Guía del lector
Reseñas y crítica
Intriga en el Car Wash Intriga en el Car Wash
Intriga en el Car Wash
- Salvador Fleján (Venezuela)
- Mondadori, 2007

El espíritu de supervivencia de los personajes en Intriga en el Car Wash
Por Judit Gerendas
No son frecuentes entre nosotros los libros en los que el humor tiene un papel relevante. El excelente conjunto de cuentos con el que irrumpe Salvador Fleján en la narrativa venezolana, reunidos en el volumen titulado Intriga en el Car Wash, trata, con una mirada irónica y mordaz, una serie de temas y matices de la cultura venezolana, ciertamente bien serios, mediante historias convertidas en desaforadas aventuras, marcadas por la comicidad, el desparpajo y la irreverencia. No es este un humor festivo ni regocijado, sino ácido y patibulario, lo cual contribuye a expresar la imagen de un submundo por el que numerosos personajes, valiéndose de su ingenio, su cinismo, su valor, o, simplemente, de su entrega al azar, se desplazan en su quehacer existencial, enfrentándose a un áspero mundo que ofrece una tenaz resistencia a sus aspiraciones de éxito y de obtener dinero, el gran objetivo central.
Músicos de salsa, narcotraficantes, apostadores del hipódromo, estafadores, misses que bordean la prostitución, beisbolistas aspirantes a las grandes ligas, médicos dedicados a la cirugía estética y emigrantes a Miami dispuestos a lo que sea, conforman este inquietante universo narrativo, el cual sólo en pocos momentos adquiere carácter de drama o de de denuncia: se trata de historias que están narradas, simplemente, cumpliendo con el ancestral objetivo de la narrativa. Cada una de las aventuras es un mundo cerrado en sí mismo, un texto en el cual se nos cuenta algo, con burla y sarcasmo, con anécdotass trepidantes que nos mantienen en vilo a lo largo de toda la lectura.
Los nudos narrativos se presentan de una manera incidental, como si se tratara de hechos intrascendentes; luego, en cada caso, el escritor desarrolla con pulso firme una densa historia que nos conmociona.
Los personajes de Salvador Fleján tienen una intensa vocación por meterse, casi sin darse cuenta, distraídamente, en problemas graves, en conflictos de ardua resolución. Son personajes que, sin tomar conciencia de ello, van dando pasos que, inevitablemente, los llevarán al fracaso, o, en el mejor de los casos, tendrán que desarrollar audaces y creativas estrategias para sobrevivir en situaciones extremadamente difíciles. El enfrentarse con ingenio y con valor a las dificultades más complejas caracteriza a estos personajes, que de alguna manera siempre son unos excluidos a los que, en general, la sociedad no les ofrece otra oportunidad, tienen que inventárselas ellos mismos, a costa de lo que sea, sin cuestionamientos éticos y sin problematizar en ningún momento los medios de los que se valen para lograr sus objetivos.
El escritor construye todo este universo narrativo ya que, evidentemente, no se trata de una simple sumatoria de cuentos, sino de un volumen orgánicamente construido- con una visión no complaciente, más bien despiadada, sobre una cierta cultura venezolana, sobre algunas características que el autor considera sus paradigmas significativos y que subyacen a todos los textos, marcados por las modas, el facilismo y la apuesta por el azar. Entre muchos ejemplos que podrían mencionarse, está el de los estrafalarios personajes de Óvnibus, un excelente cuento en el que se entretejen dos historias, en un contrapunto dialógico resuelto con eficacia y seguridad.
La mayoría de los personajes y sus circunstancias forman parte de un submundo que roza las situaciones ilícitas, o pertenece sin atenuantes al mundo del delito. La articulada secuencia de los cuentos, sin embargo, nos lleva a una inquietante duda: ¿es éste un submundo, o es el mundo propiamente dicho? De pronto el imaginario representado se nos impone con tanta fuerza que terminamos por problematizar nuestras concepciones y nos sentimos tentados a afirmar, junto con el escritor, que este es el mundo, helo aquí en toda su cruda presencia.
