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López Ortega, Antonio

Obras publicadas

  1. Cartas de relación (Caracas, Fundarte, 1982)
  2. Calendario (Caracas, Monte Ávila Editores, 1989) 
  3. Naturalezas menores  (Alfadil Ediciones, 1991)
  4. El camino de la alteridad (Caracas, Fundarte, 1995)
  5. Lunar (México, Universidad Autónoma Metropolitana de México, 1996)
  6. Asia y el Lejano Oriente (1966)
  7. Calendario y otros textos (Caracas, Monte Ávila Editores, 1997)
  8. Antología narrativa (Cambridge, Lumen Editions, 1998)
  9. Short stories (traducción de Nathan Budoff; Ajena, Alfaguara, 2001)
  10. Discurso del subsuelo (Totdmann Editores, 2003)
  11. Los labios de Laura y otros cuentos (Playco Editores, 2004)
  12. Río de sangre (Mondadori Literatura, 2005)
  13. Ajena (Antología, Mondadori Literatura, 2006)
  14. Fractura y otros relatos (Reedición Antología, Mondadori Literatura, 2006)

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Nace en Punta Cardón (estado Falcón), en 1957. Posee una Licenciatura y Maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de la Sorbona de París (1979-1985). Ha sido Director de Publicaciones de Fundarte (1985-1988), Coordinador de Talleres Literarios en la Fundación CELARG (1987-1988), Director Literario de Alfadil Ediciones (1989-1993), Coordinador de Talleres Literarios en la Fundación CELARG (1995-1996), Gerente General de la Fundación Bigott (1991-2003), Miembro del Directorio del CONAC (1999-2000), Fundador del Taller de Expresión Literaria de la USB (1976-1979), Miembro del Taller de Narrativa de la Fundación CELARG bajo la coordinación de Oswaldo Trejo (1977-1978), Asesor del Consejo de Redacción de la revista escandalar en Nueva York (1983-1985), Asesor del Consejo de Redacción de la revista Altaforte en París (1983-1985), Miembro del Consejo de Redacción de la revista Criticarte (1985-1988), Fundador de la editorial Pequeña Venecia (1989-1998), Conductor y productor del programa televisivo Entrelíneas de VTV (1989-1993), Director de la Revista Bigott (1991-1998), Director-Gerente de la Fundación Bigott (1991-1998), Miembro del Consejo Directivo de la Fundación CELARG (1994-1999), Miembro del Consejo Asesor de la Revista Imagen (1994-2000), Miembro del Consejo Directivo de Centro Autónomo de Cinematografía (1996-1998), Miembro del Consejo Directivo de la Galería de Arte Nacional (1998-2000), Miembro del Directorio del Consejo Nacional de la Cultura (1999), Miembro del Directorio de la Fundación Cultural Chacao (2002-2003).

Reflexión sobre la literatura  

 

POR UNA LITERATURA MENOR

         Desde sus inicios, la América hispana ha sido habitada por los grandes discursos. Encarnación terrestre de la utopía europea, paraíso del buen salvaje o escenario para el ensayo revolucionario, América es el espejo en el que Occidente mira sus deformaciones o idealiza su deseado rostro. Si, como bien afirmara Lezama Lima, nuestra primera pulsión literaria es la del inventario, se entiende entonces que nuestro primer lector sea el de ultramar. No comenzamos a escribir para hablarnos a nosotros mismos sino a ese ser distante que esperaba ansioso las noticias o "relaciones" del nuevo mundo. ¿Qué otra cosa esconde el empeño de Colón o el de los cronistas reales sino el de remitir lo más certeramente posible los signos de la realidad desconocida? Retorciendo la expresividad para endulzar los oídos lejanos, el cronista convierte a la guanábana en "un melón con labores sutiles" o casi extermina al mamífero manatí creyéndolo una sirena tropical del Caribe.

