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Enza García reseña Opio en las nubes del colombiano Rafael Chaparro

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Guía del lector

Noviembre arranca frío y lluvioso, pero con materiales muy interesantes. Nuestros generosos escritores una vez más responden a la encuesta relecturiana y nos cuentan de esas entrevistas a figuras literarias que han marcado admiraciones y rechazos. En Reseñas, le dedico algunas palabras al colombiano Rafael Chaparro Madiedo y a su novela Opio en la nubes, mientras recordamos a Cabrujas con algunas fotos del evento en Actividades y nos preparamos para una tertulia sobre la literatura de no-ficción. Y yo, pues, termino de digerir No Country for Old Men, que me hace pensar que Rubi Guerra tiene razón en la entrevista de este mes: a este señor lo vamos a leer como un clásico dentro de algunos lustros. Acá les dejo un abreboca de esa grandiosa novela que fue llevada al cine por los hermanos Coen: “Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de no sé quién. Y no paró de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro. No esto seguro ni de lo que quería decir con eso. La gente que yo conozco es básicamente gente corriente. Gente vulgar, si quieren. Así se lo dije a la mujer y ella me miró con cara rara. Pensó que estaba diciendo algo mal de ellos, pero por supuesto donde yo vivo  decir gente corriente es un cumplido. Al final me dijo: no me me gusta adónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no cabe duda que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la conversación.” 
  

Enza García
Editora de Guía del Lector
Contactos: enzagarcia@gmail.com

La jaula de todos nosotros

En noviembre

  1. Enza García reseña Opio en las nubes de Rafael Chaparro
  2. Hablamos en Recomendaciones de esas entrevistas que han marcado gustos y agravios
  3. Recordamos a Cabrujas y nos preparamos para la literatura de no-ficción

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I

“Desde Movilnet orgullos@s por el lanzamiento VENESAT-1 Simón Bolívar: colocamos la estrella de la soberanía y salimos de nuestra frontera para liberar pueblos”

Mensaje de texto enviado a mi celular desde Movilnet


Hace dos días casi me atropellan. Iba de la mano del hombre que amo, y el conductor que casi nos pasa por encima su camioneta, en La Floresta, nos lanzó unos cuantos improperios. A lo sumo, uno puede indignarse y devolver los agravios verbales. E irse derechito a casa, sin mucho escándalo. Se sabe que vivimos tiempos violentos, que siempre ha sido así, desde Roma y sus alrededores, para no irnos tan atrás. Uno se descuida en el arte de la mesura, se indigna con todas las letras y las bilis, y de repente, las vísceras al sol, la gritería de una mujer que ha perdido a su héroe sobre el pavimento, el circo, Polichacao, otro número para la estadística. Como al profesor Rafael García de la Escuela de Filosofía de la UCV, por discutir con unos tipos en la autopista Francisco Fajardo: el sábado en la noche iba con su hijo en el carro, y puf, le dieron unos tiros. Ahora se debe haber encontrado con Aristóteles en el más allá, mientras su hijo está herido y hoy los profesores de la escuela lo despiden en el Cementerio del Este. Claro, mucha droga, dice uno, mucho resentimiento, mucho diablo entre ceja y ceja. La cosa es que esa tarde que casi me atropellan, llevándose casi el amor de mis manos, cargaba en una bolsa, acabada de comprar, la novela No Country for Old Men, del narrador norteamericano Cormac McCarthy. Imagino que muchos vimos la película y nos quedamos locos con Bardem y con esos monólogos de Tommy Lee Jones. Pero antes de hablar del libro me voy a referir a otra forma de violencia urbana: suele pasar que mi novio y yo entramos a una librería, por ejemplo. Pasa con regularidad que a mí me traten mal. En especial las empleadas que comparten mi fenotipo: piel tostada, cabellos umbríos, rasgos aborígenes y salvajes. Una criolla cualquiera, pues, de esas que no tienen mucha o nada de herencia europea. Pasa con increíble regularidad que me traten muy mal, que no me digan los precios, que no me informen de nada, que me pongan cara de perro, que me ignoren aunque me ladren. Más todavía, con algunos extranjeros propietarios de negocios, me pasa lo mismo. Hay un rechazo automático, instructor, filoso, curtido. Justo en la librería donde mi novio me compró No Country for Old Men sucedió esta deliciosa forma de racismo en esas dos vertientes a las que casi me he acostumbrado. A él, por su puesto, descendiente de italianos y gallegos, desde Buenos Aires a La Guaira, lo trataron como suele suceder: como a un príncipe. La cosa es que en esta librería de Los Palos Grandes vi repetirse esa negación y repudio por parte de la dueña y sus empleadas. No sé, yo me imagino que este cuento podría oler a mi propio resentimiento cuando no a la histeria, pero son años de observación, de preguntas, de paciencia, de algo parecido a una resignación. Entonces la pregunta es: ¿qué pasa en nosotros? Pero esa es una pregunta vieja como otras tantas... Día a día hablamos de un país mediocre, machista, huérfano, parricida, mugroso, resentido, ignorante, rabioso y salvaje. Leemos la prensa y nos hacemos una idea de las estadísticas. Cientos de muertos cada semana. Gente secuestrada, violada, despojada de cualquier cosa. Mujeres que pierden a sus maridos taxistas. Padres que se quedan sin hijas que regresan de la universidad. Y esos llamados constantes a defender, con armas en mano y así sea desnudos, un proceso que augura la felicidad eterna. Y claro, por un lado no debemos preocuparnos, ya Evo Morales recibió sus dieciséis camionetas blindadas para que lo cuiden. Está malo ser blanco y oligarca. Más aún, es malo no ser blanco y querer ser oligarca. Aunque estas reglas del vulgo no favorecido por las mieles del proceso no se aplican a aquellos que ostentan el poder. Yo me imagino que a Aristóbulo Istúriz no lo deben tratar mal por ahí por ser afrodescendiente. Aunque más de uno, y más cerca de lo que él cree, le debe estar mentando la madre.


