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El bulevar liberado

  1. Sabana Grande, uno de los emblemas de la ciudad que los caraqueños han recuperado
  2. Francisco Massiani en su novela Piedra de mar hizo un retrato magistral del bulevar como espacio de la aventura y el amor
  3. Recomendamos altamente el ensayo "La ciudad literaria de Francisco Massiani" de Roberto Echeto (en Ficción Breve)

En Sabana Grande siempre es de noche

Dice Ricardo Piglia que las ciudades de la literatura han existido pero ya están destruidas. La frase me ha rondado la cabeza con insistencia estos días de enero de este valiente año 2007 que, a pesar de todos los malos pronósticos, se animó a empezar. La insistencia se debe a que, por azares de lecturas y caminatas, la ficción parece haber copado todas las instancias de la realidad.

     Sucede que mi tercera o cuarta lectura de Piedra de mar, de Francisco Massiani, ha coincidido con la liberación momentánea del bulevar de Sabana Grande del yugo buhonerista que ha transformado a Caracas en un baño maloliente. La buhonería en Venezuela, todos lo sabemos, es una consecuencia, un síntoma, entre otras cosas, de la incapacidad de este gobierno de generar empleos. Pero es una consecuencia que adquirió autonomía.
 
    Los hongos urbanos, que proliferan en las casas abandonadas, en los baños descuidados, son producto de la negligencia y no de un ciclo natural, como sucede en el campo y las montañas. Por eso nuestra buhonería es un hongo culpable. A lo largo de estos años y hasta la segunda semana del mes de enero de 2007, siempre se entendió de maravillas con la negligencia que la hizo posible. Ahora que el dueño de la casa ha decidido limpiar el patio, la comunidad de los buhoneros le recuerda al gobierno que, a diferencia de sus hermanos de tolditos vegetales, ellos son seres humanos y tienen hambre.
 
    Recuerdo que estaba pensando en estas cosas cuando el Metrobús llegó a su parada en la avenida Solano. Yo venía, por esas causalidades del destino, de visitar a Pancho Massiani en su casa de La Florida. Al llegar a Sabana Grande pude comprobar la noticia que, como un cuento de hadas, se anunciaba en los periódicos: el bulevar, como en un sueño programado, había sido devuelto por espacio de unos días a los ciudadanos.
 
    Mi ruta normal es tomar el metro de Sabana Grande hasta la estación Chacaito, porque allí agarro un carrito que me deja en la urbanización Santa Inés, donde vivo desde hace diez años. Sin embargo, al ver el bulevar despejado, decidí tomar el atajo más largo (otro día hablaremos con detenimiento sobre esta frase). Decidí hacer el recorrido a pie. Decidí tener 18 ó 19 años, olvidar que trabajo en la UCV y transformarme, más bien, en un muchacho que ha abandonado sus estudios, en un joven que está enamorado y sale a patear las calles de su ciudad porque presiente que en ella está escondida la clave de su destino. Decidí, en pocas palabras, dejar de ser yo y jugar por unos momentos a ser Corcho, el protagonista de Piedra de mar. Sin embargo, la emoción de volver a caminar, con detenimiento y alborozo, por el bulevar pudo más que mis obsesiones librescas. Me olvidé del papel que quería representar y fui, a cada paso, alegría, sorpresa y tristeza pura.
 
    El reencuentro con el bulevar fue, para mí y para todos los paseantes, como viajar al pasado, como visitar los sueños. La fascinación tranquila que vi en los rostros de las personas, tan idéntica a la mía, me dio la impresión de que todos éramos partícipes de un mismo delirio, como si estuviéramos leyendo todos juntos, de manera acompasada y exacta, el más maravilloso de los cuentos. Caminar por el bulevar de Sabana Grande, pienso ahora que acabo de encontrar la cita que buscaba de Piedra de mar, fue como leer un mismo libro con muchas personas al mismo tiempo.
 
    La frase que quiero citar es sencilla. Lo complejo es la realidad. Nos recuerda que la distancia es, esencialmente, una categoría del tiempo.
 
    “Estoy realmente hastiado”, dice Corcho, “Veré si me voy a Sabana Grande. A lo mejor me encuentro con Carolina. ¡Quién sabe!”. Corcho está en el apartamento de su amigo José, tratando inútilmente (como todo verdadero escritor) de escribir una novela. Piedra de mar fue publicada en 1968. En aquella época, como lo refleja esta frase agarrada al vuelo, las leyes de la física y la libertad estaban en su justo lugar. El espacio privado, circunscrito, se revela como agobiante. El espacio abierto del bulevar, territorio de lo imprevisible, se revela como el desahogo de la intimidad, la oportunidad de la distracción y la aventura. Hoy, casi 40 años después de la publicación de la novela de Massiani, la frase de Corcho es geográfica y emocionalmente inverosímil. Nadie, absolutamente nadie, piensa en Sabana Grande como la opción urbana para aliviar el hastío y la desesperación. Así como también es casi imposible que, por esos azares amorosos que ya se prefiguran en la primera página de Rayuela, alguien pueda encontrar a la persona amada, o en todo caso, a la persona que desea encontrar, en el atolladero de gente que se ha quedado a vivir en el bulevar.
 
    En estos tiempos de locura, la ciudad es el espacio de lo privado y de lo hostil (pues pertenece a ese monstruo de millones de cabezas que es la masa urbana) y la pequeña habitación del individuo es el espacio abierto, el rincón donde nuestras articulaciones físicas y metafísicas se expanden, donde la vivencia de la libertad se traduce, por transformaciones (feno)típicas de nuestras actuales carencias, en la simple sensación de bien estar.
 
    Para el momento en que escribo estas líneas (enero 2007), la situación permanece en un clima de incertidumbre. Para el momento en que se lean estas líneas (después de enero 2007), la situación, probablemente, ya tenga una dirección definida. Yo, como pertenezco a la tradición de los vencidos, cuyo lema es que “las cosas siempre pueden empeorar”, como lo afirma Ricardo Piglia en Prisión perpetua, sospecho que el bulevar volverá a las manos del comercio formal, es decir, de los buhoneros, pues son mayoría y las antiguas tiendas han pasado ahora a ser la excepción. Mi caminata y la realizada por todos los paseantes-lectores de Caracas, asumirá su condición de sueño fugaz, de ficción momentánea, de página de ese libro de ilusiones que todos escribimos en el refugio de nuestra soledad.
 
    Por supuesto, esta premisa es desoladora. Basta imaginar la ciudad y la literatura que van a heredar los futuros habitantes y lectores del año 2030. La frase de Piglia, como todo en este mundo al revés, también se invertiría. Caracas será una ciudad destruida que nunca ha existido.
 
Rodrigo Blanco Calderón

 

comentarios (2) >> feed
...
escrito por ene, noviembre 27, 2007

...y tomaste un café en Il castelino?? smilies/grin.gif

=)
escrito por Fran!*, marzo 29, 2008

Hulazz! smilies/smiley.gif

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