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Latidos de Caracas

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Latidos de Caracas

  1. Gisela Kozak (Venezuela)
  2. Alfaguara, 2007

Obra publicada

  1. Rebelión en el Caribe Hispánico. Urbes e historias más allá de boom y la postmodernidad (Ensayo, Caracas, Ediciones La Casa de Bello, 1993)

  2. La catástrofe imaginaria (Ensayo, Caracas, Planeta-Celarg, 1998)

  3. Pecados de la capital y otras historias. (Cuentos, Caracas: Monte Ávila editores, 2005

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Una ciudad que se aproxima al final de un siglo convulsionado, una ciudad que sigue latiendo a pesar de que se ha hecho y deshecho en el tránsito por la centuria. Caracas en la última década del siglo XX. Rápida y convulsa como un infarto masivo: como el amor mismo. El segundo libro publicado de Gisela Kozak, su primera novela, puede leerse como un intento de entender el amor allí donde surge contra todo pronóstico, allí donde todo atenta contra su desarrollo. Pero no es un intento de entender el amor con mayúscula, el amor trascendente, el amor como categoría metafísica, sino que por el contrario la novela es poco más o menos un estudio de caso. Un intento de comprender el amor en minúscula: cotidiano, casual y ligero. Por sobre todo ligero, ingrávido y voluble.

Las posibles claves hermenéuticas con las que puede leerse esta propuesta narrativa las encontramos a lo largo de todo el texto, pero especialmente en estos dos fragmentos: “¿Será verdad que las relaciones con buena suerte no tienen historia o son melodramas gringos?” Pág. 53 y “Está cansada de que se haga de la infelicidad un culto. (…) de los amores en buena lid nadie inteligente quiere ocuparse.” Pág. 57. La interrogación inicial evidencia el reto que se plantea la novela a sí misma: construir el relato sobre una relación con buena suerte sin caer por un lado en una comedia romántica norteamericana y por el otro sin extraviarse en una sucesión de anécdotas típicas sin especificidad propia. ¿Cómo caminar a través de esa delgada línea que separa el anecdotario de revista dominical de la comedia graciosa de la gran industria del cine? Peor aún, cómo hacer esto y además evitar repetir el culto propio de una narrativa de otros tiempos, el culto a la infelicidad, a la tragedia, al drama o a la trascendencia. La novela se plantea el reto de construir una narrativa original en medio de un campo minado. Requiere entonces de una inteligencia especial para acometer esa empresa, inteligencia suficiente para discernir cuándo evitar cierto lugar común, cómo limar las puntas y las aristas dramáticas de la historia y los personajes para no recaer en el culto, y dónde coser los hilos que mantengan la frágil unidad de las anécdotas amorosas.

En el marco de estas autoexigentes expectativas se nos presenta el relato de una curiosa relación entre una mujer de veintinueve años y un hombre (?) de diecinueve. Una relación “sin perspectiva, sin posibilidad de pasado, [un] presente fugaz”. El relato de esta relación tiene la virtud de estar impecablemente escrito, la narración discurre con facilidad en un texto cuyo estilo sobrio y moderado hace que la lectura resulte una experiencia sencilla: cómoda. No hay excesos en el texto. Descripciones ceñidas a lo mínimo relevante para mostrar el fondo sobre el que se desarrollan los hechos, imágenes afables que rescatan una dimensión poética sin abusar de ella, y secuencias narrativas cuyo ritmo mantiene un balance que no resulta ni aburrido ni vertiginoso. Una novela sin grasa, sin colesterol, descremada, descarbonatada y descafeinada. Lo que no impide que destaquen frases magistrales, frases que revelan alto nivel profesional de la que firma la obra.

El sexo, presente pero representado de una forma que resulta casi tierno y donde el erotismo apenas se asoma con timidez. La violencia está prácticamente ausente en todo el relato, más allá del robo de un Jeep, la Caracas de Latidos es ruidosa, congestionada, a ratos marginal a ratos glamorosa pero curiosamente no es violenta. El hechizo amoroso entre Sarracena y Andrés parece eclipsar los rasgos más sobresalientes de una ciudad en la que cada semana mueren entre setenta y cien personas en forma trágica. La política se diluye entre mesuradas reflexiones sobre la desdicha de ser una arquitecto y no tener casi recursos para vivir o de ser un niño adinerado proveniente de una antigua familia de izquierdas.