Lo que nos salva del melodrama, o de un sociologismo elemental, es el humor. Los seis largos cuentos están escritos en primera persona, con un narador protagonista que dice yo, a partir de lo cual nos relata su historia. Esta estrategia le permite a Salvador Fleján obviar cualquier retórica de orden moralista, filosófica o antropológica: al darle la voz al personaje que desata las acciones y/o es víctima de ellas, nos permite ver el mundo tal como lo vislumbra el personaje en cuestión, desde su conciencia, desde la perspectiva del que apuesta la existencia creyendo que el mundo es una rueda de la fortuna en el que hay que hacer lo que sea y a costa de lo que sea- para mantenerse en lo alto, aunque también cuenta con la suficiente carga de fatalismo como para aceptar el girar de la rueda hasta caer en lo bajo, en el fracaso desde el cual estos representantes de una picaresca dura y sin concesiones harán todo lo posible por volver a entrar en el juego.
El primer cuento, Albóndiga en salsa, quizás el mejor, junto con el útimo, Intriga en el Car Wash, igual de brillante, se diferencia de los otros en que aquí no es el narrador protagonista el delincuente o el que roza lo ilícito, sino los otros personajes, de los cuales hubiera podido ser víctima si no hubiera tenido la inventiva y el talento necesarios para salir de la grave e inverosímil situación que se le ha planteado.
Antes de seguir, quisiera aclarar que cuando me refiero a delincuentes, no estoy hablando de hampones, asesinos o atracadores, como no lo hace Fleján, que es el que ha puesto los temas sobre la mesa. Por eso he hablado de seres que rozan el delito: estafadores, tracaleros, vividores, toda una corte de milagros de la picaresca moderna, esta vez situados en Caracas, Miami, Cali, Margarita, Curazao, los campos de beisbol de Estados Unidos y Taiwan, espacios en los cuales desarollan sus actividades personajes básicamente caraqueños.
Volviendo al protagonista de Albóndiga en salsa, es preciso mencionar que este cuento está basado en un hecho real, como tantas otras obras valiosas de la literatura. Pero los hechos en sí no hablan, están dispersos en la realidad, y es el acto creador el que los convierte en un mundo de imágenes y de símbolos, el que construye a partir de lo sucedido un universo ficticio que da cuenta mejor de la realidad que la mera presencia amorfa de ésta. La historia desarollada en Madame Bovary apareció primero como una breve nota de prensa acerca del suicidio de una mujer en la provincia francesa. Si no hubiera sido por la inventiva de Flaubert, por la reelaboración a la que sometió los hechos escuetos, estos hubieran pasado al olvido, como tantísimos otros.
El acontecer de Albóndiga en salsa tiene su referente en lo que le sucedió al músico de salsa César Monge, de sobrenombre Albóndiga, trombonista y fundador de la orquesta Dimensión Latina, del cual fue director, y quien tuvo que tocar para unos capos del narcotráfico colombiano durante una larga y extraña fiesta.
Pero el humor que practica deliberadamente el personaje narrador del cuento, Albóndiga, es obra del autor, de Salvador Fleján. Cuando el personaje les dice a sus músicos, intérpretes de salsa, que Nos tienen en salsa, les dije a los muchachos para relajarlos un poco. Ninguno entendió el chiste , ahí está ya la mirada incisiva e irónica del narrador, construyendo su historia.
El autor narra, de una forma lograda, estrafalaria y desternillante, cómo los personajes han caído, sin saberlo, en manos de los capos del narcotráfico. El mundo extravagante de los jefes mafiosos de la droga es visto a través del distanciamiento humorístico, con lo cual se soslaya la narrativa de corte sociológico, la cual, de alguna manera, ya ha agotado sus posibilidades y puede terminar por vaciar de significado lo que relata. No es el caso de Fleján, quien finaliza su cuento con una deliberada ingenuidad, que sirve de detonante para relativizar todo lo dicho y así, paradójicamente, otorgarle todo su peso significante: Dijo que le diéramos las gracias a Oshún y que podíamos irnos en paz. Hasta no hace mucho pensé que el tal Oshún era el nombre de uno de los mafiosos (p. 37).