     Con el paso de los años, nuestro distante lector se troca en habitante de estas tierras pero sin que la visión logocéntrica lo abandone. Así, en pleno siglo XIX, como un cronista camuflado, don Andrés Bello tiene que convencernos de las bondades del banano o del estupor que genera la visión de la piña. Es, todavía, el hombre obsesionado con su desmedido entorno, el hombre que hurga con precisión milimétrica en lo que lo rodea para encontrar un poco de sentido en sí mismo. Ya Murena desde Argentina, con mayor inteligencia que otros, nos alertaba sobre "la pasión adánica" de nuestra literatura, es decir, sobre la necesidad de irlo nombrando todo a cada paso. La constante del inventario ha recaído en civilizaciones ajenas, en la flora y fauna deslumbrantes, en una climatología desconocida, en los ritos y costumbres, pero también en la proyección mental de los bestiarios medievales o de los héroes de caballería. California y Amazonas son apenas dos de los términos que nos remiten a las lecturas de nuestros conquistadores.

     Si bien "la pasión adánica" ha abusado hasta la saciedad del paisaje o de las costumbres (piénsese, por ejemplo, en la novelística de Icaza o en ciertas obras narrativas), también la Historia ha ofrecido en años más recientes un terreno transitable. Desde la novela indigenista de los Andes, pasando por la novela de la Revolución mexicana, hasta llegar a la novela de los dictadores (El otoño del patriarca, El recurso del método o Yo, el supremo), el escritor hispanoamericano ha sentido la necesidad de transponer la historiografía oficial -por incompleta o falsa- y construir cuerpos autónomos que no aspiran a ser otra cosa que tentativas de reinterpretación de la realidad. Una vez más, el empeño por conocer el rostro definitivo de un ser, por arrojar las claves de una cosmovisión, es lo que prevalece en estas tentativas. Cambiamos el banano por Guzmán Blanco o la piña por el doctor Francia para tratar de dar con los signos del entorno y conocernos mejor a nosotros mismos. Aun en las novelas que no transitan por lo histórico -como, por ejemplo, Cien años de soledad- el tufillo de la Historia se siente cuando García Márquez recrea la genealogía de una estirpe que bien resume los aciertos y desmanes de estas "sociedades en formación" (Rodríguez).

     Si a la pasión por el inventario unimos la tentación enciclopédica tendremos lo que, mal o bien llamado, ocurrió con el boom de la novela de los años 60. Se trataba, francamente, de una gesta libertadora, de una reinvención del mundo con nuevas palabras y nuevas visiones. Catedrales del conocimiento como Terra Nostra o desdoblamientos temporales como La casa verde nos hacían pensar por un momento que el mundo se iniciaba allí, fresco y recién bautizado, y que todo había que reaprenderlo. Era, ciertamente, el momento de unos titanes cuyas obras nos acercaban al paroxismo de una concepción literaria: novelas singulares que fundían en un solo rapto expresivo diferentes lenguajes, hablas, concepciones temporales y espacios históricos. Así, la reafirmación de los espejos (las obras) nos inducían a tener una imagen más clara de nosotros mismos, de nuestra cultura y de nuestra civilización.

     Ahora bien, no hay afirmación cultural sin fisuras, interrupciones y contracorrientes. Las grandes corrientes marinas no dejan ver con facilidad los breves torrentes que regulan las temperaturas o moldean las cavernas. Es posible que la literatura que ha apostado al inventario haya monopolizado buena parte de nuestra realidad expresiva pero, evidentemente, no es la única. Sus grandes cimas, incluso, han revelado grandes deudas espirituales: la de un García Márquez con la obra efímera de un Rulfo, la de un Cortázar con la obra disparatada de un Felisberto Hernández o con el carácter voluntariamente fragmentario de la narrativa de Borges. Detrás, o por debajo, del apetito totalizante, se esconden otras cosmovisiones quizás menos ambiciosas pero no menos certeras. Es la pulsión que apuntado a la brevedad, al detalle, a la historia menor; es la pulsión que se ha apartado de los grandes cuerpos míticos, que no se ha dejado subyugar por la abundancia y que ha preferido optar por los relatos aparentemente insignificantes de una realidad aplazada u olvidada por los cuerpos mayores.

