La ciudad y los libros
Crónicas
Alfredo el Vasallo
La aridez rojiza de la plaza
- La oportuna cámara de Luis Boza capta, en la foto inferior, un mágico momento de adoración por parte del conjunto de baile que acompaña a los músicos y cantantes
- Vasallos del Sol es el grupo emblema de la Fundación Bigott
Alfredo el Vasallo
A David Maris
I
Los recuerdos más lejanos que tengo de la plaza de Las Mercedes (sólo muchos años después descubrí que llevaba el nombre de Alfredo Sadel) están teñidos de un gris en movimiento. Cada vez que transitaba por la avenida principal (sólo muchos años después descubrí que llevaba el nombre de José Martí) en tardes de autobús escolar, camino de la antigua Escuela de Enfermería de Sebucán, cuyos campos de fútbol eran la sede del equipo de mi colegio, veía esa caminería ancha y sinuosa, sus muros bajos de concreto que ahora, en la memoria, asumen un extraño aire de burdel expuesto al público.
Los únicos habituales de esa plaza siempre fueron los patineteros, ese subgénero juvenil, anfibio, siempre indeciso entre la caminata, el salto, la corrida y el rodar. Nunca he entendido el afán infantil de los patineteros. Me parecen sapitos resbalosos con las rodillas maltrechas. Pero lo cierto es que esa plaza fue, durante muchos años, su charco urbano, su lugar de acrobacias y de encuentro. Esta situación cambió a partir del mes de septiembre de 2005, cuando se iniciaron los trabajos de reconstrucción de la plaza. Durante poco más de un año, los ciudadanos observaron con expectativa, incrédula o entusiasta, la sucesión de las diversas etapas que darían su rostro definitivo al nuevo diseño: elevación del nivel de la calle a las aceras; creación de un sistema de rampas que regula la velocidad de los carros que entran en el espacio de la plaza, tanto por la avenida principal como por las calles Londres y Trinidad; plantación de ladrillos en parcelas cuadriculadas de variable amplitud. En otras palabras, todo un conjunto de modificaciones profundas que anunciaban una experiencia urbana radicalmente distinta de la que proporciona cualquier otra plaza de la ciudad, no digamos del país. Lo cierto es que pasaron los meses y la plaza, para sorpresa de todos, fue finalmente inaugurada. Todavía hoy, para los habitantes del municipio Baruta y para todos aquellos que transitan frecuentemente Las Mercedes, resulta difícil aceptar o entender que ya está terminada. Que ese peladero rojizo, más parecido a una cancha de tenis con piso de arcilla que aún no tiene malla, es la nueva y tan esperada faceta de la plaza Alfredo Sadel. II La mañana del domingo 6 de mayo mi recelo hacia la plaza de Las mercedes se distendió un poco. Un anuncio en el periódico informaba que Vasallos del Sol, el grupo emblema de la Fundación Bigott, se presentaría allí, ese día, en un concierto abierto a todo el público. Vasallos del Sol es una de las pocas agrupaciones de música venezolana con las que me identifico a plenitud; una de las pocas que logra conmoverme puntualmente. Me une a su música intensas e inolvidables experiencias de amistad, embriaguez y sensualidad marina. Algunas de sus canciones forman parte del soundtrack de eso que uno llama, con nostalgia cinematográfica, los buenos momentos. Con esta cicatriz invisible picándome en el corazón, me encaminé hacia el lugar del concierto. La habitual telaraña de desgano de los domingos caraqueños se desvanecía a medida que me acercaba y podía distinguir la avalancha sonora característica del grupo. Estaban probando sonido con la canción Si yo fuera, cuyos primeros versos diluyen la frontera humana y hacen de la pasión una fuerza que atraviesa reinos: ¡Ay, si yo fuera un palo de aguacero/ haría crecer en ti un amor sincero!. La letra de la canción era como un barrunto del clima. Un cielo más bien nubloso y una sensación de agua con viento me llevaron a pensar en la decepcionante posibilidad de que el concierto se suspendiera. Me olvidé de la amenaza de lluvia al ver el inusual espectáculo que ofrecía la plaza abarrotada de gente. En un cuadrado protegido con