Este excelente cuento, que nos narra un hecho local, particular, se conecta con lo universal por medio de un fabuloso diálogo interno con Las mil y una noches, cuando el protagonista, que ha preparado un repertorio como para una fiesta normal, pregunta, desprevenidamente, cuántos temas debe incluir en su presentación, y le contestan que como mil. Entonces, tal cual Sherezade, tiene que inventar música de donde no tiene, crear y recrear, reciclar, repetir, fabular, mantener las expectativas, tocar por mil y una noches, siempre por una más, en hondo paradigma del arte, que a los mismos temas los puede abordar desde infinitas perspectivas, con infinitos recursos, renovando su quehacer hasta el fin de los tiempos, ofreciéndole la salvación a Sherezade, creadora, y a su poderoso lector-escucha, que ha amenazado su vida, pero que no la puede cegar porque el cuento no tiene fin y por siempre fluye, al igual que la música que se ha de tocar ante los capos, que igualmente tienen amenazada la vida de los músicos.
El protagonista elabora un repertorio tras otro. Pero con ello el cuento se conecta desde otro ángulo con la literatura universal, ya que los títulos de las presuntas canciones son en realidad títulos de libros. De nuevo el autor lo hace de una forma brillante, ya que, si nos fijamos bien, se trata de una valorización literaria, puesto que, aunque se nos informa que las cifras al lado de las supuestas canciones indican las veces que se tocó cada cual, la numeración va del 01 al 20, lo cual, evidentemente, es una calificación que se mueve entre el aplazado y el excelente. Se trata, entonces, de una calificación literaria, una especie de selección de libros similar a la que hicieron el cura y el barbero el El Quijote. Se destacan Estrella distante, de Roberto Bolaño, Corazón tan blanco, de Javier Marías, El bonche, de Renato Rodríguez y Las primeras hojas de la noche, de Francisco Massiani, junto a algunos otros que no conozco, puesto que los nombres de los autores no aparecen al lado de las canciones. Son, además, varios los autores venezolanos que salen muy mal parados en el número de veces que se tocaron en el repertorio.
La ironía marca también al cuento Óvnibus, en el que las historias de dos mundos sórdidos, el de las apuestas del hipódromo caraqueño y el de los creyentes en los ovnis en Miami, se entretejen a través de comparaciones inesperadas y de los absurdos del vivir cotidiano, todo narrado con la escasez de medios, el tono risueño y la anécdota certera y dura como un puñetazo, que caracterizan a la prosa de Salvador Fleján. Ese tono humorístico del lenguaje coloquial que los personajes que hablan en primera persona nunca pierden, ni siquiera en medio de las más insoportables dificultades, le otorga su desparpajo a estos relatos, y el autor logra con ello la creación de unas atmósferas peculiares.
Las escenas hilarantes y el ingenio permiten estructurar textos sobre un mundo que se ha transformado, mediante cambios radicales que han dejado al individuo al margen, en espacios en los que nada queda fijo. La crítica y el humor van asociados, sólo que la crítica se produce en acto, no al margen de la acción narrativa, sino a partir de ella, se desprende de ella. Hay juegos de palabras con el inglés, comparaciones con elementos cinematográficos, el absurdo contínuamente presente como un hecho natural, la visión cínica, aunque al mismo tiempo también realista, así como crónicas de fracasos anunciados. La mirada crítica no se detiene sólo sobre los venezolanos, sino también sobre los estadounidenses.