La cuidad se dibuja al fondo con trazos sutiles. La ciudad late porque late algo entre esta mujer profesional, apenas independiente y alcohólica, y este muchacho que tal y como se nos presenta en el relato parece tener cualquier otra edad menos diecinueve años. La ciudad, en sí misma, no es más que una excusa para situar estos personajes en algún escenario familiar a los lectores, pero la historia, el amor feliz pero incierto de estos personajes apenas si guarda alguna relación con el lugar en el que se desarrolla. La ciudad late pero no es la protagonista.

La novela no es una comedia romántica norteamericana, carece de sus clichés. Tampoco rinde tributos a la tradición que deifica la infelicidad, el drama o la tragedia. En este sentido cumple cabalmente sus propias expectativas. No obstante, es una novela en que se suceden eventos, donde se presentan situaciones graciosas o inquietantes, pero donde no ocurre nada. O si se prefiere, donde todo lo que ocurre atenta contra la sensación de que algo está ocurriendo. La novela se empeña en diluir todo posible indicio de tensión narrativa. Cada insinuación de que algo está por pasar, algo que suponga un giro en el curso estimado de la historia, es difuminada por algún suceso modesto e incluso cándido que mantiene el relato en su registro general. En la página sesenta y cinco se insinúa que algo importante ha ocurrido, el protagonista, junto a sus amigos, se desplaza con su Jeep a toda velocidad por las calles de Caracas a la una de la mañana. Pero ya en la página sesenta y ocho la tensión ha desaparecido por completo. El gran evento no pasa de ser un problema doméstico, una madre que espía las llamadas eróticas que el hijo mantiene con su amante. Entre las páginas noventa y nueve y ciento cinco aparecen los indicios de que algo está por ocurrir entre los dos enamorados que cambiará la suerte de la relación. La posible presencia de terceros o cuartos entre Andrés y Sarracena, pero ya en la página ciento seis todo regresa al mismo tono de la página sesenta y cuatro. Se aman, se desean, se necesitan. Todo discurre más o menos igual.

Quizá el rasgo más distintivo de esta propuesta es que tanto los personajes como la ciudad carecen de profundidad biográfica. La Historia, nacional y personal, es aplastada por un presente que borra todo a su paso. No hay niñez, ni tradiciones familiares, ni leyendas épicas o trágicas, no hay resentimientos políticos ni sociales. Pese a todo la insoportable levedad de su ser es, gracias a la pulcritud de la escritura, completamente soportable. La narración cierra de la única forma en que podía cerrar: contra todo pronóstico el amor triunfa y Andrés, el joven rico, aparta la amenazante pobreza que se cierne sobre Sarracena en forma de un loco mugriento.

La novela merece ser leída, merece ser terminada de leer, merece no ser abandonada, despachada, prejuzgada y prejuiciada antes de alcanzar las primeras veinte páginas. Merece un comentario reflexivo, no una descalificación apresurada. Y como la novela se lo merece, esta es mi interpretación sobre sus bondades y flaquezas basada en la lectura cuidosa de las ciento quince páginas que la integran, ni una menos.

Carlos Villarino

 

comentarios (3) >> feed
de la autora para Carlos
escrito por gisela kozak, abril 29, 2007