II

Era de trato fácil. Me llamaba “sheriff”. Pero yo no sabía qué decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir.

C. M. No Country for Old Men

¿De qué está hecha el alma del venezolano? No sé si pueda hablar de verdad del alma de un colectivo, pero la cosa es que vivimos y compartimos el mundo en esta jaula. Por lo menos la jaula es de todos y ésa sí que existe. No me siento con el poder de exigirle a nadie que me trate bien, salvo a aquellos que se conectan de manera íntima con mi existencia. Lo demás es un extraño silencio y la constante suposición de que todo ha colapsado, o de que estamos muy cerca de ello. Día a día nos disparan por alguna culpa heredada, aprendida, o incluso hasta adherida a uno por los pecados ajenos, por los miedos de siempre en esos rostros apilados en el metro o detrás de un mostrador. Tal vez no sabemos que tenemos un alma o que el otro también sufre y se echa a morir. Pero no crean, esto siempre ha sido así, no es que el color rojo haya tostado por fin los filetes en la loma, digo que ahora las cosas se dicen más a menudo en voz alta, en esos canales que financia el estado, y más ahora que tenemos un satélite. Qué sé yo. El tiempo es una cosa lo suficiente silenciosa y determinante como para escandalizarnos; sabrá Dios cuánto nos tomará ser como los alemanes, que no conciben que ninguna persona vaya en el metro escuchando música a todo volumen con el celular. No sé cuánto tiempo nos tome dejar de encerrarnos en nuestras casas y vigilar desde adentro, durmiendo sueños entrecortados, pensando qué será aquel ruido que se acerca. No descarto que el problema sea mío y que me dedique a pensar demasiado en esto, seguro por ahí sale el señor del mes pasado diciendo que el asunto es que yo no he leído bien a Marx. Quizás fue el susto de la camioneta que casi nos atropella. La cosa es que estoy leyendo a McCarthy, mientras pienso que el país donde yo vivo, la verdad es que no sólo no es para viejos. No es para ninguno de nosotros, que disparamos contra la identidad y el reflejo, contra el deseo aplastado por la sobrevivencia. Algo nos falta, algún lenguaje va quedando extraviado entre la arepa de aquellos que tienen suerte y las deudas que arañan la médula. Entre despertar y morir. Es que ya no queda poesía entre nosotros y la verdad, como dijo él luego de que casi lo atropellaran y lo hicieran rodar con el libro de McCarthy en la bolsa.

 

Enza García

3 de noviembre de 2008

 


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