La comicidad se expresa también a través de lo hiperbólico, así como por medio de las múltiples culturas reunidas en un mismo lugar Miami-, y sus expresiones lingüísticas, elementos que llevan a situaciones estrafalarias y a escenas de humor patibulario. Todo esto es particularmente notable en el cuento que le da título al volumen, en el cual unos delincuentes menores participan, sin darse cuenta, en un espantoso operativo mundial de trascendencia histórica: la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York. La audacia del autor le permite manejar este espinoso tema con su ingenio de siempre, sin moralizaciones de ninguna especie, sin sentencias políticas, sino inventando una despampanante historia en un lavado de autos al seco, en el cual un conjunto de personajes de la picaresca latinoamericana vive situaciones tan trepidantes como las de las primeras películas mudas en blanco y negro, en las que diferentes personajes torpes e insólitos se veían envueltos en conflictos absolutamente inverosímiles, para ser perseguidos por enjambres de policías, de los cuales, de alguna manera ágil y habilidosa, terminaban por escapar en la mayoría de los casos.
En un blog leí el siguiente comentario, firmado por alguien con la denominación Anónimo: Yo me divertí horrores con ese par de venezolanos metidos en el zaperoco de las Torres Gemelas.
La mirada a la vez crítica y risueña sobre la cultura venezolana sobre una cierta cultura venezolana- se expesa a través de detonantes cómicos, de comparaciones inesperadas, de fabulaciones inverosímiles, de situaciones extremadamente graves manejadas por los personajes con una irresponsabilidad pasmosa, y un humor macabro que demuestra un profundo conocimiento de los seres humanos y de los distintos ambientes en los cuales estos se mueven.
Uno de los venezolanos del cuento estafa a otro y se esfuma, llevándose el paquete que contiene una fortuna en dólares. La situación se resume en una brillante parodia literaria relativa al dinosauro de Monterroso-, de inesperada aparición: Cuando desperté, lo único que seguía allí era el monitor (p. 129).
En general en todos los cuentos los personajes se involucran casi sin darse cuenta, inocentemente, en situaciones ilícitas o francamente delictivas. Pero cuando presienten las diversas amenazas latentes sacan recursos insospechados de sí mismos y, sin arredrarse en ningún momento, se lanzan al vértigo de la acción, en imágenes dignas de cualquier película de gangsters, a través de gags excepcionalmente bien construidos. Pero no son gangsters, son simples sujetos pertenecientes a la picaresca, representantes de la viveza criolla, seres periféricos siempre dispuestos a dar un golpe, en el sentido que tiene en la película titulada precisamente El golpe, en la cual la picaresca corre por cuenta de Paul Newman y Robert Redford. En el cuento Óvnibus se pone en práctica un truco hípico casi tan logrado como el de la mencionada película.
Los personajes que se mueven en este submundo digamos, para nuestra tranquilidad, que es sólo un submundo-, aunque a veces coinciden en sus intereses, permanentemente están traicionándose los unos a los otros, ya que cada cual busca exclusivamente satisfacer sus propios objetivos, su propio interés, lo cual, en numerosas ocasiones, implica el perjudicar seriamente al otro. Como los personajes de Roberto Arlt, bullen todo el tiempo, inventan, planifican, se meten en problemas, fracasan, se explotan el uno al otro inmisericordemente, se preparan trampas en las que van cayendo, a veces unos, a veces otros, en ese submundo en el cual las relaciones siguen funcionando, sin cesar, sin detenerse ni un minuto, entretejiéndose de mil maneras, aunque sin destejerse nunca, sin ninguna vocación de Penélope.
Los personajes protagónicos son estos seres periféricos y se corresponden, modenizados, con la picaresca. Pero existe otro mundo del delito, vasto y poderoso, de criminales profesionales, como los capos del narcotráfico, de Albóndiga en salsa o como la mafia taiwanesa que controla el beisbol en ese país, tal como aparece en el cuento Grandeliga. Este texto, de una prosa particularmente lograda, nos muestra el dramatismo de una situación en la que un joven beisbolista venezolano, un personaje por una vez ajeno al submundo del delito, tiene la grandeza de oponerse a la estafa y paga con su vida por ello.