Ante todo gracias por tu lectura, Carlos. Sin duda es una lectura seria, cuidadosa y que pondera la orientación de mi proyecto narrativo en cuanto a la intencionada levedad de las situaciones. Efectivamente: Latidos no se inclina ni por la comedia ni por el drama. Y sí, el amor en esta novela no es, te cito: “el amor con mayúscula, el amor trascendente, el amor como categoría metafísica, sino que por el contrario la novela es poco más o menos un estudio de caso.” Es una amor mediocre, tal como se dice explícitamente al final de la novela, y no un amor feliz y con buen final: el final de la novela es abierto, tal vez Andrés empuja al loco y acto seguido habla con Sarracena y la relación se termina. Coincido contigo respecto a este amor “light” porque en otros cuentos míos como “Dead can dance”, “Vida de machos” (de Pecados de la capital y otras historias) o en “Urbe de nota y golpe” (lo leí en la II semana de la narrativa urbana) el amor “trascendente o con mayúscula” tiene un rol mucho más importante, al igual que en mi segunda novela (inédita).
Y en la mediocridad del amor entre Sarracena y Andrés es, en mi modesta y discutible opinión, en donde reside la proyección social y política de la novela: un amor mediocre en medio de una ciudadanía fracasada. Andrés tiene los diecinueve años de un hombre de otra época, pero le toca vivirlos en los primeros años de los noventa; probablemente por esto te parezca raro para su edad. Las dificultades de Sarracena son las dificultades de alguien que intenta tener un proyecto profesional arquitectónico en una ciudad desastrosa y deteriorada como Caracas y en un país inflacionario, plagado de corrupción financiera e inestable políticamente. No otra cosa viví yo y otra gente de mi generación a principios de los noventa.
En cuanto a la violencia caraqueña, creo que no solo se manifiesta en los asesinatos sino también en las limitaciones de la vida cotidiana y doméstica, en la mediocridad y en la ausencia de expectativas. Por esta razón no comparto del todo tu afirmación respecto a que “Quizá el rasgo más distintivo de esta propuesta es que tanto los personajes como la ciudad carecen de profundidad biográfica. La Historia, nacional y personal, es aplastada por un presente que borra todo a su paso. No hay niñez, ni tradiciones familiares, ni leyendas épicas o trágicas, no hay resentimientos políticos ni sociales. “ El presente aplasta todo porque se trata de una sociedad de sobrevivientes incapaces de ofrecerse a sí misma una salida a su crisis social y política distinta al horror de 1989, los golpes de estado de 1992 y la victoria de Rafael Caldera en la elecciones. Sarracena –que sí es una resentida social- y Andrés están inermes. Ella intenta conservar la calma en medio de inconvenientes personales ligados a problemas económicos y sociales que la exceden completamente. Andrés es, si me permites el coloquialismo, un bolsa en contra de su propia voluntad. Esta clase media arruinada y esta clase media sifrina han sido protagónicas en los últimos quince años por su impericia política y su falta de creatividad. Quería que la medianía de los protagonistas, el alcance doméstico de sus aventuras, sus limitaciones, hablasen de una sociedad decadente, en lugar de hacerlo a través de las proyecciones biográficas o históricas explícitas. Puede, y en esto respeto tu opinión, que no haya conseguido expresar a nuestra sociedad, pero la intención era que la historia de Sarracena y Andrés, juntos y por separado, fuese la expresión de una urbe y un entorno precisos: la Caracas de principios de la noventa. Y otra cosa, no quería juzgarlos sino entenderlos: Sarracena y Andrés son endebles pero inteligentes, escépticos pero atrevidos, inmaduros pero envejecidos.
Por último, creo que no es poco que la novela sea un texto “sin grasa, sin colesterol, descremada, descarbonatada y descafeinada”. Por lo menos es seguro que si resulta mala para un(a) lector(a) por lo menos no lo(a) matará.
Gracias de nuevo y saludos,
Gisela Kozak

...
escrito por circeromana, julio 10, 2007

A propósito de la novela, lo que más llama la atención es su desfase temporal. Me refiero a que, desde el propio título, la historia termina convirtiéndose en una diagnosis de la ciudad metropolitana, en la que la mención, por demás obvia, de sus hitos "culturales" constituye una fe de motivos. En este sentido los personajes se nos justifican en tanto habitantes de esa ciudad; la escasa profundidad del tratamiento se sustrae a la intención de emplearlos sólo como pretexto para abordar intereses más ambiciosos. Luego, la Caracas que se retrata en la novela (la de los primeros 90), a manera de sustancioso menú diario, resulta sólo eso, una fotografía instantánea. Con un interés escasamente antropológico. Cabe preguntarse qué justifica publicar una novela que ha perdido el lustre de lo novedoso y no alcanza, ni alcanzará, la pátina de lo trascendente.

una opinión , solo
escrito por Georgina Uzcategui Gómez-Dubuc, enero 29, 2009

A los textos litearios se les puede hacer observaciones sobr e la estructura de su narrativa, la profundidad discutible o no de los perfiles psicológicos o de indole similar de sus personajes e incluso, que el contexto espacial sea verosimil o no, cronologicamente adecuado o no a la historias (historias) que se desarrollen en él ,pero su transcendencia se mide por entre otros aspectos la capacidad de reflejar, trasmitir, evidenciar en sus palabras un relato, una historia que convenza, ponga a pensar a reflexionar, y seduzca al lector y lo empuje a llegar hasta la última página, esta novela cumple estos parámetros, con suficiencia y prosa limpia, sobre todo honesta, su "trascendencia se verá con el tiempo y luego que muchas y más concienzudas lecturas se hagan de ella

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