemigos. Es usted el hombre de la injusticia y nada hay en el mundo que mi corazón pueda detestar tanto. Mas hoy conozco las razones de lo que sólo era una pasión. Le combato porque su lógica es tan criminal como su corazón. Y su razón ha tomado tanta parte como su instinto en el horror que nos han prodigado durante cuatro años. Por ello mi condena será total: para mí, ya está usted muerto. Sin embargo, en el momento mismo e que juzgue su atroz conducta, recordaré que usted y yo hemos partido de la misma soledad, que ustedes y nosotros vivimos con toda Europa la misma tragedia de la inteligencia. Y a pesar suyo, continuaré dándole el nombre de hombre. Para ser fieles a nuestra fe, nos vemos obligados a respetar en ustedes lo que ustedes no respetan en los demás. Esta fue, por mucho tiempo, su inmensa ventaja, puesto que matan ustedes más fácilmente que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos ésta será la ventaja de los que se les asemejan. Pero hasta el fin de los tiempos, nosotros, los que no somos como ustedes, deberemos hacer porque el hombre, por sobre sus peores errores, reciba su justificación y sus títulos de inocencia.
He aquí por qué al término de ese combate, desde el seno de esa ciudad que ha tomado un aspecto de infierno, por sobre las torturas infligidas a los nuestros, a pesar de los muertos desfigurados y de las cohortes de huérfanos, puedo decirle que en el preciso momento en que vamos a destruirles sin piedad, no sentimos sin embargo odio alguno contra ustedes. Y hasta si mañana, como tantos otros, debiéramos morir, tampoco sentiríamos odio alguno. No podemos asegurar que no tendremos miedo; sólo trataremos de ser razonables. Podemos en cambio responder de que nada odiaremos. Queremos destruirles en su poderío, sin mutilarles en su alma.
Como usted ve, esa ventaja que sobre nosotros tenían ustedes, continúan poseyéndola. Mas esa ventaja es también lo que motiva nuestra superioridad. Y es ella la que me hace liviana esta noche. He ahí nuestra fuerza, que es la de pensar como ustedes sobre la profundidad del mundo, la de no descartar nada en lo que es nuestro drama; pero también la de haber salvado la idea del hombre al fin de ese desastre de la inteligencia y sacar de ese desastre el infatigable coraje de los renacimientos. Cierto es que con ello nuestra acusación del mundo no se aminora. Demasiado cara hemos pagado esta nueva ciencia, como para que nuestra condición deje de parecernos desesperante. Cientos de miles de asesinados al alba, los muros terribles de las cárceles, una Europa cuya tierra humea con millones de cadáveres que fueron sus hijos, todo eso ha sido preciso para pagar la adquisición de dos o tres matices que quizá no tendrían más utilidad que ayudar a algunos de nosotros a mejor morir. Sí, todo eso es desesperante. Mas debemos probar que no merecemos tanta injusticia. Esta es la tarea que nos hemos fijado y que comenzará mañana. En esta noche de Europa en que corren hálitos de estío, millones de hombres armados o desarmados se preparan al combate. El día en que serán ustedes vencidos está pronto a amanecer. Ya sé que el cielo que permaneciera indiferente ante sus atroces victorias no dejará de serlo ante su justa derrota. Tampoco hoy espero nada de él. Mas al menos habremos contribuido a salvar a la humana criatura de la soledad en que querían ustedes encerrarla. Por haber desdeñado esa fidelidad al hombre, ustedes son, a millares, los que van a morir solitarios. Ya puedo, ahora, decirle adiós.
Julio de 1944
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