También en Albóndiga en salsa hay una resistencia al delito, aunque aquí no frontal, como en Grandeliga, sino a partir del ingenio, como ya hemos visto. La música es el aspecto más humano, entrañable, de este texto. Se narra la historia de la orquesta, que se corresponde con un referente, como ya he mencionado. En este sentido, al igual que Grandeliga, recuerda al cuento Sólo un shortstop, de Luis Felipe Castillo, incluido en su libro El placer de la falsificación , el cual también parte de un hecho y de un shortstop reales, para desde ahí crear una historia ficticia, un cuento que conserva elementos del referente, a la vez que se distancia, por medio de la literatura, de ellos. Hay, sin embargo, una diferencia entre los dos textos: en los cuentos de Fleján se narra la anécdota, simple, escueta y certeramente, de la cual se desprenden los significados implícitos; en el de Castillo hay una indagación filosófica del fracaso, muy bien entramado dentro del texto, pero explícito, en forma de reflexiones que se integran a la narración. Son dos estilos, igualmente válidos, pero diferentes. Lo que me interesa aquí simplemente es establecer una filiación para la escritura de Salvador Fleján, y en este caso la encuentro en la de Luis Felipe Castillo, en el cuento mencionado.
El esperpéntico y dramático evento de Albóndiga en salsa se matiza con la música, hasta culminar con una canción capaz de salvar vidas, una canción que le da la impresión a los narcotraficantes de ser música santera, y entonces se produce una nueva y brillante parodia, una nueva intertextualidad. Esta vez se trata de la famosa frase play it again, Sam, supuestamente de la película Casablanca, del director húngaro Michael Curtiz. Lo notable de esta frase, que merecería estar entre los ejemplos de falsificación que ficcionaliza Luis Felipe Castillo, es que nunca es pronunciada en la película. Es una invención de la literatura (y del propio cine) y forma parte de numerosas novelas, aunque no de la película, por lo menos no así, textualmente. Aunque sí hay ahí un bar, el Ricks Cafe, en el que transcurre gran parte de la acción, con un pianista llamado Sam, el cual toca una y otra vez una canción llamada As time goes by, El tiempo pasará. Cántala, le dice algún personaje de vez en cuando, tócala, le dice algún otro.
Viktor László, personaje de nombre húngaro, interpretado por Paul Henreid, organiza la resistencia contra los nazis, desde Casablanca. La película se rodó en 1942, es decir, en plena segunda guerra mundial. Sam, el pianista, es interpretado por un músico negro, Dooley Wilson, quien en la vida real era percusionista.
Es una película de Woody Allen la que inicia el mito, que luego es retomado y dado por verídico por numerosos escritores, los cuales, de esta manera, ciertamente, lo hacen verídico. Tal como lo dice Umberto Eco, Si Casablanca sobrevive frente al paso del tiempo es por haber proyectado ante la visión del alma humana el arquetipo mítico del héroe como un modelo ético. Y luego agrega: El mensaje central de la canción que fue su origen remoto consiste en que lo esencial se revela en y con el paso del tiempo. Mucha gente ha notado esa huella en su alma de forma muy sencilla y a través de un popular error: play it again, Sam, que da título a la comedia de Woody Allen Sueños de seductor y que nunca se dice en Casablanca. He ahí el deseo inconsciente de que nos relaten de nuevo el cuento de nunca acabar, the same old story, la misma vieja historia de amor y de gloria, de vida y de muerte.
Una variante del play it again se da también en Albóndiga en salsa, cuando el narcotraficante pide una y otra vez que le toquen la canción que le parece que pertenece a la santería. Y así lo hicimos, según el pianista nos dice el personaje narrador-. La tocamos y la tocamos hasta que un rayo de luz madrugadora nos recordó a todos que las noches no son infinitas (p. 37).
En este cuento no hay ningún héroe arquetípico que pueda servir de modelo ético. Pero sí está presente la necesidad de sobrevivir a como dé lugar, lo cual no deja de constituir también un arquetipo universal. Y entonces, así como Umberto Eco nos habla del deseo de escuchar el cuento de nunca acabar, en lo que coincide con Las mil y una noches, el deseo de hacer tocar una y otra vez la misma canción, hecho no casualmente narrado por un pianista, lo cual no sucede en ningún otro momento del cuento, es lo que finalmente salvará las vidas de los músicos en peligro, quienes resisten, a su manera, así como resisten en Casablanca los personajes interpretados por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, mientras bailan al son de un glorioso bolero latinoamericano.