     En definitiva, la fuerza que ha impulsado a la literatura del inventario es de raigambre ideológica. Desde las Cartas de relación de Cortés hasta la novela histórica de nuestros días, la pulsión literaria parece querer responder a factores externos: un lector de ultramar ansioso de "relaciones", o un ciudadano autóctono que tiene que definir su existencia entre el viejo y el nuevo orden, o un lector moderno desconfiado de sus mitos históricos y cuya integridad espiritual debe ser resguardada a toda costa por el imaginario de los escritores. El síndrome de las "sociedades en formación" (nuevamente Rodríguez) no parece abandonarnos tan fácilmente y mucha tinta se ha invertido en el esclarecimiento de nuestro signo colectivo.

     Ya en las postrimerías del siglo, cuando se han cumplido quinientos años de una hazaña histórica indudable, oscilando entre quienes se dejan seducir por las profecías milenaristas o quienes apuestan decididamente a la inserción de la América hispana en el diálogo global de las naciones, valdría la pena esbozar algunas reflexiones en torno a la misión -si alguna cabe- de la literatura en nuestros días. La primera: si, coincidiendo con Carlos Fuentes, la única celebración posible en este recientemente cumplido Quinto Centenario del Descubrimiento es la de percatarnos de nuestra cohesión cultural más allá de nuestros aún fallidos ensayos políticos o económicos, no otro destino aguarda a nuestros artistas que el de perfeccionar sus vocaciones. El discurso cultural está llamado a ser la línea de fuerza mayor de estas sociedades y, dentro de él, la literatura jugará un papel capital. No ya quizás con las grandes catedrales narrativas, que al inaugurar un sentido casi lo agotan; no ya quizás con el inventario del ser sino inventando el ser hispanoamericano: su manera de sentir, de amar, de temer. Se impone una tarea de reconciliación -cuando no de relectura- con esos cuerpos menores de nuestra narrativa, con esas tentativas nada enciclopédicas, puntuales, afirmativas, desordenadas en el tiempo y en el espacio, que escritores periféricos a las líneas centrales nos han ido dejando más allá de los discursos dominantes y de las modas.

     La expresión narrativa hispanoamericana vive un momento de recogimiento, de contracción, en el que los grandes monumentos literarios parecen haber saldado una vieja deuda con tiempos y exigencias que ya no nos pertenecen. Mucho más inseguros y perplejos, los narradores hispanoamericanos de nuestros días apuestan al relato breve, al  fragmento, a la anotación de turno, al ensayo fronterizo en el que una narración bien puede ser un poema en prosa. Es la reacción natural frente a un mundo que ha logrado esfumar las certezas en las que se ha fundado o que ha disipado todo residuo ideológico. De la afirmación hemos pasado al escepticismo o a la humildad. ¿Reflujo ante un tiempo recién pasado de prosperidad y un futuro más promisorio? Responder sería admitir que todo discurso cultural tiene momentos mayores y menores cuando lo que acá nos ocupa es más bien reconocer la validez y trascendencia de ciertas obras más allá de estas vicisitudes.

     Una literatura menor sería, pues, aquélla que desconfía de los cuerpos mayores, aquélla que hurga y proyecta una intimidad. Deleuze y Guattari, en su sorprendente ensayo sobre la obra de Kafka, destacan tres condiciones invariables: la desesterritorialización de la lengua, el entroncamiento de la voluntad individual por encima de las condicionantes del entorno y la disposición para hablar con la voz de un colectivo. Así como Kafka, en su situación extrema de judío alemán en Praga, habla desde una lengua minoritaria y a punto de desaparecer, asimismo el escritor hispanoamericano, tal como lo recordara Fuentes, sacrifica su lengua en el altar de la expresión hispánica cada vez que escribe. En lo íntimo de su médula expresiva, el escritor hispanoamericano sabe que su postura dentro de esa lengua mayor llamada el español es esencialmente revolucionaria, pues si algo ha demostrado el decurso de la literatura hispanoamericana, ello es la infinidad de voces que en ella y por ella hablan. La mejor literatura hispanoamericana se ha desplazado siempre desde la periferia idiomática, desde el destierro lingüístico. Sólo así hemos podido reconciliarnos con nuestra realidad y con nuestro signo colectivo.

