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Lo que queda

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Lo que queda

  1. José Watanabe (Perú) 
  2. Editorial Monte Ávila. Colección Altazor, Caracas, 2005.

Otras obras del autor 

  1. Álbum de familia 
  2. El huso de la palabra
  3. Historia natural
  4. Cosas del cuerpo
  5. Habitó entre nosotros
  6. La piedra alada
     

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Ha muerto José Watanabe.

Fue casi a la medianoche del jueves 26 de abril, y quiero imaginar que de aguacero, aunque más bien la noticia decía cáncer de garganta. José era poeta y peruano; esas dos formas latinoamericanas de ser taciturno y desarraigado. Y al juntar las palabras poeta y peruano es inevitable no pensar además en César Vallejo. No me resulta excesiva la asociación. Presiento, sin alarde melancólico, que la poesía de José ha sido una de las más cercanas, casi fraternas, a la ternura, la corporalidad, la crudeza y la intensidad telúricas de los versos del cholo. Ambos han dejado palabras estremecedoras, memorables, profundamente peruanas y a la vez universales, de una belleza dolorosa que es imposible no acoger con reverencia. Y también con estupor. Ya eso, quiero creer, los hace estar menos muertos. Pero ignoro si esa trascendencia sea menos una verdad que un consuelo literario.

Hace un año me encontré con los poemas de José. Una tarde, un amigo periodista, a quien las editoriales le envían semanalmente una cantidad inmerecida de libros, a manera de limpieza de su escritorio, me regaló una ruma de volúmenes de poesía de la Editorial Monte Ávila. “Llévatelos”, me dijo. Y así lo hice. Entre ellos estaba una antología titulada Lo que queda, publicada en 2005, de un autor de quien no tenía referencias: José Watanabe. Abrí el libro al azar, como suelo hacer con los poemarios, y a modo de presentación y revelación, aparecieron estos versos:

"El guardián del hielo"

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

Seguí hojeando el libro, ya con más avidez, y de pronto supe eso que intuye todo lector cuando descubre a un escritor que presume inolvidable: hay que leerlo con calma, sin el estrépito y el apuro de la calle o el trabajo. Esperé entonces con impaciencia y esa misma noche, al llegar a la casa, leí todo el libro, con admiración. Sé que la poesía exige otros rigores de lectura, menos ansiosos, tal vez, que los que suscita la narrativa. Un libro de cuentos o una novela se suelen leer, siempre que el escritor sea un encantador de serpientes, con sed desesperada y cautivada. Con la poesía hay que andarse con cuidado. Pide otro ritmo, otro acercamiento. Hay que catar primero. No sólo por comprensión sino por precaución. Un libro de poemas completo en una noche puede ser una sobredosis de lenguaje. Sin embargo, esa vez leí los versos de Watanabe con impulsividad y mandé al diablo las razones, las advertencias emocionales. Y valió la pena. 

“La piedra alada”

El pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.
Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.
Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.


Comentar la poesía, a modo de exégesis, no es de mi interés. Al menos no en este momento. La poesía está allí, y que cada quien la sienta, o la rechace, según sus propios afanes. Sólo he querido escribir estas líneas porque ha muerto José Watanabe, y algo había que hacer con este pesar, con esa pérdida. Ofrecer una muestra breve de sus poemas es una manera de recordar y honrar su oficio de poeta, ahora que su oficio es otro y desconocido. Por fortuna, el libro se consigue en varias librerías, y su precio, que no su valor, es económico. Voy a transcribir un poema más; mi preferido. Nuevamente del vuelo. Y del adiós.

“La oruga”

Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente, trabajosamente,
pero sé que mañana serás del aire.

Hace mucho supe que no eras un animal terminado
y como entonces
arrodillado y trémulo
te pregunto:
¿sabes que mañana serás del aire?
¿te han advertido que esas dos molestias aún invisibles
serán tus alas?
¿te han dicho cuánto duelen al abrirse
o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación
y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire
y tal vez mirándote las alas no te reconozcas
y quieras renunciar,
pero ya no: debes ir al aire y no con nosotros.

Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.
Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despegar nunca la barriga de la tierra.

Luis Yslas

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