Por otra parte, y en otro orden de ideas, la acción de casi todos los cuentos gira en torno a dineros mal habidos, o al deseo de obtenerlos o de conservarlos. Ello es el motor y el objetivo que hace funcionar al mundo ilegal (¿sólo al ilegal?), es la motivación que impulsa el actuar de los personajes, que se suceden en incesantes secuencias para lograr alcanzar el dinero, señuelo principal en el mundo representado, sólo obtenible por los seres periféricos que conforman el universo narrativo por la vía del delito, mientras que los que no están en la periferia, sino en el centro del establishment, se valen de recursos no menos ilegales, pero de mucha mayor magnitud y con métodos profesionales, neutros, confiables, no con la tan humana chambonería de la picaresca. Los seres ficcionalizados en estos cuentos tienen como forma de vida y objetivo central de su existencia el inventar trucos y ponerlos en práctica, sin cesar y sin descanso. Entre ellos está el personaje narrador de Grandeliga, el cual prepara metódica y programáticamente a su hijo, desde la infancia, para convertirlo en un beisbolista exitoso que gane mucho dinero. El deporte está visto aquí como un negocio, tanto por el padre como por los que manejan la gran carpa. El conflicto dramático lo produce el hecho de que al hijo no le gusta el beisbol, algo tan simple como eso. Entonces queda desvelado el acto del padre como una pura transacción comercial en la cual la mercancía que se vende es el propio hijo. Muy bien narrado, el cuento va asordinando el drama, hasta el trágico detonante final.
En otro texto, titulado Restauración, el narrador personaje es otro fetiche de la cultura venezolana: el cirujano plástico. Su motivación para el ejercicio médico es, también, exclusivamente comercial. El dinero numerosas veces forma parte significativa de la anécdota, del entramado de la historia, como es evidente en Intriga en el Car Wash. Toda la inventiva con la que cuentan los personajes que es mucha- está orientada hacia ese fin. El submundo se maneja con dinero, y las variantes giran en torno a ello, sólo cambia el nivel de las ambiciones:
Ya con los cuarenta mil dólares que tenía en remojo dentro de
los calzoncillos me era más que suficiente. Puede que no fuera
una fortuna, pero a mí me bastaban. Lo que sí tenía por seguro
era que Marcelo no se conformaría hasta obtener lo que él se
imaginaba como el jackpot de todo esto (p. 127).
Los maletines con dinero, mal habidos, abundan en esta narrativa, y son, también, intenso objeto del deseo de múltiples personajes, por lo cual terminan pasando de mano en mano, por medio de la maña o mediante la fuerza. Son maletines de los que se van apropiando los unos y los otros, todos tomando lo que no les pertenece, y los que en algún momento son los estafados quizás en algún otro son, o serán, los estafadores. En este universo narrativo todo pareciera girar en torno a maletines llenos de dinero, aunque algunas veces se trate de paquetes, o bultos, que para el caso resultan ser lo mismo. El contenido del maletín generalmente no se formula en palabras, pero se da por sentado, es un supuesto cuya incógnita no esconde ningún misterio, adentro debe relucir el cuerpo del delito, o su precio más bien, generando fantasías de riqueza, a la vez que suscitando problemas que terminan creando situaciones cada vez más insolubles, en la feroz lucha por su propiedad, ya que, evidentemente, estos personajes no son como los bomberos, sí se pisan la manguera los unos a los otros: Pero eso también me pareció inútil: yo por un lado lo enterraría y Marcelo volvería con una pala al día siguiente a desenterrarlo (p. 127).
Como he dicho ya, cada quien explota al otro, y lo hace por dinero; cada quien está dispuesto a llevar a cabo sucesivas estafas, menores o mayores, para obtenerlo. Dentro de este contexto tiene lugar primordial el simulacro, en una suerte de muy inteligente parodización de una de las categorías de cierto postmodernismo que ha dejado de percibir la realidad, para dedicarse a elaborar constructos que simulan ser simulacros, como únicas opciones cognoscitivas y epistemológicas para acceder a lo real.