     La literatura menor en Hispanoamérica es aquella que nos ha comenzado a hablar desde una experiencia de vida, es la que nos ha comenzado a relatar las nimiedades de los ritos cotidianos. Así como la historiografía más reciente se aparta de los frescos épicos para atravesar verticalmente, a la manera de un ejercicio arqueológico, hábitos y costumbres, asimismo nuestra literatura menor recupera los registros de la realidad que las tentativas enciclopédicas han dejado de lado. Los personajes señoriales y decadentes de un Felisberto Hernández, las apariciones virtuales en algunos cuentos de Juan José Arreola, los dilemas absurdos en Augusto Monterroso o la intromisión natural de lo fantástico en las secuencias socialmente cotidianas en Bioy Casares, son algunas de las huellas que esta literatura ha sembrado. Pero también la diáspora existencial de Oliveira de Cortázar o el vértigo de significaciones y lecturas en Jorge Luis Borges son signos inequívocos de la vertiente más rica de nuestra tradición: aquélla que se ha abocado más a inquirir que a testimoniar, más a reflexionar que a describir, más a cuestionar que a enumerar.

     A pesar de algunos brotes persistentes, como el reciente auge de la llamada novela histórica, los nuevos narradores hispanoamericanos han tomado distancia de los grandes monumentos literarios para subvertir el orden de los legados y rastrear una nueva expresión en las fisuras de la realidad y en los despojos del sentido. Ha sido una búsqueda ansiosa del revés, que no del envés; ha sido la recuperación de géneros menores como la crónica, el diario, la apostilla; ha sido un ensayo más interesado en el personaje que en su entorno; ha sido el apego a las historias menores, insignificantes, cotidianas, intrascendentes; ha sido un movimiento más humilde, menos sonoro y vociferante; ha sido, en definitiva, un saludable ejercicio de depuración en el que se ha ido a las herramientas elementales de la narración por encima de selvas adjetivantes y neobarroquismos en boga.

     Una literatura menor no sólo correspondería al estado de calma que sobreviene a todo vértigo; es también, y sobre todo, la recuperación de una tradición, de un legado de autores y obras que nos están dado claves de entendimiento y razones de vida. Comprenderlo es, en nuestros días, un acto de fe y de honestidad intelectual.

Obras recomendadas

  1. Rayuela y los Cuentos de Julio Cortázar
  2. Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa 
  3. Toda la cuentística de Edgar Allan Poe
  4. Los hijos del limo de Octavio Paz
  5. Todo Jorge Luis Borges
  6. La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares
  7. La literatura del Siglo de Oro español: Quevedo, Calderón y Góngora
  8. El Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán
  9. En busca del tiempo perdido de Marcel Proust
  10. Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline
  11. La experiencia americana de José Lezama Lima

Y de los libros recientes:

  1. El último encuentro de Sándor Márai  
  2. Pensadores temerarios de Mark Lilla  
  3. Cómo llegó la noche de Huber Matos (diario estremecedor sobre un cubano que estuvo preso)
  4. Abril Rojo de Santiago Roncagliolo
  5. En busca de un rostro de Luis Barrera Linares
  6. El horizonte encendido de Rafael Osío Cabrices
comentarios (1) >> feed
respinde POR FAVOR
escrito por gisela, marzo 30, 2008

HOLA QUE TAL? ME LLAMO MUCHO LA ATENCION QUE USTED SIENDO DE PUNTA CARDON..NO HAGA MAS REFERENCIA DE SU NOMBRE...RESPONDAME HALGO ¿INFLUYO EN SU CARRERA EL HABER NACIDO EN PUNTA CARDON?

EN REALIDAD ME INTERESE PORQUE ESTOY HACIENDO UN TRABAJO SOBRE ESTA COMUNIDAD Y ME GUSTARIA HACER REFERENCIA A SU NOMBRE

LE AGRADECERIA SU PRONTA RESPUESTA.


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