Guía del lector
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El libro favorito de Julio Cortázar
Claro está, hay obras, como La Ilíada, que conserva su magia a toda edad de lectura, y sé que puedo volver a ella sin riesgo de decepción. Pero otros libros se dejan morder tristemente por el tiempo, y si queremos preservar hasta el fin su maravilla no hay que abrirlos una segunda vez; por eso nunca más leeré El hombre que ríe, ahí está en la biblioteca al alcance de la mano que sin embargo no se tenderá hacia él.
¿Por qué El hombre que ríe? Por Víctor Hugo, claro, su genio visionario, su estilo en constante claroscuro, sus golpes de efecto, su retórica sublime y su filosofía de huecas resonancias. Pero si de todas sus novelas prefiero ésta es porque colmó en su día la necesidad de extrañamiento que siempre hubo en mí.
No la recuerdo en detalle, pero sé que contenía sombríos paisajes de una Inglaterra feudal y primitiva, horcas en las encrucijadas, un pobre héroe llamado Gwymplaine, desfigurado por mendigos profesionales que lo condenaban a una perpetua, horrible sonrisa. Recuerdo un combate salvaje, cuando el boxeo se libraba a puño limpio y hasta la muerte, una mujer fatal en un marco de castillos macbethianos: sé que Gwymplaine encontraba el amor y la muerte al término de olvidadas aventuras.Soy incapaz de contar el libro, e incluso este vago resumen estará lleno de errores. Lo que verdaderamente sé es la fascinación que El hombre que ríe pudo infundir a un adolescente, la aceptación apasionada de un mundo más rico y misterioso y terrible que el que me rodeaba entonces.
Me ocurre todavía antes de dormirme, ver un paisaje nocturno por el que avanza un niño desfigurado; en algún momento surgirá la horca con sus espantoso morador. Cuando me duermo, del otro lado de la noche me está ya esperando alguien que sonreirá indulgente después de los fantasmas de la duermevela, pero que nunca, a ningún precio, volverá a leer El hombre que ríe.
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