Todo el trabajo del protagonista de Óvnibus como comentarista hípico está sustentado en una farsa inventado por otro. Cuando este otro personaje se retira, el tinglado entero se viene abajo. El personaje narrador es una ficción creada por ese otro; ficción que él mismo se ha creído, y sólo se da cuenta de su precaria realidad a partir de una carencia, al dejar de contar con el apoyo para el simulacro, momento en el cual se sale de su rol es sacado de él-, para ir directo al fracaso. El cuento ficcionaliza una idea central en el mundo contemporáneo: la radical intervención de lo virtual. En varios cuentos, pero sobre todo en éste, todo parece falso, producto de la picaresca o de la alucinación generada por la marihuana. La droga forma parte de la vida cotidiana y su consumo forma parte del submundo: es altamente significativo para unos seres entregados al azar y alienados a existencias ficticias.
Igual sucede con el alcohol, cuyo consumo es también omnipresente. En los momentos más inoportunos, los que son más trascendentales para ellos, los personajes se encuentran borrachos. Las decisiones existenciales se toman en bares y de una manera azarosa. El alcohol es algo que es objetivo central en la vida de estos personajes, motivación por la cual son capaces de tirar por la borda éxito, carrera, dinero, tal como el primer grandeliga del cuento de ese nombre, que abandona todo por ir en busca de unas cervezas bien frías. Fracasada su carrera en las grandes ligas, su existencia misma zozobra por las mismas causas.
Otro personaje alcoholizado y fracasado será el cirujano plástico, cuyas manos temblorosas ahuyentarán a su clientela.
En el cuento Óvnibus se entreteje la relación entre dos simulacros: el mundo de los caballos del hipódromo y el de los ovnis. La creencia de dos de los personajes en los extraterrestres introduce hábilmente en el texto los recursos de la ciencia ficción, a la vez que refuerza la idea de la realidad convertida en simulacro, simulacro en el cual los personajes confían a partir de una creencia irreductible. Aquí también, como en casi todos los cuentos, la droga es un poderoso auxiliar para potenciar ese tipo de percepción de la realidad.
La ciencia ficción es objeto de la parodia del autor, el cual se vale del personaje narrador para burlarse de los creyentes en los ovnis, creando todo un falso contexto propio de este género literario.
En la otra línea argumental de este cuento, la del hipódromo, aunque el tinglado montado se ha derrumbado, los dos personajes contrincantes siguen simulando, continúan fingiendo, cada uno en pos de sus propios intereses. Son destinos que se juegan sobre el simulacro y la falsificación, en un universo narrativo en el que se parodiza logradamente lo real como apariencia, como irrealidad.
El simulacro en Miss Nueva Esparta está al servicio del engaño de una mujer; en Restauración al de la falsificación del paso del tiempo; en Intriga en el Car Wash simular un trabajo que no se efectúa es lo que genera el dinero.
Simular es un juego, pero no uno cualquiera: es un juego peligroso. Muchos de los textos tienen que ver con el juego propiamente, aunque, al mismo tiempo, también en esos casos se trata de juegos que pueden llegar a ser peligrosos: una fiesta del narcotráfico, las carreras de caballos, los concursos de belleza, los juegos de beisbol, la cirugía plástica y la reconstrucción de carros viejos, son actividades en las cuales se juega mucho dinero y, en numerosos casos, la vida misma, como en el cuento Grandeliga, en el que el joven beisbolista es asesinado por una mafia, por no aceptar formar parte de un simulacro, por apostar, en este cuento que se diferencia de los demás por esto mismo, por la verdad, por la honestidad. Sus antepasados no habían permitido suponer una conducta de este tipo: uno de sus tíos, siendo muchacho, fue objeto de una estrafalaria subasta para ser vendido al scout de grandes ligas que ofreciera el mejor contrato. El prospecto de beisbolista, que tiene todas las cualidades y condiciones para alcanzar el éxito, se presenta borracho y trasnochado a esa prueba trascendente de su vida, en un episodio construido con intensas y logradas imágenes, que dan cuenta una vez más de la excelente capacidad de narración de Salvador Fleján: Cuando se paró en el home yo pensé que de un momento a otro se iba a derretir; ponerse debajo de aquella llamarada que era ese sol de mediodía era poco menos que un suicidio (p. 84).