barandas, frente a la tarima, el público esperaba sentado en unas sillas de hierro o metal dorado. Me sentí perdido en el tiempo y en el espacio. La cosa parecía más una función comunitaria de cine en un pueblo incierto anclado en los años treinta o cuarenta del siglo pasado. El aire de provincia se acentuaba con el contraste producido por la lenta caravana de carros último modelo que atravesaba la avenida principal. Los conductores observaban con curiosidad e inquietud lo que sucedía en la plaza. Había algo en esa muchedumbre, en esa espera conjunta por la promesa de la música, que no terminaban de comprender. Como si la plaza fuera el límite de su nueva riqueza, de esa condición divina que se apoya en las prótesis que facilita la abundancia y que los hace circular por la ciudad como si la potencia de sus autos y la de sus cornetas fuera un atributo de sus cuerpos. Como si el cruzar el espacio que los separaba de la plaza implicara un viaje hacia el pasado, un regreso a la pobreza. III Ser vasallo del Sol es asumir una humildad gozosa ante la divinidad absoluta. Es una genuflexión tan poderosa que honra a quien se inclina. Que empapa o salpica de la materia misma de la divinidad. Y así, siguiendo el ciclo natural de la devoción, salieron los Vasallos a escena, contrarrestando con su luz propia los colores grises de la tarde. Para el momento de la primera canción ya yo había emprendido el viaje hacia el mar. Allí, de pie sobre el moderno ladrillal rojizo, me vi entrar a los predios del Parque Henry Pitier, rumbo a las costas de Aragua. La situación era en realidad de una sutil ironía. Siempre había querido ver en vivo a Vasallos del Sol y ahora que los tenía justo en frente, huía por los senderos de la nostalgia sin saber si lo hacía para que todo doliera menos o doliera más. Lo cierto es que al regresar de Ocumare la plaza me pareció hermosa. En algún momento del concierto tuve el presentimiento de que una mujer soñada se me acercaría para declararme su amor. Me embargó la sospecha de que mis amigos aparecerían y me invitarían de nuevo a la playa. Visto así, el tiempo es una broma pesada y silenciosa que te gastan los amigos. Cuando me dieron ganas de comer un helado (y de hecho, lo hice) decidí que era hora de marcharme. En el camino de regreso, di una vuelta por la librería El buscón y me reconforté con la presencia numerosa de los libros y la amena conversación de Ana Lucía, Cristina y Gabriela (la belleza es un imprevisible sistema que, como los astros, en ocasiones se alinea). Me fui de la librería sin haber comprado nada. Siempre es un poco triste salir de las librerías sin nada en las manos. Ese día, sin embargo, no lo sentí tanto. Llevaba demasiada mar, arena y montaña conmigo. Demasiada música en los oídos y demasiadas imágenes que, como celosas pestañas, se adherían a mis ojos. Toda una arquitectura personal hecha de recuerdos que transforma los lugares insípidos en enclaves perfectos. Rodrigo Blanco Calderón Mayo, 2007
| comentarios (1) >> |
escrito por Neyda, junio 30, 2007
A veces hay sensaciones, que se entremezclan con el encuadre de la realidad para dar como resultado una especie de fotografìa personal salpicada con recortes de esa arquitectura personal que todos tenemos a manera de collage, dejándonos en un estado a la vez imperturbable, a la vez totalmente marítimo-acuoso, y totalmente mareante. Es una rara incertidumbre, un pensar en algo que asemeja a algo, pero que no terminamos de precisar.
Me ayudaste a recordar todos los momentos que he tenido de "sensualidad marítima" (gracias por terminar de explicar o definir, quizás, un algo que nunca pude), que he tenido en ciertos momentos cuando algo de mis estructuras arquitectónicas personales se encuentran de frente con la realidad, o con el recuerdo.
Sin estos pequeños grandes chispazos, de alguna manera caerìamos bajo el peso de nuestra ciudad personal.(Todos esos recovecos laberìnticos a veces que creamos).
Sì, definitivamente gracias por dar justamente en el clavo.
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