Ya contratado, a pesar de todo, luego de mercancía, el muchacho se convierte en billete de lotería, muy en la tónica de la visión que sobre la cultura venezolana tiene el autor: es la apuesta al azar que hace su familia para obtener, a través de ese ser humano dotado de condiciones excepcionales, una fortuna para el sostén de sus vidas: Verlo convertido en pelotero grandeliga pasó de ser un anhelo familiar a convertirse en una suerte de rifa clandestina en la que mi hermano era nuestro único número (p. 86).
Pero luego, en una tercera generación de beisbolistas en una misma familia, surge el muchacho, serio y profesional, pero, alrededor de su persona se genera el drama, muy bien formulado: el beisbol no le gusta, está ahí sólo por cumplir la utopía de su padre. El cuento, muy finamente, pone en escena la eterna historia del vínculo contradictorio entre padre e hijo.
Dentro de tanta dureza, dentro de un mundo tan áspero e inclemente, reverbera, aunque sólo por la fracción de un segundo, una imagen dulce y amorosa. No surge de la realidad, sino de un sueño, en el cuento Óvnibus. Un sueño cuyos restos diurnos pertenecen al mundo cotidiano en el que se mueve el protagonista en el universo narrativo, los caballos y el espacio del hipódromo, los cuales remiten a un antiguo y entrañable recuerdo de infancia, a la universal imagen del padre: Mi padre me llevaba montado sobre sus hombros. Yo era un niño muy pequeño, de unos cinco o seis años, (p. 50), nos dice el narrador protagonista. Es un momento en el que no tiene miedo, aunque está a mucha altura, pero su padre lo agarraba con fuerza. Los dos nos aferramos el uno al otro. La confianza y la seguridad que no ofrece un mundo desquiciado, generador de incertidumbre y desamparo, cruel y atemorizante, surge de un vínculo afectivo que ya sólo pertenece al mundo de los sueños, expresión del deseo de vivir en un mundo donde haya protección, que no sea ilícito, que sea más humano, a partir de ese padre que probablemente ya sólo es un ser fantasmático incapaz de cumplir con sueño alguno- que se busca en la literatura desde sus inicios, desde que Telémaco partió para encontrar a Ulises. Otros ejemplos sobrarían, pero mencionemos sólo uno más: el famoso comienzo de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, cuando el protagonista de la novela, Juan Preciado, hijo del personaje que le da título a la obra, llega a Comala y le dice al primer ser humano con el que se encuentra, un fantasma apenas, aunque ni Juan Preciado ni nosotros los lectores lo sabemos todavía: Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.
La figura paterna del cuento de Fleján es una creación de él, pero lo que ahí se dice corresponde a la voz del protagonista de ese cuento. A mí se me permite recordar que yo, hace cincuenta años, estudié tercer año de bachillerato en el Liceo Rafael Urdaneta con alguien llamado Salvador Fleján. Me acuerdo hasta de la lista de clases: Ferretti, Fleján, Gerendas, Gómez
Después, pasamos todos al Liceo Andrés Bello, para cursar ahí los otros dos años, y entonces quedamos en secciones diferentes. Ahora me encuentro con este escritor, del mismo nombre, hijo de mi antiguo compañero de estudios, ya fallecido, y con este libro que tanto me ha gustado. Indudablemente es una forma de perdurar de los seres humanos, de trascender a la muerte: a través del continuarse en los hijos, a través de la escritura de libros.
Publicado en http://labaladadelbajista.blogspot.com/
Judit Gerendas
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